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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Amanecer y anochecer


A nadie se le escapa que el sol sale por la mañana y se oculta por la noche. El crepúsculo es la cuenta atrás de la luz y de la oscuridad, y quizás la salida del sol y su puesta sean los fenómenos naturales más elocuentes sobre el tránsito desde el inicio hasta el ocaso de algo: del día a la noche, de la luz a las sombras, y, con un poco de imaginación, del nacimiento a la muerte. 

Sin embargo, a casi todos se nos escapa que si observáramos nuestro planeta desde otro punto de la galaxia, veríamos que el sol no sale ni se oculta, sino que siempre está presente. El amanecer y el anochecer son sólo estados que se perciben desde nuestro punto de vista, desde la superficie de nuestro planeta, realidades por tanto relativas. En lo que al sol respecta, él no sale ni se pone, él simplemente alumbra. Cuando decimos que no está es que no lo vemos, no que no esté, y de eso es testigo además la luna, que se pavonea oronda en su "ausencia" con una luz que no es suya. 

De la misma manera, nuestro nacimiento y nuestra muerte nada tienen que ver con el comienzo y el final de nada; es nuestro limitado punto de vista el que nos dice que algo comienza y algo termina. Sin embargo, la luz que nos ilumina, la que nos da la vida, siempre está ahí, igual que el sol. El antónimo de nacimiento es muerte, pero la vida no tiene antónimos porque siempre es. Además, la vida que se manifiesta a través de mí no es en esencia diferente de la que lo hace a través de un perro, o de una planta, o de un microbio o de una simple célula. Yo nazco y muero, pero nunca deja de haber vida, y nunca hay más ni menos porque la realidad última de lo que la vida significa no es cuantificable. Mi amanecer y mi anochecer son sólo apreciables desde la superficie del planeta mente, pero hay otra galaxia llamada yo verdadero desde la que se ve claramente que nada cambia nunca porque siempre es siempre.  
 
Para ver que el sol sigue brillando cuando ha anochecido hay que mirar la luz que refleja la luna, o, mejor aún, hay que salir de la galaxia del ego. Así se comprueba que nacimiento y muerte son la misma cosa porque no hay uno sin la otra, y se entiende también que nacer y morir no es lo mismo que vivir y de dejar de vivir porque la vida -lo que yo soy- estaba ahí cuando yo llegué y seguirá ahí cuando me vaya. El orador puede callar, pero que no hable no quiere decir que no esté. Nada que es real desaparece, y nuestra vida, que es sol, también es eterna como él. 

En el mundo de lo tangible todo tiene amanecer y anochecer, y hasta el sol -lo más parecido a un semidiós que podamos imaginar, porque de él venimos, de él dependemos y en cierto modo él somos- también se apagará, pero hay un sol de soles que no lo hará porque no conoce el tiempo. Yo soy un rayo suyo, y al igual que su salida y su puesta, mi nacimiento y mi muerte son sólo verdades relativas. 

-18 de febrero de 2016-

sábado, 2 de diciembre de 2017

33 infinitivos, 3 presentes de indicativo


Ir en moto a 300 Km/h, tirarse en paracaídas, hacer parapente, enamorarse hasta el tuétano, arrancarse el desamor a tiras y sin anestesia, mentir para hacer feliz a alguien, saltar desde un puente a un río de fondo desconocido, pensar en saltar desde un puente sin río, no replicar un áspero insulto directo y público, aprender lenguas nuevas, resolver ecuaciones diferenciales, entender que i es un número complejo inexistente que simplifica el entendimiento de lo que existe, perderse en la infinitud del Universo y en el átomo infinitesimal, ser admirado y odiado, y perdonado, renegar de Dios y resucitarlo por la necesidad de tener algo de lo que renegar, destrozar un cristal con el puño, acariciar el hocico de un perro recién nacido con la misma mano, lamer el plato, resbalar en el barro, boxear y quitarse las legañas con los guantes puestos, contundir y curar a la vez, entregarse regaladamente y robar descaradamente, romperse un hueso como se troncha un palo, gritar con la vena del cuello, meditar, amar con sexo y con sexo decir que no se ama, preguntar el nombre al final, leer el Quijote diez veces, no poder evitar tener un pasado, mofarse del tiempo...

Confieso que he vivido. 
Afirmo que a veces me ha aburrido. 
Preveo una apasionante ausencia de futuro por delante. 

15 de junio de 2014.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Lo siento, amigo, tenías razón


Cuando estuve en Tanzania conocí a varios masáis. Los masáis son gente que habita entre Kenia y Tanzania y que lleva una vida totalmente salvaje. Cazan con lanza y flechas, beben sangre de su ganado a chorros como quien bebe agua fresca saliendo de un manantial, conviven con sus cabras en chozas hechas de ramas y untadas con heces de vaca y defienden la mutilación genital femenina porque si no la mujer es promiscua, va con varios hombres y eso puede resultar un poco molesto. Y te dicen esto con la naturalidad del que se lía un cigarrillo. 

Por supuesto, lo que acabo de decir no es más que una generalidad. Hay muchos masáis pero no todos viven en chozas ni todos están en tan en contacto con la vida salvaje, ni creo que todos comulguen con una idea tan violenta de control de la fidelidad. Algunos llevan relojes de marca, móvil de última generación, comen sentados en buenos restaurantes y tienen ideas muy occidentalizadas. Sin embargo, estos masáis urbanos no suelen renunciar a su indumentaria tradicional, así que no es raro encontrarse alguno medio desnudo con una tela de vivos colores anudada al cuello, con un iPhone a un lado de la cintura y un machete al otro. Son auténticos oxímoron andantes

Con uno de ellos llegué a trabar una relación especial cuando yo ya hablaba suajili con fluidez, y entre porro y porro -pues él era mi camello (lo cual no deja de tener su exotismo, tener un camello masái)- hablábamos del mar y los peces y de lo que nos venía en gana. Él era un masái urbano que aún respiraba con pulmones salvajes. Podría decirse que vivía en tierra de nadie, o de todos.

