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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 29 de junio de 2017

Demostrado científicamente



Estamos acostumbrados -incluso los más lelos- a considerar que la ciencia es el aval definitivo sobre la veracidad, validez o fiabilidad de algo. '¡Eso no es fiable porque no tiene fundamento científico!' -decimos-, dando por hecho que no hay necesidad de más historias para descartar el enfoque que se trata, sea el que fuere. Y al revés, '¡no hay duda, está demostrado científicamente!' -afirmamos con seguridad para dar el visto bueno a algo-, como cuando de pequeños nos decían aquello de '¡porque lo digo yo!', y caso cerrado. Pero yo me pregunto, ¿quién es la ciencia para avalar nada?, ¿por qué tanta suficiencia en la ciencia?

He sido tradicionalmente alguien que pensaba que si algo no tenía una base científica entonces no era digno de ser creído, pero ahora sé -aunque no puedo demostrarlo científicamente- que la ciencia no es más que un pequeñito tentáculo, casi un meñique, de los recursos que tenemos para aprehender las cosas. Es un meñique muy especial, bello y útil, pero limitadísimo. De hecho creo que ni siquiera es necesario creer nada. Creer o no creer es sólo un baile de ideas, nada más, y puede no gustarte o no apetecerte bailar y no por eso dejas de estar en la fiesta. 

Y no andan las limitaciones de la ciencia muy lejos de las del lenguaje y los sentidos mismos. ¿Acaso no es ridículo pretender dar una explicación a todo lo que está pasando con cinco sonidos vocálicos y unas cuantas formas de poner la lengua en la boca haciendo al mismo tiempo vibrar unas cuerdecitas? Y los sentidos... ¿con esas cinco sondas vamos a captar todo lo que ocurre fuera y dentro de nosotros? No tenemos otra cosa, pero es que ni si quiera lo que tenemos es de lo mejorcito. Muchísimos animales están mucho mejor dotados que nosotros sensorialmente y no se dan tanta importancia. 

Dejando a un lado las palabras -que son ideas pintadas al carboncillo- y los sentidos -que son besitos en el talón de la realidad- es que además la ciencia llega tarde, pues lo más lejos que ha ido ha sido montada en la mecánica cuántica, y lo que ésta nos cuenta ya lo postuló Buddha hace 2600 años sentadico bajo un árbol -sin lápiz, papel ni ecuación alguna- cuando habló de la interdependecia de todo lo que existe, de la impermanencia de las formas y de la vacuidad íntima de la materia y del yo. La física cuántica dice que todo está conectado formando un continuum, que todo está moviéndose y por tanto cambiando permanentemente -incluso lo que parece sólido y estático, ya que sus partículas subatómicas están en continuo trajín- y que en su intimidad la materia es una ilusión de los sentidos ya que en esencia todo es vacío vibrando. En fin, clavado pero tarde. 

Yo ya no me pliego más ante ella. La ciencia es un barrio de pijos que se creen que son más guapos que los demás porque una vez la Verdad los rozó sin querer con el codo en un autobús que iba a velocidad inconstante, con rozamiento presuntuoso y velocidad angular de mareíto mientras circulaba por una carretera derivada con curvas de integral. Lo sé porque viví en el barrio ese. Hace tiempo que me mudé a otro más modesto y cómodo donde la policía no viste uniforme de ideas con esquinas. 


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