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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 24 de marzo de 2017

Violencia velada



Todo lo que crees saber de una persona es sólo una recreación mental de lo que esa persona realmente es. Cualquier pensamiento que tengas es local, es decir, es una forma de energía psíquica que se da en ti, así que cuando hablas de otra persona en realidad estás hablando de algo que sale de ti. Estás hablando de ti mismo. 

Escúchate, pues, cuando opinas sobre alguien, observa detenidamente lo que dices y piensas, mírate y verás que no hay nadie más que tú en el escenario. Todo lo que dices es jugo de ti, así que eres tú el verdadero objeto de tu discurso. En lo bien o mal que hables de los demás, o en la medida en la que calles, podrás reconocer tu propia cosecha interior. 

Se me ha ocurrido decir esto porque haciendo inventario de mis últimas relaciones personales he encontrado loas desmedidas y críticas severas hacia mí. No es que no me haya dado por aludido en las primeras por modestia ni en las segundas por presunción, sino que verdaderamente no me he dado por aludido en ninguna de ellas porque a quien he visto en ambas ha sido a su emisor, no a mí. ¿Cómo si no podría yo ser tan excelso y miserable al mismo tiempo?

Conceptualizar a alguien es una forma de violencia. Y aún diría que simplemente conceptualizar -lo que sea- es una forma de violencia en sí. Pensar en algo y creer que lo que se piensa de ese algo es lo que ese algo es, he aquí la manzana de Adán y Eva, la vid cortada, la expusión del Paraíso. He aquí el sufrimiento.


jueves, 23 de marzo de 2017

Respuesta del hombre libre


… entonces el hombre libre, cansado de la incomprensión, temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:

“Ser uno mismo consiste más en deslizarse que en construirse, es como construirse dejándose deslizar, y la libertad, es decir, el óptimo deslizamiento por las circunstancias de la propia vida, sólo es posible puliendo la superficie y por supuesto despejándola de obstáculos. He aquí la tarea de la búsqueda de la libertad: la eliminación de los obstáculos que hay en el camino que va desde ti hasta ti mismo. Estos obstáculos son variados, difíciles de identificar y aún más de apartar. Deshacerse de ellos se parece más a una amputación que a una ignoración.  

La educación recibida es el obstáculo número uno porque a largo plazo es un grillete travestido de ayuda; la familia es el obstáculo número dos, porque es amor puro, y por tanto carece de capacidad de sentir y razonar con objetividad; el miedo es el número tres, y el cuatro, y el cinco… y así hasta infinito si se quiere, ya que son también infinitos sus disfraces. Normalmente se hace pasar por precaución, un carné falso con el que se inyecta en nuestras venas para envenenar nuestra sangre y, desde ella, nuestro cerebro, nuestras ideas, y consecuentemente nuestra mente. No es lo mismo cerebro que mente, de la misma manera que no es lo mismo la rosa que su olor, pero no hay uno sin la otra, ni aquella sin aquel. El miedo es una savia adulterada capaz de hacer que una flor huela a estiércol.

La religión es otro ladrón que se cuela en casa durante el amanecer de nuestra consciencia y saquea nuestra capacidad de hacernos preguntas sin respuesta. Una ablación para el pensamiento que nos impide disfrutar de los interrogantes de cuadratura circular. Hay preguntas con las que se puede hacer el amor ininterrumpidamente durante toda una vida ya que puede llevar una vida entera responderlas, pero la religión arruina esta mirífica aventura de búsqueda dándonos -con amenazas incluidas- una solución plastificada de palabras burdas para ovinos. ¡Qué hijos de puta! ¡Aguafiestas! ¡Petrificadores de verdades! Os lo advierto, yo soy león, así que no intentéis desdentarme ni os acerquéis a mí con mensajes para ovejas porque os destrozaré de un zarpazo.  