En cierta ocasión el tema desembocó en la educación y en el saber en general. Por aquel entonces yo estaba dando clase diariamente a niños y niñas de unos seis años en una escuela de Newland, un pueblo cercano a Moshi, colaborando con la ONG Born To Learn, y básicamente lo que les enseñaba era a leer, escribir, sumar y restar. Mi tarea era al mismo tiempo ardua y gratificante, y yo me sentía muy orgulloso y motivado con lo que hacía, así que mi postura acerca de la educación era muy sencilla y poco o nada negociable: todo el mundo tiene derecho a saber leer y escribir, y todo el mundo debe recibir estas enseñanzas, y no querer o no permitir que alguien las reciba es síntoma de ignorancia suprema cercana a la estupidez o incluso a la maldad.

Lo que mi amigo masái defendía es que a ellos no les interesaba nada de lo que el hombre blanco les ofrecía. En primer lugar porque no se lo ofrecían, sino que se lo imponían, y en segundo lugar porque él no veía necesario aprender a leer, escribir, sumar, restar o incluso confirmar que la tierra es redonda para vivir dignamente. En su opinión, todo esto no sólo no era necesario, sino que además estaba desarraigando a su gente de la naturaleza, desconectándolos, aniquilándolos. 

En aquel momento pensé que mi contertulio era bueno para charlar de muchas cosas, pero que quizás en este asunto su mente patinaba o que la marihuana de aquel día estaba caducada, porque no entender las evidentes ventajas del saber me parecía de auténtico lelo. 

Y con esta sensación he vivido desde entonces -de esto hace ya cerca de cuatro años- hasta que hace unos días vi un documental que me despertó de mi ingenuo y simplificado sueño sobre la educación. En el documental en cuestión aparecía un hombre muy culto -probablemente ingeniero, matemático, físico o las tres cosas a la vez- que con un verbo más que brillante describía a una entregada audiencia las bondades de un tipo vanguardista de dron con fines militares. El aparatito en sí es extraordinario: tiene varias cámaras, capacidad de reconocimiento facial, autonomía de vuelo basada en inteligencia artificial y hasta una carga explosiva que puede dirigir con precisión a la cabeza de cualquiera provocando la muerte inmediata por destrucción cerebral. De esta manera, decía el ínclito ponente, "con muchos como este se puede eliminar con precisión y sin ningún daño colateral a la mitad de la población de una ciudad". "A la mitad mala, claro" -añadía-. A continuación hizo una demostración lanzando al aire el minúsculo dron, y éste se echó a volar como una avispa asesina contra la cabeza de un maniquí que había en el escenario al que reventó la cabeza. Fue entonces cuando se escucharon los más entusiastas aplausos de la estupidizada audiencia.

La educación moderna está muy avanzada. Hoy en día hay gente dirigiendo empresas e instituciones que presume orgullosa de estudios e idiomas, políticos que se han formado en las mejores universidades (bueno, y políticos españoles también, pero eso es otro debate...), y profesores que han tenido acceso a los contenidos más excelsos de la cultura, incluyendo la posibilidad de viajar y ver lo relativa que es la verdad, y sin embargo los problemas de nuestra sociedad no han disminuido y las miserias de las masas se siguen acumulando. La hipocresía, la corrupción, la crueldad y todos los vicios que nos acechan se están comiendo nuestra especie y nuestro planeta. Todo esto nos debe hacer pensar que una educación basada en el aprendizaje de disciplinas, sin más, orientada simplemente a ganarse la vida, totalmente desespiritualizada y al margen de la naturaleza no sólo no es la solución sino que supone nuestra perdición. 

No estoy en contra de enseñar a la gente lo que hay en el mundo ni aborrezco las ciencias, y por supuesto no estoy a favor de mutilar los genitales a nadie, pero reconozco que le debo una disculpa al masái porque lo caducado aquel día no fue su hierba sino mis neuronas, que pretenciosas y estrechas de miras confundieron la sabiduría con la mera acumulación de datos. Hoy ya sé que para ser sabio no hace falta saber nada. Samahani, rafiki yangu, ulikuwa sahihi. 


martes, 31 de octubre de 2017

Despacito


Casi todas las personas se pasan toda su vida encarceladas en sus propios pensamientos creyendo que la vida es lo que piensan que la vida es. Viven, por tanto, en un zulo pequeñito del tamaño de sus ideas y desde ahí diseccionan la realidad. Al haber conceptualizado su propia existencia, hacen lo mismo con la de todo lo demás, de forma que el resto de seres y cosas pasan a ser un adjetivo, una experiencia o un deseo. La mariposa se convierte en un pin lepidóptero, el bosque en madera y las estrellas en objetos de investigación. Vivir así sólo genera miseria. 

Cuando uno no se ha desidentificado de sus pensamientos puede llegar a creer ciegamente que es burgalés, castellano, español y europeo, cuando en realidad todo eso son sólo ideas. Nadie es una idea, pero mucha gente se cree que es una idea y por tanto intenta defenderla como si fuera él mismo. Cuando este fenómeno se comparte se pasa de un falso yo a un falso nosotros, y lógicamente cualquier cosa que niegue o atente contra esa idea de nosotros será vista como un enemigo. Al aparecer el concepto de enemigo aparecen también los de enfrentamiento, violencia y guerra. 

Sin embargo, cuando dejas de creer en lo que piensas te das cuenta de que pensar es algo que sucede en ti, no algo que tú eres, y por tanto te separas de ello y encuentras otra dimensión de tu existencia que ha trascendido el pensamiento. 

