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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 23 de febrero de 2017

Zumo de ti y otras hierbas


- Si aprietas una naranja sale zumo de naranja porque es zumo de naranja lo que tiene dentro. ¿Qué sale cuanto te aprietan a ti?, ¿qué sale cuando la vida te exprime un poco? A estas alturas ya deberías tener claro que la vida te va apretar. La cuestión no está, pues, en si te aprieta o no -porque te apretará- sino en estar pendiente de lo que crías dentro, porque eso es lo que saldrá. 

- Desde que no tengo ningún objetivo no hago más que conseguir cosas. Los objetivos sólo suelen servir para conseguir lo que uno se propone, y lo que uno se propone es sólo una ínfima parte de lo que puede conseguir. Alineándose con la vida, sin objetivo alguno, se consiguen siempre muchas más cosas. Pero esto debe quedar como un secreto entre tú y tú; que no se entere tu mente...

- Lo incalificable, eso me interesa, pero no porque sea interesante, sino precisamente porque no puede serlo. ¡Bah, palabras, qué torpes sois!

- Luchar por la paz con cualquier tipo de violencia es como gritar por el silencio. El silencio que se consiga gritando estará sucio y no tardará en hacer ruido. Luchar por el silencio es callar. Hacerlo por la paz es ser pacífico. Todo lo demás es usar un fuelle para apagar una hoguera. 

- ¿Existe Dios? -gritó el hombre. ¿Y qué es el agua? -preguntó el pez.  

miércoles, 15 de febrero de 2017

Sin palabras mejor


He tenido incontables desengaños a lo largo de mi vida. Y gracias doy por ello a quien corresponda, ya que aunque normalmente asociamos una sensación negativa al desengaño -la de que nos hayan mentido y nos hayan o hayamos engañado durante un tiempo- está también la positiva de salir del engaño y ver la verdad, o al menos lo que no es 'tan mentira'. 

Se mide el desengaño, por tanto, por el tamaño del engaño, y verdaderamente puede haberlos gordos porque gordos son los engaños en los que a veces vivimos. Uno de los que más rabia me ha dado ha sido el de la religión, en mi caso cristiana. Encuadernar la espiritualidad en un libelo de normas para memorizar, intentar meter la sexualidad en una pecera y pontificar lo que está bien o mal me ha parecido repugnante. Y lo digo en un sentido literal, es decir, que ha hecho repugnar dos cosas que no se podían unir y concertar: por un lado mi naturaleza espiritual -hasta hace poco desconocida para mí mismo- y por otro el código absurdo que se me ofrecía para descubrir y practicar esa espiritualidad. 

Creo que el cristianismo no lo ha entendido nadie, y mucho menos sus representantes, entre ellos los curas egóicos tocagenitales de niños. Pero es que tampoco hace falta irse tan lejos, porque los curas 'normales' tampoco saben de lo que hablan. La mayoría son cotorras con una espiritualidad microscópica. Están claramente en este mundo, y no se puede saber lo que es este mundo si no se mira desde el otro. El cristianismo quizás lo haya entendido algún budista. Y no precisamente porque se haya aprendido la Biblia de memoria sino porque se haya dado cuenta de que esencialmente no hay diferencia entre Jesucristo y Buda, y porque haya entendido que todos podemos ser Jesucristo o Buda, ya que todos tenemos lo necesario para serlo, además ahora mismo. Se trata de quitar lo que sobra, no de ser más de lo que se es. Ni siquiera se trata de ser buena persona. Eso es una gilipollez para misas de pueblo que no hace falta buscar ya que aparece automáticamente como consecuencia inmediata de conocerse como Jesucristo o Buda. 

El otro desengaño que más impacto ha tenido en mi vida ha sido el de las palabras. Son la perdición de la humanidad. Cuantas más sé y más veo cómo se utilizan y el efecto que causan más me doy cuenta de que son puro veneno. Sólo sirven para atropellar la verdad, no para describirla y mucho menos para conocerla. El gran engaño consiste en que creemos que sabemos lo que son las cosas porque tenemos un nombre para ellas. ¿Puede alguien decir que sabe lo que es la miel sin haberla probado? Y lo que es más, ¿puede alguien que haya probado la miel decir con palabras lo que es? Saber es una experiencia, no un registro de información neuronal. Fíjate, amigo lector, en la cantidad de cosas que crees saber porque tienes una palabra para designarlas, y fíjate también en que verdaderamente no tienes ni idea de qué es lo que estás diciendo. 

Lo mío con las letras ha sido como un divorcio en la tercera edad después de celebrar las bodas de oro: agradezco lo que me han dado, pero no puedo seguir con ellas. Cuando les he preguntado quién soy han callado todas, las muy zafias. 

Últimamente me pasa que me alegro cuando se me olvida alguna palabra, y festejo mi amnesia con una sonrisa porque si miro una flor y no sé cómo se llama entonces sólo veo la flor. Es muy difícil mirar una flor y ver sólo una flor. Olvidar palabras es higiénico para el espíritu, y el silencio es una ducha en una cascada.