El hombre más poderoso del mundo es el hombre libre, y éste es el hombre sin miedo. Le distinguiréis porque apostata de su educación, no se le desconoce familia, es valiente hasta la temeridad porque vive como si ya estuviera muerto y tiene a Dios como aliado, no como auditor. ¿Habéis conocido alguno? Os estremeceréis cuando así sea. Os despeñaréis por su mirada como quien pisa una trampa y os asombraréis de no llegar nunca al suelo. Es lógico: al otro lado de los ojos de un hombre libre sólo puede haber una caída libre. Olvidaos de agarraderas y disfrutad de la incurable adicción al vuelo."

Escrito el 31 de diciembre de 2014.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Derrota


El año pasado estuve dando clase en un colegio rural de Tanzania durante una media de cinco horas al día a veinte niños de entre seis y siete años. Las clases eran de inglés, suajili, matemáticas, arte, música y gimnasia. Apasionante aventura, sin duda, que como buena y real que era encerraba también, y más al ser tan larga, momentos de auténtica fatiga. 

Recuerdo que un día a última hora, estando yo exhausto por las horas impartidas, apelmazado por el severo calor tanzano, y habiendo respirado más arena que aire, porque había pasado también gran parte de la jornada rellenando botellas de plástico con arena -tarea que realizábamos para utilizar luego las botellas como ladrillos y construir un colegio nuevo-, noté que la clase se me estaba yendo de las manos. Nadie me hacía ni caso, y aquello se había convertido en una jaula de grillos incontrolable. Supongo que los críos estaban aún más cansados que yo, y en aquel momento no había nada que yo pudiera decirles que les interesara. Me cansé de poner puntos negativos, de pedir silencio -incluso subiendo la voz más de lo normal- y de mostrar la cara más fea y enfadada de la que era capaz, cosa que no me suponía ningún esfuerzo, pues estaba realmente enfadado. 

Resultó que todo esto no sirvió para nada, excepto para desesperarme más. Aquella jauría de enanos estaba dispuesta a succionarme hasta la última gota de mi ya escasa paciencia. Como no me quedaban más recursos, o al menos me sentí sin ellos, pensé en hacer algo que hasta entonces en los meses que llevaba trabajando ni me había planteado, pero que de vez en cuando había visto que hacían los profesores tanzanos: mi desesperación me llevo a pensar en castigarles “de verdad”. Algunos de los castigos que les infligían los profesores locales daban más risa que penuria, pero en general eran bastante efectivos, porque desde luego gustar no gustaban nada al que los recibía. Uno de ellos era caminar en cuclillas pasando las manos por detrás de las piernas para cogerse las orejas. Acaba uno convirtiéndose en una especie de arácnido demente que se mueve sin rumbo ridícula e incómodamente, y cuando te mandan hacer eso te entran muchas ganas de que te permitan dejar de hacerlo, por lo incómodo que es y por lo mucho que los demás se ríen de ti, así que el castigo en cuestión, si lo que se busca es fastidiar, lo cierto es que funciona. Como este formato me parecía demasiado grotesco y poner a un crío de esa guisa se me hacía indigerible, me decidí por algo más sencillo, como castigar de rodillas al primero que no me hiciera caso. 

En fin, se puso en marcha la ruleta y le tocó a uno cualquiera de ellos. El caso es que surtió efecto, porque en un momento tenía a un pobrecico de rodillas con las manos en alto delante de la clase y a todos los demás callados y mirándome atentamente. Como me gusté, quise pasearles mi victoria por la cara y se me ocurrió preguntar lo que nunca debí preguntar. Fue algo así como: “¿Y ahora qué, eh? ¿Alguien más quiere estar aquí delante así, de rodillas con las manos en alto?” A esto le siguió un gran silencio que yo orgullosa e ingenuamente interpreté como mi grito sordo de victoria, pero pasados unos segundos, sin que yo pudiera dar crédito, empezaron a levantarse poco a poco las manitas, como tiradas desde arriba por un hilo invisible de solidaridad que uniera sus índices, y acabaron todos pidiendo ser castigados de la misma manera. 