Hasta que esto no suceda en todos los seres humanos, dará igual cuál sea el sistema político vigente, el estadio de evolución tecnológica en el que estemos y la religión con la que comulguemos. Los enfrentamientos seguirán produciéndose y el ser humano seguirá generando dolor y ruina.  Daría incluso igual que Vicente Ferrer fuera elegido como máximo responsable del Fondo Monetario Internacional y Teresa de Calcula presidenta de Corea del Norte; nada cambiaría esencialmente porque no se trata de que un individuo disponga unas ideas -por brillantes que estas sean- y de que los demás las sigan, sino de que todos los seres humanos liberen su identidad de cualquier idea. 

Esto no significa dejar de pensar, sólo significa dejar de creer que uno es lo que piensa, y en esto consiste el siguiente estadio de la evolución humana, un estadio al que que no se llegará de un día para otro, sino guerra a guerra, individuo a individuo, sufriendo,  pasito a pasito, des-pa-ci-to...


lunes, 30 de octubre de 2017

Palabras, vacuas todas



Palabras, vacuas todas,
harapos para las ideas,
meros punteros, jaulas de aire,
veletas que se creen viento.

Emociones, cascadas de ideas
que se despeñan por el cuerpo.
Medias verdades, 
verdades de cuento.

Quietud, silencio,
donde la verdad sueña y flota,
a ti te quiero y a ti vuelvo. 
El resto, pecio en mar rota. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

El ego es una mano que sólo sabe ser puño


Pensando pensando y sintiendo sintiendo he llegado a sentipensar que el ego no es malo, es simplemente alguien que no sabe irse. Es como una de esas personas majas pero pesadas de las que ya te has despedido y con las que sin embargo y de repente, por un azar mal calculado, te vuelves a encontrar en el asiento de al lado de un autobús que te lleva muy lejos en un viaje muy largo. ¡No, otra vez este aquí, y sin huida posible! El viaje es la vida, el diálogo con él es un recreo de presunciones, y la huida sería la libertad, o, más bien, la liberación.

En mi opinión, la infancia, la juventud y los umbrales de la adultez -eso que para algunos es siempre un horizonte- sirven para que descubramos qué se nos da bien, cuáles son nuestros talentos, en qué somos buenos. Estos talentos normalmente los descubrimos a través de las loas ajenas. Detectamos que somos brillantes en algo porque cuando lo hacemos los demás nos cubren de alabanzas y nos hacen un traje de halagos. El plan de la lógica sería que después, durante la madurez –ese país de nunca jamás para otros muchos- utilizáramos eso en lo que somos buenos al servicio de los demás, es decir, de todo lo que hay de nosotros mismos fuera de nosotros mismos.

Pero no se ha fotografiado nunca al ego con los brazos abiertos. Aparece siempre recogido y encogido, y su risa es siempre hacia dentro. Cocinamos el pastel con fuego ajeno pero luego lo queremos para nosotros solos, porque está muy rico, porque es nuestro, y porque si lo damos nos quedamos sin él. Luchamos por un empacho a solas y nos perdemos una comida con los amigos. 

No es que el ego sea malo, simplemente es tonto. Es como una liebre que se emocionara y se olvidara de que sólo está para imponer un ritmo a las virtudes, no para ganar la carrera. Alguien que ignora que el verbo ganar es inconjugable sin que al mismo tiempo se conjugue perder, y sobre todo que no entiende que vaciarse no es quedarse sin nada, sino llenarse de acogida.

- 22 de mayo de 2015-

lunes, 11 de septiembre de 2017

Escucha

Hechos: 

Primero: Giordano Bruno fue un astrónomo del siglo XVI que acabó quemado en una hoguera por decir que el Sol era una estrella. 

Segundo: La bomba atómica, que técnicamente es un ejemplo sublime de inteligencia racional, mató a más de doscientas mil personas el 6 de agosto de 1945, lo cual es un ejemplo igualmente sublime de disfunción mental.

Si analizamos la historia del ser humano desde un punto de vista psicológico podríamos con toda tranquilidad decir que presenta un cuadro psicótico severo de deformación de la realidad con acentuada tendencia a la violencia. En fin, un ser loco, peligrosamente inteligente y muy violento. Hay sin embargo en la RAE una acepción del término humano que reza así: Comprensivo, sensible a los infortunios ajenos. En fin, la única forma de maridar tan opuestos puntos de vista es la esquizofrenia, así que empezamos en la locura y terminamos en ella. Teniendo esto en cuenta yo me pregunto: ¿nos podemos fiar de nuestros propios axiomas sobre la vida con lo esquizofrénicos que estamos?

Hay un axioma en concreto tan comúnmente aceptado que creo que cuando lo superemos nos llamará tanto la atención haber estado sometidos a él como nos la llama ahora que alguien fuera quemado por decir que el Sol es una estrella. Se trata del axioma de las expectativas. En la vida hay que tener expectativas, hay que hacer algo para algo. ¿Cómo vamos a vivir sin expectativas? Eso va contra natura. Nos parece poco menos que una falta de respeto a la vida no tenerlas. No esperar nada de la vida es como no querer desenvolver un regalo, como poner mala cara a una comida cocinada con cariño. ¿Qué tipo de vida es la vida sin expectativas? Así vemos las cosas ahora.

Con la misma claridad con la que sabemos hoy que el Sol es una estrella y que no es él el que gira alrededor de nosotros sino al revés, sabremos también un día -aunque sólo lo sabrán los que quieran saber, claro- que la vida sin expectativas es vida de verdad, en estado puro, y que las expectativas no sirven para vivir, sino para que nos desvivamos. ¿Qué sentido tiene querer algo que no se tiene? -diremos algún día con toda naturalidad.

La vida es un curioso fenómeno que se enuncia en forma pasiva. Cuando llegamos, ella ya está ahí, es decir, que cada uno de nosotros al nacer se incorpora a un proceso que ya está en marcha -el proceso vital- que consiste en que ella se expresa a través de nosotros. La vida como sujeto agente nos utiliza para decir algo. Somos, pues, vividos por la vida. 

