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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

lunes, 10 de abril de 2017

Morir mola


Hay una dimensión de la existencia en la que uno tiene la clarividencia de que todo lo que pasa es algo parecido a un sueño. Real pero sólo superficialmente. Incluso las sensaciones corporales, ya se trate de dolor o de placer, quedan confinadas en un espacio no estanco pero sí limitado de la realidad. Siempre hay algo más. 

Aspectos tan "importantes" como el trabajo, la salud, las relaciones personales, la familia, los amigos y cualquier emoción, pensamiento o acción que surja de ellos no son más que briznas minúsculas de la realidad. Expresiones de una inspiración que luego espira y expira. Todo sigue esas pautas: el corazón con sus sístoles y diástoles, el ciclo del agua con su evaporación, lluvia, riada y vuelta al mar, nuestra vida con su manifestación corpórea y su putrefacción, el cosmos mismo con su explosión, crecimiento, contracción y colapso. Todo lo que existe, por grande e inabarcable que parezca -y que de hecho sea- es un conjunto de sílabas que se pronuncian e inmediatamente enmudecen y mueren dando lugar a un discurso eterno que simplemente dice "Soy". 

Quien dijo "Mi reino no es de este mundo" no quiso decir que tuviera una parcela con piscina en otra galaxia con un trono en el salón, sino que aquí y ahora se puede conectar con la fuente y experimentar la vida en su plenitud precisamente muriéndose a todo lo externo, como quien se ausenta para encontrar su presencia, como si fuera un juego de niños sin ninguna importancia en el que los adjetivos -importante incluido- se deslizan por la realidad como lo hace el agua por el dorso del pato. 

La mente es un escalpelo que nos cuenta cómo es el universo diseccionándolo con ideas, destruyéndolo, de la misma forma que un adulto destruiría el Quijote contándoselo a un niño a base de dibujitos. Y no es que la verdad sea más complicada, es que es global, total, inefable, y no hay pensamiento que la traspase ni que pueda saborearla, siquiera lamerla.

Hay una dimensión en la que uno puede saber perfectamente lo que es eso que llamamos estar muerto. Se puede morir todos los días y todos los días volver a nacer sin que la vida quede alterada de ninguna manera. Se puede estar muerto en vida y se puede ver morir como una liberación, no como una desgracia consecuencia de la estrechez de miras de la mente y de su adicción, que se llama apego a las formas. Morir es el movimiento de sístole que crea latidos; es un colapso expansivo. No es que nacer sea empezar a morir, es que morir es terminar de nacer. Morir no destruye, disuelve. La muerte es necesaria, buena por encima del bien y del mal, bienvenida, dulce, digestiva. Morir es el acto más vital que existe, morir mola. 


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