Los últimos veinte minutos de aquel día fueron la derrota más grande que he sufrido como docente, y casi diría que como persona, porque los pasé rodeado de veinte mocosos arrodillados con las manos en alto, riéndose silenciosamente de mí, y dándome claramente a entender que con los críos no valen los últimos recursos, porque ellos exigen siempre el primero. Nunca más se me ocurrió ni por asomo castigar físicamente a ninguno de ellos, ni mucho menos plantear grupalmente preguntas que pudieran tener la respuesta más inesperada del mundo, porque no me cupo ninguna duda de que si algo era inesperable, de aquellos seres vivos pequeños se podía esperar. Con el tiempo he entendido que aquel día yo no era nadie para castigar de ninguna manera, porque no se ha visto nunca que sea el alumno el que castigue.


- Escrito el 11 de mayo de 2015


viernes, 3 de marzo de 2017

En forma pasiva


La vida es un curioso fenómeno que se enuncia en forma pasiva. Cuando llegamos a ella, ella ya está ahí, es decir, que cada uno de nosotros al nacer se incorpora a un proceso que ya está en marcha -el proceso vital- que consiste en que nosotros recibimos vida y ella se expresa a través de nosotros. La vida como sujeto agente nos utiliza para decir algo. Somos, pues, vividos por la vida.

Dejarse llevar por ella, es decir, permitir que se explique a través de nosotros es la manera más lógica de vivirla porque como sujeto paciente que somos de ella, nuestra tarea es sencillamente recibirla y permitirla, sea cual fuere el mensaje que a través de nuestra existencia quiera dar. De ahí que recibirla y aceptarla tal y como es represente en última instancia vivirla plenamente. Cuando no aceptamos algo de lo que en ella pasa, entonces estamos interrumpiendo su discurso, no dejándola hablar, impidiendo que se exprese, negándola. En ese caso estamos, por tanto, desviviéndola. Por otra parte, cuando deseamos algo de ella, cuando le pedimos algo que no tenemos, es como si estuviéramos diciéndole lo que tiene que decir, irrumpiendo así también en su sabio discurso con nuestra ignorancia, entorpeciéndolo, adulterándolo. 

La vida debería vivirse siendo escuchada, dejándose llevar en un baile en el que ella marca los pasos. La libertad se nos da para poder negarla a través de la queja y del deseo, o para poder afirmarla a través de la aceptación y la escucha. La negación produce un tipo de energía por rozamiento que se llama dolor, mientras que la aceptación, es decir, la afirmación, produce un deslizamiento que da lugar a un despliegue omnidireccional y pleno del yo. La energía de rozamiento que se genera por la negación de la vida es, por tanto, vida no vivida que buscará su reafirmación en alguna expresión de vida ulterior, ya sea en uno mismo o allende nuestro propio cuerpo, y este proceso se repite hasta que toda esa energía complete su “sí vital”.

Las preguntas sin respuesta que el hombre viene haciéndose desde que tiene uso de mente no son más que el crepitar de la madera que grita a través de las ideas en el fragor del fuego de la vida, es decir, que las dudas serían la parte de la madera que no se convierte en calor sino que se transforma en sonido, en crepitar, algo nada raro que ocurre en cualquier combustión.

La vida es la consecuencia de algo, así que no tiene que hacer nada para completarse, precisamente porque ella es el fin en sí. El universo se expresa y ella es el resultado de esa expresión. No se trata, pues, de un ser para, sino de un ser, sin más. Vivirla con plenitud consiste en no pedirle nada, como no se le pide nada a un árbol, al que sólo hay que dejar que sea. Cuando se consigue asumir esto, pasa uno de desvivirse por vivir a ser plenamente vivido por la mismísima vida en persona, sin quejas, deseos ni ruidos que turben su cósmico y maravilloso discurso. 

- Srinagar (Jammu and Kashmir) - India.
15 de septiembre de 2015.