Debería vivirse siendo escuchada, dejándose llevar en un baile en el que ella marca los pasos. Ella es el bailarín, tú eres el baile. Es la consecuencia de algo, así que no tiene que hacer nada para completarse, precisamente porque ella es el fin en sí. No se trata, pues, de un ser para, sino de un ser, sin más. 

Si te preocupa la idea de progreso párate a preguntarte qué entiendes por progreso. Probablemente te des cuenta de que lo has confundido con tecnología, pero la tecnología no es progreso, es sólo algo que acelera el paso, y también lo acelera si se va hacia atrás. 

Vivir es escuchar a la vida, y vivir con plenitud consiste en no pedirle nada, precisamente porque es imposible pedir algo mientras se está escuchando, de la misma manera que es imposible espirar mientras se inspira.  

lunes, 28 de agosto de 2017

Mis experimentos con la psique IV. Mi abuelo.


Mi abuelo José Antonio era una persona de una ingenuidad legendaria. No tuve tiempo de conocerle muy bien, pero entre lo que recuerdo y lo que me han contado mis padres y mis tíos he podido hacer de él un mosaico de tres piezas con sendas frases que ha pasado a la historia de mi familia y de mi patrimonio de grandes ideas.

En cierta ocasión, mientras mi padre cortaba leña en el pueblo, en Entrambasaguas (Cantabria), a mi abuelo, que pasaba por allí, le dio por coger unas cuantas astillas de las que mi padre iba dejando amontonadas a medida que iba dando hachazos, y las cambió de sitio. Supongo que el objetivo era ordenarlas según su criterio. Pero parece ser que este criterio no coincidía con el de mi padre, quien, sorprendido y molesto con lo que mi abuelo venía de hacer, le preguntó: 

- ¡Pero bueno!, ¿¡por qué pone usted eso ahí!?

Y mi abuelo, sintiéndose interrogado, juzgado y condenado al mismo tiempo (mi padre era capaz de provocar todas esas emociones con un sola pregunta), respondió empequeñecido: 

- ¡Na, pa quitarlo!

Y con la misma naturalidad con la que había movido las astillas de un sitio a otro las volvió a poner donde las encontró.
Desde aquel día, en mi casa las mofas eran muy facilonas:

- ¿Para qué enciences la tele?
- ¡Na, p´apagarla!

- ¿Para qué vas a tal sitio?
- ¡Na, pa volver!

Y así una detrás de otra, pues la frase no era una frase, sino una apología de la tontería, por así decirlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, después de mucho reír y mucho llorar de risa, he pensado en la frase y me parece que tiene más miga de la que podría parecer, porque en realidad no hay nada que se ponga en algún sitio que no acabe también quitándose de ese sitio, empezando por los objetos y siguiendo con los conceptos, las situaciones y las ideas. Lo que quiero decir es que todo cambia: cambiamos de trabajo, de casa, de novia. Nuestro cuerpo cambia de la infancia a la adolescencia, y de ahí a la edad adulta y a la vejez, nuestra idea mental o emocional de nosotros mismos o de los demás cambia, los planetas se mueven constantemente, y está demostrado que la materia está también está en permanente cambio. No hay más que ver el trajín que se traen los átomos y las partículas subatómicas de todo lo que existe. La quietud como tal, no existe en este mundo. Todo está puesto en un sitio “pa quitarse”. Nada es permanente, y nuestra vida, aunque suela olvidársenos, tampoco.

En otra ocasión, no siendo yo muy grande ni muy pequeño, pero lo suficientemente avispado como para hacer cuentas, hice un día un cálculo que no me cuadraba muy bien y lo comenté abiertamente en una comida familiar, también en el pueblo. No sé por qué azar llegó a mi conocimiento el día de la boda de mis abuelos, y como yo ya sabía cuándo nació mi madre, simplemente me puse a restar meses. No sé qué me me llevó a eso, pero resultó que la resta daba menos de nueve, y por eso, con la inocencia más grande del mundo pregunté:

- Abuela, ¿cómo es que mamá nació después de menos de nueve meses después de que usted y abuelo se casaran? Porque los niños tardar nueve meses en nacer, ¿no?

En aquel momento pensé que a mi abuela le había dado un apretón, o algo así, porque la mujer desapareció de la mesa como si nunca más fuera a aparecer. La pobre, con las consideraciones de la época, guardaba aquella circunstancia en lo más profundo del cofre de sus vergonzosos secretos. Pero lo más llamativo de esta circunstancia, que yo no llegué a entender hasta pasados varios años, no fue mi abuela convirtiéndose en relámpago, sino la explicación que mi abuelo dio para tal eventualidad. Ante esto, que todos sabemos tenía una sola explicación, mi abuelo dijo, quedándose más ancho que largo: “¡Na, fue un pocu na más!”.

Si tuvimos mofa en mi casa con lo de “pa quitarlo”, lo de “un pocu na más” ya se hizo más que proverbial. Podía uno ducharse “un pocu na más”, ir a dar un paseo “un pocu na más”, coger el autobús “un pocu na más”, etc. Pero también a esta frase, con el pasar del tiempo, le he encontrado la grandeza, porque me he dado cuenta de que gracias a pequeños pocos puede haber enormes cambios en todos los órdenes: político, social, económico, profesional... y por supuesto también mental. Cambios diminutos, circunstancias aparentemente irrelevantes pueden ocasionar enormes consecuencias, ya sea para bien como para mal. El mundo en el que vivimos está sometido a infinitas variables, y un pequeño desliz puede hacer, por ejemplo, que yo exista y esté aquí ahora mismo escribiendo esto, aunque sólo sea “un pocu na más”. ¡Ojo, pues, con los pequeños cambios, porque no hay ninguno grande que no empiece por ellos!

Y para terminar, su tercera salida. Para mí, otra gran afirmación digna del mismísimo Buda. Se conoce que, aparte de trabajar con vacas, cerdos, tierras y colmenas, el hombre también recogía nueces, y tenía por costumbre ir a venderlas al mercado de Reinosa. En una ocasión una mujer interesada en comprarle algunas le preguntó:

- Oiga, las nueces estas estarán buenas, ¿no?

