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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 4 de mayo de 2017

El cambio


Podría decir que aunque sé que todo está cambiando permanentemente, durante estos últimos casi cinco años han cambiado más cosas en mi vida que durante los cuarenta precedentes. Como si esos primeros cuarenta hubieran sido, literalmente, una cuarentena previa al verdadero cambio, el de verdad, el cambio entre los cambios. 

Una de las cosas más significativas que me han ocurrido ha sido el giro que ha dado mi vida profesional. Antes mi día a día seguía un protocolo bastante habitual para mucha gente que consistía en levantarme por la mañana, desayunar, coger el coche, ir al trabajo con la radio puesta para enterarme de la actualidad social, deportiva, política, etc., llegar a la oficina, saludar al personal y ponerme a hacer las tareas habituales de gestión, envío de e-mails, visitas a clientes... en fin, 'lo normal'. 

Desde que esa rutina dejó de existir en mi vida porque dejé de vivir en Occidente y me dediqué a dar clase en Tanzania e India han ido pasando los días, los meses y los años, y echando cuentas así someramente resulta que he estado flanqueado por pizarras durante más de cinco mil horas. Para alguien que se haya dedicado toda su vida a dar clase esta cifra podría parecer ridícula, pero para mí que vengo de otro planeta profesional en el que normalmente estaba rodeado de ordenadores y de gente con cara de ir en metro me da la sensación de que los dedos se me hubieran convertido en tizas y el cerebro en un cuaderno de notas

Aparte de esto, el hecho de haber empezado esta empresa docente sin ninguna formación reglada y en países que nada tienen que ver culturalmente con España me ha motivado mucho para estar muy atento a todo lo que pasaba a mi alrededor -como un leopardo observando su presa, concentrado, silencioso- de manera que tanto de las circunstancias como de la gente que sabía mucho más que yo he ido bebiendo sosegada y provechosamente como bebería una cría de gato al borde de un mar de leche

Todo eso y las dificultades que de primera mano he visto que pasa mucha gente en el mundo no para llegar a fin de mes, sino para llegar al final del día me han ablandado las extremas consideraciones mentales que antaño tenía sobre lo que yo consideraba correcto, o verdad, o importante. La tolerancia en todos los órdenes se ha abierto camino a través de mí gracias al contraste que todas estas vivencias y nuevas experiencias han supuesto

Pero tengo claro, como clara es la mirada de un niño contento, que el verdadero cambio no ha venido dado por la nueva actividad ni los exóticos escenarios, aunque las experiencias y vivencias hayan sido prácticamente innumerables e interesantísimas. El verdadero cambio -afirmo- descansa en otra cuenta que he hecho, y es la de las más de dos mil horas que he pasado meditando

Dice un amigo mío cuando quiere referirse a alguien que dice saber sin saber de verdad, que ese tal 'sabihondo' es como el Doctor Liendre, que de todo sabe y de nada entiende, y reconozco que un poco de doctorado en liendres ya tengo porque no soy experto en dar clase, ni en meditar, ni en escribir, ni en ingeniería, ni en nada, pero lo que sí sé -y lo sé con el contundente aval que supone la experiencia propia- es que la meditación ha aportado algo a mi vida que difícilmente se puede verbalizar. Simplificando diría que me ha dado la capacidad de considerar todo lo que hago, siento y pienso como si fuera espectador de mí mismo. Me ha permitido salirme del cuadro para observarme, transcenderme, tomarme menos en serio, reconocerme de verdad entre la morralla de cosas que creía que eran yo cuando en realidad no eran más que un envoltorio. La meditación es el camino directo -y yo añadiría que ineludible- al reconocimiento de uno mismo. Meditar no es no pensar, es sencillamente observar lo que uno piensa y aceptarlo sin etiquetarlo para no adulterarlo con otro pensamiento

Analizar lo que hacemos para saber quiénes somos es sin duda una forma de reconocimiento pero es en realidad muy superficial porque también somos alguien aunque no hagamos nada. Para mí es como intentar saber lo que es el agua lanzándola contra una pared para ver qué mancha deja. Meditar, sin embargo, es mojarse, nadar, bucear, navegar, beber, evaporarse, lloverse y reconocerse como agua misma. Meditar es el ejercicio más potente y vital que he conocido, y nada de lo que he vivido y aprendido estos años habría tenido la profundidad que ha tenido en mí si no lo hubiera acompañado de la introspección que la meditación me ha dado

Es posible leer más allá de las palabras y traspasar los muros de ideas -propias y ajenas- en cualquier circunstancia porque se puede meditar dando un paseo, haciendo deporte, comiendo o incluso mientras se habla con alguien. Se trata sólo de observar, y ese es el cambio definitivo porque no es que observar cambie la realidad, es que ¡la crea!  

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