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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Lo siento, amigo, tenías razón


Cuando estuve en Tanzania conocí a varios masáis. Los masáis son gente que habita entre Kenia y Tanzania y que lleva una vida totalmente salvaje. Cazan con lanza y flechas, beben sangre de su ganado a chorros como quien bebe agua fresca saliendo de un manantial, conviven con sus cabras en chozas hechas de ramas y untadas con heces de vaca y defienden la mutilación genital femenina porque si no la mujer es promiscua, va con varios hombres y eso puede resultar un poco molesto. Y te dicen esto con la naturalidad del que se lía un cigarrillo. 

Por supuesto, lo que acabo de decir no es más que una generalidad. Hay muchos masáis pero no todos viven en chozas ni todos están en tan en contacto con la vida salvaje, ni creo que todos comulguen con una idea tan violenta de control de la fidelidad. Algunos llevan relojes de marca, móvil de última generación, comen sentados en buenos restaurantes y tienen ideas muy occidentalizadas. Sin embargo, estos masáis urbanos no suelen renunciar a su indumentaria tradicional, así que no es raro encontrarse alguno medio desnudo con una tela de vivos colores anudada al cuello, con un iPhone a un lado de la cintura y un machete al otro. Son auténticos oxímoron andantes

Con uno de ellos llegué a trabar una relación especial cuando yo ya hablaba suajili con fluidez, y entre porro y porro -pues él era mi camello (lo cual no deja de tener su exotismo, tener un camello masái)- hablábamos del mar y los peces y de lo que nos venía en gana. Él era un masái urbano que aún respiraba con pulmones salvajes. Podría decirse que vivía en tierra de nadie, o de todos.

En cierta ocasión el tema desembocó en la educación y en el saber en general. Por aquel entonces yo estaba dando clase diariamente a niños y niñas de unos seis años en una escuela de Newland, un pueblo cercano a Moshi, colaborando con la ONG Born To Learn, y básicamente lo que les enseñaba era a leer, escribir, sumar y restar. Mi tarea era al mismo tiempo ardua y gratificante, y yo me sentía muy orgulloso y motivado con lo que hacía, así que mi postura acerca de la educación era muy sencilla y poco o nada negociable: todo el mundo tiene derecho a saber leer y escribir, y todo el mundo debe recibir estas enseñanzas, y no querer o no permitir que alguien las reciba es síntoma de ignorancia suprema cercana a la estupidez o incluso a la maldad.

Lo que mi amigo masái defendía es que a ellos no les interesaba nada de lo que el hombre blanco les ofrecía. En primer lugar porque no se lo ofrecían, sino que se lo imponían, y en segundo lugar porque él no veía necesario aprender a leer, escribir, sumar, restar o incluso confirmar que la tierra es redonda para vivir dignamente. En su opinión, todo esto no sólo no era necesario, sino que además estaba desarraigando a su gente de la naturaleza, desconectándolos, aniquilándolos. 

En aquel momento pensé que mi contertulio era bueno para charlar de muchas cosas, pero que quizás en este asunto su mente patinaba o que la marihuana de aquel día estaba caducada, porque no entender las evidentes ventajas del saber me parecía de auténtico lelo. 

Y con esta sensación he vivido desde entonces -de esto hace ya cerca de cuatro años- hasta que hace unos días vi un documental que me despertó de mi ingenuo y simplificado sueño sobre la educación. En el documental en cuestión aparecía un hombre muy culto -probablemente ingeniero, matemático, físico o las tres cosas a la vez- que con un verbo más que brillante describía a una entregada audiencia las bondades de un tipo vanguardista de dron con fines militares. El aparatito en sí es extraordinario: tiene varias cámaras, capacidad de reconocimiento facial, autonomía de vuelo basada en inteligencia artificial y hasta una carga explosiva que puede dirigir con precisión a la cabeza de cualquiera provocando la muerte inmediata por destrucción cerebral. De esta manera, decía el ínclito ponente, "con muchos como este se puede eliminar con precisión y sin ningún daño colateral a la mitad de la población de una ciudad". "A la mitad mala, claro" -añadía-. A continuación hizo una demostración lanzando al aire el minúsculo dron, y éste se echó a volar como una avispa asesina contra la cabeza de un maniquí que había en el escenario al que reventó la cabeza. Fue entonces cuando se escucharon los más entusiastas aplausos de la estupidizada audiencia.

La educación moderna está muy avanzada. Hoy en día hay gente dirigiendo empresas e instituciones que presume orgullosa de estudios e idiomas, políticos que se han formado en las mejores universidades (bueno, y políticos españoles también, pero eso es otro debate...), y profesores que han tenido acceso a los contenidos más excelsos de la cultura, incluyendo la posibilidad de viajar y ver lo relativa que es la verdad, y sin embargo los problemas de nuestra sociedad no han disminuido y las miserias de las masas se siguen acumulando. La hipocresía, la corrupción, la crueldad y todos los vicios que nos acechan se están comiendo nuestra especie y nuestro planeta. Todo esto nos debe hacer pensar que una educación basada en el aprendizaje de disciplinas, sin más, orientada simplemente a ganarse la vida, totalmente desespiritualizada y al margen de la naturaleza no sólo no es la solución sino que supone nuestra perdición. 

No estoy en contra de enseñar a la gente lo que hay en el mundo ni aborrezco las ciencias, y por supuesto no estoy a favor de mutilar los genitales a nadie, pero reconozco que le debo una disculpa al masái porque lo caducado aquel día no fue su hierba sino mis neuronas, que pretenciosas y estrechas de miras confundieron la sabiduría con la mera acumulación de datos. Hoy ya sé que para ser sabio no hace falta saber nada. Samahani, rafiki yangu, ulikuwa sahihi. 


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