Hay que reconocer que la pregunta era ya en sí un poco absurda, porque todos sabemos lo que iba a decir el vendedor independientemente de la bondad de las nueces. ¿Qué iba a decir si quería venderlas? Diría que sí, que estaban buenas, y punto. Pero mi abuelo, haciendo otra vez gala de su extremadamente imprevisible forma de pensar le soltó:

- Usted no se preocupe, señora. Si encuentra alguna mala, la tira y ya está.

¡Qué obviedades tan grandes!, tanto la pregunta como la respuesta. Pero aún así, creo que la respuesta, al igual que las anteriores, lleva sucinta filosofía pura. Por supuesto que puede haber nueces malas. ¿Quién puede garantizar que no las haya? La cuestión es qué hacer con ellas si toca alguna. Pues está bien claro: ni caso. ¿Cuántas veces no podríamos haber aplicado lo mismo a diferentes situaciones de la vida que nos han hecho sufrir? ¿Por qué no las ignoramos con la naturalidad con la que se ignoraría una nuez pocha? Esta tercera frase es una apología maravillosa de la aceptación. En primer lugar aceptación de que nueces malas puede haber y habrá, y en segundo lugar de que lo mejor que se puede hacer cuando a uno le toque una es tirarla e ignorarla.

Y aquí se completa la enjundiosa trilogía filosófica de mi abuelo, alguien a quien vi hipnotizar enormes enjambres con una piedra, al que las abejas no picaban, sino que le besaban, que me explicó por qué si el mismo enjambre se pone en dos colmenas diferentes entonces en una de ellas se mueren todas las abejas, y que me dio a probar la única verdadera miel pura que he catado en mi vida, manchándome gustosísimamente el hocico según caía de un saco de arpillera a través de cuyo tejido él la colaba. Lo he contado por un par de razones. La primera, porque necesitaba introducir los conceptos de la impermanencia de las cosas, la importancia de los pequeños cambios, y la conveniencia de la aceptación como actitud mental, porque haré alusión a ellos en sucesivos capítulos, y resulta que estas ocurrencias de mi abuelo me venían que ni de molde porque esas ideas se corresponden respectivamente a lo que él acuñó en sus frases de “pa quitarlo, “un pocu na más” y “si está mala, la tira”. Y la segunda razón para contar todo esto ha sido sencillamente que creo que en mi casa se van a reír mucho viéndolo por escrito.  

Ni que decir tiene que dedico estas líneas a la memoria de mi abuelo José Antonio, el hombre más ingenuamente sabio que he medioconocido en toda mi vida. 

- Jaipur (Rajasthan) - India, 24 de septiembre de 2015.

viernes, 4 de agosto de 2017

Concierto desconcertante


Recuerdo que cuando he tenido pareja he estado muy bien y muy mal. Podría decir que he estado fetén y fatal. Luego, pasado el toro me he dado cuenta de que lo bien o mal que yo estuve nunca tuvo nada que ver con mi compañera sino con mi compañero, mi otro yo. 

Ahora que ya no sólo ha pasado el toro sino que no hay corridas, he tomado la mansa determinación de relacionarme pero sin tener relaciones. La idea sería algo así como vivir pero sin vivienda o como tener una granja pero sin finca. Practico la tenencia pero no tengo nada y puedo prometer pero no me comprometo. No me falta nada y por la misma razón me faltará echar algo en falta

Con estas ideas paso por 'rarete' en entornos de cultura occidental y como un auténtico ornitorrinco en la cultura India. Creo que, aparte de su aspecto con pico de pato y cola de castor, lo que más raro hace al ornitorrinco es que siendo mamífero pone huevos; así de extraño es ese animal. 

Aquí en India todo el mundo tiene asumido que hay que casarse. Los casos más rebeldes con los que me he encontrado 'alardeaban' de no haberse casado 'todavía', pero asumían como quien asume que va a envejecer, que se tendrían que casar. 

Y lo más asombroso no es que algo que al fin y al cabo es un convenio social se interprete como un acto vital por el que hay que pasar obligatoriamente para completarse -como quien pasa por la infancia y la adolescencia para llegar a la completitud (o escasez en muchos casos, según se mire) de la edad adulta- sino que la mayoría se casa con quien le dicen sus padres que se tiene que casar. 

He conocido muy de cerca, porque han sido alumnos(as) con los(as) que he tratado diariamente durante un año entero, personas con una densa sesera, talentosos(as) como pocos(as) y de pensamiento de altos vuelos en otras materias que sin embargo en este asunto declaran con la simpleza de un niño obediente cosas del tipo 'si mis padres son felices, entonces yo también'. 

Esto para mí entra en conflicto con unos pensamientos que leí de Gibran Jalil Gibran que me encantaron en los que decía que los hijos no vienen de los padres, sino a través de los padres, y que por tanto no les pertenecen. El asunto del matrimonio concertado es una sopa que lleva milenios cociéndose y que tiene ingredientes tan profundos como frívolos. Verdaderamente difícil de comprender. Quizás la valoración más elocuente la hizo un alumno en clase cuando tras debatir durante un rato sobre este tema me dijo: 'En Europa el matrimonio es algo que pasa entre dos individuos, en la India es algo que pasa entre dos familias'. ¡Ah, vale! -pensé. 

Pero sin duda la palma se la lleva un caso que viví el curso pasado. Resultó que un lunes un alumno se me acercó al terminar la clase y me dijo: 

- Sir, I can´t come to class on Friday. 
- Señor, no puedo venir a clase el viernes. 

- Why? -I asked. 
- ¿Por qué? -pregunté. 

- Because I am getting married. 
- Porque me caso. 

- All right! Of course, no problem, congratulations! Who are you marrying?
- De acuerdo, por supuesto, no hay problema, ¡felicidades! ¿Con quién te casas?

- I don´t know. 
- No sé. 

Hoy, por supuesto, está casado, creo que felizmente, y a estas alturas supongo que ya sabe con quién, aunque quizás esto sea mucho suponer...

A continuación las preciosas reflexiones de Gibran Jalil Gibrán sobre los hijos: 

Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas
viven en la casa de mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos
semejantes a ti
porque la vida no retrocede
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero
sea para la felicidad
pues aunque Él ama
la flecha que vuela,
ama de igual modo al arco estable.

domingo, 23 de julio de 2017

Indefinible


El universo es el bostezo de un gerundio eterno que se está desperezando. No hay estructuras, sólo eventos. La gente no es gente, son cosas que están pasando. 

Es perfecto, ya que es exactamente igual a sí mismo. Cualquier consideración -incluyendo la idea misma de igualdad- no existe porque sólo existe lo que nunca deja de existir, así que este mundo de formas transitorias y polares es irreal, es sólo una ilusión

Una flor no es una flor, es el viento, el agua, la tierra y un guiño del Big Bang posándose entre dos neuronas fingiendo ser una flor. 

Nada descriptible existe porque todo lo descrito es discreto y la separación es la destrucción del todo, que por ser todo no puede dejar de ser ni ser destruido, ya que si pudiera serlo no sería. 

Sólo hay verbo silencioso hablándose a sí mismo en un verso. Lo otro ni siquiera es ruido, es sueño.  

La verdadera esencia del universo no es que exista, sino la consciencia de que existe. 


viernes, 21 de julio de 2017

¡Abajo la polaridad! -gritó el neutrón


- Creer es dar un veredicto de aptitud a una composición mental sobre algo. Por tanto creer en Dios es imposible porque requiere reducir a Dios a un concepto para poder creer en él. Sería algo así como que nuestras ideas le dieran permiso a Dios para existir. Constituye, sin duda, uno de los ejercicios mentales más absurdos de los que somos capaces. La Verdad no es encapsulable en nuestros ridículos pensamientitos, y juzgar nos empequeñece al tamaño del juicio mismo. 

- ¿Existe el destino? -preguntas preocupado-. ¿Y qué más te da?

- Me he criado, educado y desarrollado siempre en entornos en los que la idea básica latente ha sido que 'las cosas importan'. ¡Qué gran falacia!, ¡qué ceguera! Me parece asombroso que aún creamos masivamente que las cosas importan. Es cierto que hay ideas sobre la importancia de las cosas, pero las cosas en realidad no importan. ¿Tan difícil es ver la diferencia entre la etiqueta de la botella y su contenido?

- ¿Y qué va a ser de mí? -preguntas con miedo-. Nada. Esa es la respuesta. Por tanto nada has de temer.

- Camina sobre ellas, escálalas, muévelas... conviértelas en valles si quieres, pero deja ya de pellizcar montañas con tu mentecita. ¡Qué manía con querer entenderlo todo! ¡Entiende primero la limitación de tu entender!

- ¿Crees que sabes lo que es un átomo porque le has puesto un nombre y conoces su etimología? Es difícil imaginarse una presunción mayor para algo tan pequeño.

- ¿Para cuándo el fin de esta dictadura de ideas libres?, ¿para cuándo el juicio de todos los juicios y la ejecución de todas las palabras?, ¿para cuándo el entronamiento de los neutrones?

jueves, 20 de julio de 2017

No hay opción


Expandirse es extenderse o dilatarse, es decir, pasar a ocupar más o ser más grande cualquiera que sea el objeto que se esté considerando. Tomando como ejemplo el universo -por tomar algo, y porque no podría no tomar ese algo, ya que no hay nada que no sea universo, de la misma manera que no hay trozo de pastel que no sea pastel- resulta entonces que cada segundo que pasa hay más tiempo, cada paso que se da hay más espacio y cada decisión que se toma da lugar a más opciones. Por eso cuando más se sabe más queda por saber, y cuando más seguro se está de saber algo más lejos se está de saberlo verdaderamente.  

Concretando: que es imposible concretar. El fenómeno es, además, omnidireccional: buscando la explicación “a lo grande” el vuelo los lleva a planear sobre otros planetas, otras galaxias, agujeros negros, universos paralelos… ¡Vaya, buscando la explicación a uno nos encontramos con que encima puede haber más!, es decir, que cuanto más abrimos la mano, menos abarcamos. Y lo mismo ocurre cuando la apretamos, porque pidiéndole explicaciones “a lo pequeño”, las respuestas son también cada vez más pequeñas y las dudas mayores y más numerosas, ya que ahí dentro, en la materia misma, nos caemos en el pozo del principio de incertidumbre, en la superposición de estados y en la función estadística del ser. ¿Dónde sueña entonces la verdad?

En el espacio abierto de nuestro entendimiento el universo bosteza la radiación de fondo de microondas y nuestro alma escucha “Om”; y en los ladrillos de nuestra comprensión, en el interior de lo tangible, ronronea el gato de Schrödinger y nuestro cerebro se ahoga porque deja de poder respirar disyuntivas.

No hay opción. ¿A qué se puede llamar optar cuando todo es uno? La única salida -por así llamarla, ya que tampoco hay salidas que no sean al mismo tiempo entradas- es encomendarse a desembocar. El salmón no cambia el curso del río, ni las dicotomías explican nada. “Bien” y “mal” son sólo instrumentos para caminar. La realidad no son los pies, es el pisar.

-Escrito el 10 de Junio de 2015-.

jueves, 29 de junio de 2017

Demostrado científicamente



Estamos acostumbrados -incluso los más lelos- a considerar que la ciencia es el aval definitivo sobre la veracidad, validez o fiabilidad de algo. '¡Eso no es fiable porque no tiene fundamento científico!' -decimos-, dando por hecho que no hay necesidad de más historias para descartar el enfoque que se trata, sea el que fuere. Y al revés, '¡no hay duda, está demostrado científicamente!' -afirmamos con seguridad para dar el visto bueno a algo-, como cuando de pequeños nos decían aquello de '¡porque lo digo yo!', y caso cerrado. Pero yo me pregunto, ¿quién es la ciencia para avalar nada?, ¿por qué tanta suficiencia en la ciencia?

He sido tradicionalmente alguien que pensaba que si algo no tenía una base científica entonces no era digno de ser creído, pero ahora sé -aunque no puedo demostrarlo científicamente- que la ciencia no es más que un pequeñito tentáculo, casi un meñique, de los recursos que tenemos para aprehender las cosas. Es un meñique muy especial, bello y útil, pero limitadísimo. De hecho creo que ni siquiera es necesario creer nada. Creer o no creer es sólo un baile de ideas, nada más, y puede no gustarte o no apetecerte bailar y no por eso dejas de estar en la fiesta. 

Y no andan las limitaciones de la ciencia muy lejos de las del lenguaje y los sentidos mismos. ¿Acaso no es ridículo pretender dar una explicación a todo lo que está pasando con cinco sonidos vocálicos y unas cuantas formas de poner la lengua en la boca haciendo al mismo tiempo vibrar unas cuerdecitas? Y los sentidos... ¿con esas cinco sondas vamos a captar todo lo que ocurre fuera y dentro de nosotros? No tenemos otra cosa, pero es que ni si quiera lo que tenemos es de lo mejorcito. Muchísimos animales están mucho mejor dotados que nosotros sensorialmente y no se dan tanta importancia. 

Dejando a un lado las palabras -que son ideas pintadas al carboncillo- y los sentidos -que son besitos en el talón de la realidad- es que además la ciencia llega tarde, pues lo más lejos que ha ido ha sido montada en la mecánica cuántica, y lo que ésta nos cuenta ya lo postuló Buddha hace 2600 años sentadico bajo un árbol -sin lápiz, papel ni ecuación alguna- cuando habló de la interdependecia de todo lo que existe, de la impermanencia de las formas y de la vacuidad íntima de la materia y del yo. La física cuántica dice que todo está conectado formando un continuum, que todo está moviéndose y por tanto cambiando permanentemente -incluso lo que parece sólido y estático, ya que sus partículas subatómicas están en continuo trajín- y que en su intimidad la materia es una ilusión de los sentidos ya que en esencia todo es vacío vibrando. En fin, clavado pero tarde. 

Yo ya no me pliego más ante ella. La ciencia es un barrio de pijos que se creen que son más guapos que los demás porque una vez la Verdad los rozó sin querer con el codo en un autobús que iba a velocidad inconstante, con rozamiento presuntuoso y velocidad angular de mareíto mientras circulaba por una carretera derivada con curvas de integral. Lo sé porque viví en el barrio ese. Hace tiempo que me mudé a otro más modesto y cómodo donde la policía no viste uniforme de ideas con esquinas. 


jueves, 22 de junio de 2017

¡Por fin el principio!


No me falta mucho para partir, compañeros de piélago seco. Id despidiéndoos de lo que creéis que conocéis de mí porque me queda poco en este redil. Voy a volver al sitio del que vengo y no espero comprensión ni acompañamiento. No se puede estar mucho tiempo aquí habiendo despertado, y nada pinta un velador en un mundo en el que se sueña que los sueños no se cumplen

Ahí quedan todas vuestras importantísimas y urgentísimas ocupaciones ineludibles, vuestros nacimientos, bodas, entierros, éxitos y fracasos. Ahí os quedáis con todas las ideas vacías que llenan vuestra vida. Os dejo con todo lo importante, que a mí ya se me han deshinchado las palabras y volado los pensamientos. Voy a perderlo todo de tacto, y aunque quizás sigáis viéndome pasear mansamente por alguna arboleda, sólo los que no juzguen entenderán que el fallo del juicio es que no hay nada que entender.

Se acabó la búsqueda de la libertad de plástico, esa que engaña ofreciendo la posibilidad de elegir sin decir que poder elegir es poder dudar, ocultando que la duda es una prisión. Yo te maldigo, Razón, justo antes de partir, por lo que nos has hecho sufrir, a mí y al resto de las gotas de este mar, y te bendigo, Sufrimiento por ella ocasionado, porque viniste para hacernos entender que podrías no haber venido. 

Se acabarán las palabras mafiosas que engañan a los más listos y condenan a los otros. Comenzará la era transparente en la que me miréis y no veáis nada porque ya nunca más le pediré al viento que me peine a raya, al cielo que llueva bien ni al bosque que barra sus hojas muertas. Me evaporo, y no esperéis que vuelva a lloverme sobre vosotros porque esperar no existe más. 

miércoles, 21 de junio de 2017

El saber de no entender


¿A dónde vas, humano, con tu vidita de estuche, encapsulado en trabajo, dinero, actualidad, sociedad, familia, deporte, vacaciones en la playa, político preferido, creencias, hipoteca, fin de semana, gol a favor, voto útil y teléfono móvil? ¿Qué es eso que llamas seguridad y que con tanta inseguridad buscas? ¿Por qué ese empeño en perpetuar para tus hijos este sucedáneo quejicoso de vida que te has construido? El ruido, el pasado, los demás, los mosquitos, el calor, el trabajo, el futuro y hasta el presente... ¿hay algo que no te moleste o que no te dé miedo?, ¿hay algo que hayas aceptado verdaderamente tal y como es sin quejarte? 

Te diré la verdad sobre la verdad para que no te aflijas o para que lo hagas mucho más: nada que se pueda decir con palabras es verdad. Ni siquiera el término "verdad" tiene sentido alguno. Es sólo el reflejo de la luna en un charco, el sueño de una sombra, la etiqueta de una botella. 

Ahora que empiezo a vislumbrar la claridad, resulta que las palabras no me sirven para nada. Al revés, antes me servían para aclarar las cosas, para explicarme, para convencer, para llegar a donde quería llegar, y ahora, sin embargo, palabra que digo, oscuridad que lanzo. Lo que tengo que contar no se cuenta con palabras. ¡Cuéntanoslo! -me dicen-, y yo callo. ¡Inténtalo! -insisten-, y cuando hablo, todo se desvirtúa, la verdad desaparece. 

La verdad que he visto no se puede entender, creer, descreer, intuir ni constatar con el raciocinio, y para entenderlo hay que desentenderse. De hecho, ni siquiera puede verse, es sólo una forma de hablar. No se trata de sumar ni de añadir, se trata del saber que aparece cuando uno no necesita entender. No es un saber que se entienda, es un saber que se respira. ¿No lo entiendes? Era de esperar. Si lo aceptas interna y verdaderamente, lo aprehenderás, pero si intentas entenderlo, ¡zas!, lo aniquilarás.

- Escrito el 24 de abril de 2016.

lunes, 8 de mayo de 2017

Cogitacioncicas


- La disciplina que se dedica al estudio de los trapos sucios se llama vexilología.

- Las tradiciones son ideas disecadas

- Las ideas son lluvia, las ideologías son peceras

- La eternidad no es tiempo infinito, es ausencia de tiempo. La plenitud no es llegar a conseguirlo todo por adición, es darse cuenta de que nunca hace falta añadir ni quitar nada. Incluso la idea de que falta algo forma parte de lo que tiene que haber

- ¿Me conoces, dices?
¿Conoces los cien mil billones (100.000.000.000.000.000) de células que me componen físicamente?
¿Sabes qué tipo de relación hay entre todas ellas y el propósito último de su unión?
¿Conoces así mismo todos los cientos de miles de billones de células de cada uno de los otros seres con los que me he relacionado y que han influido en mí? ¿De verdad me conoces?
Te escucho, sabio amigo, dime quién soy, pero empieza por favor explicándome qué entiendes por conocer

- Estamos acostumbrados a considerar la sabiduría como un saco de conocimiento en el que se guardan todas las respuestas, pero ese saco está roto porque cada respuesta genera siempre más preguntas. La sabiduría no es un saco de respuestas, es un disolvente de preguntas

- No existen los errores, sólo las estrecheces de mira. Todo es como tiene que ser porque si no sería de otra manera. Lo que llamamos error no es más que un trastorno psicológico de una célula de la epidermis del dedo pequeño del pie izquierdo que reniega del cuerpo humano y protesta porque no se la tiene en cuenta en la toma de decisiones abstractas. 

- He aquí el diagnóstico de la Humanidad: Sueño

jueves, 4 de mayo de 2017

El cambio


Podría decir que aunque sé que todo está cambiando permanentemente, durante estos últimos casi cinco años han cambiado más cosas en mi vida que durante los cuarenta precedentes. Como si esos primeros cuarenta hubieran sido, literalmente, una cuarentena previa al verdadero cambio, el de verdad, el cambio entre los cambios. 

Una de las cosas más significativas que me han ocurrido ha sido el giro que ha dado mi vida profesional. Antes mi día a día seguía un protocolo bastante habitual para mucha gente que consistía en levantarme por la mañana, desayunar, coger el coche, ir al trabajo con la radio puesta para enterarme de la actualidad social, deportiva, política, etc., llegar a la oficina, saludar al personal y ponerme a hacer las tareas habituales de gestión, envío de e-mails, visitas a clientes... en fin, 'lo normal'. 

Desde que esa rutina dejó de existir en mi vida porque dejé de vivir en Occidente y me dediqué a dar clase en Tanzania e India han ido pasando los días, los meses y los años, y echando cuentas así someramente resulta que he estado flanqueado por pizarras durante más de cinco mil horas. Para alguien que se haya dedicado toda su vida a dar clase esta cifra podría parecer ridícula, pero para mí que vengo de otro planeta profesional en el que normalmente estaba rodeado de ordenadores y de gente con cara de ir en metro me da la sensación de que los dedos se me hubieran convertido en tizas y el cerebro en un cuaderno de notas

Aparte de esto, el hecho de haber empezado esta empresa docente sin ninguna formación reglada y en países que nada tienen que ver culturalmente con España me ha motivado mucho para estar muy atento a todo lo que pasaba a mi alrededor -como un leopardo observando su presa, concentrado, silencioso- de manera que tanto de las circunstancias como de la gente que sabía mucho más que yo he ido bebiendo sosegada y provechosamente como bebería una cría de gato al borde de un mar de leche

Todo eso y las dificultades que de primera mano he visto que pasa mucha gente en el mundo no para llegar a fin de mes, sino para llegar al final del día me han ablandado las extremas consideraciones mentales que antaño tenía sobre lo que yo consideraba correcto, o verdad, o importante. La tolerancia en todos los órdenes se ha abierto camino a través de mí gracias al contraste que todas estas vivencias y nuevas experiencias han supuesto

Pero tengo claro, como clara es la mirada de un niño contento, que el verdadero cambio no ha venido dado por la nueva actividad ni los exóticos escenarios, aunque las experiencias y vivencias hayan sido prácticamente innumerables e interesantísimas. El verdadero cambio -afirmo- descansa en otra cuenta que he hecho, y es la de las más de dos mil horas que he pasado meditando

Dice un amigo mío cuando quiere referirse a alguien que dice saber sin saber de verdad, que ese tal 'sabihondo' es como el Doctor Liendre, que de todo sabe y de nada entiende, y reconozco que un poco de doctorado en liendres ya tengo porque no soy experto en dar clase, ni en meditar, ni en escribir, ni en ingeniería, ni en nada, pero lo que sí sé -y lo sé con el contundente aval que supone la experiencia propia- es que la meditación ha aportado algo a mi vida que difícilmente se puede verbalizar. Simplificando diría que me ha dado la capacidad de considerar todo lo que hago, siento y pienso como si fuera espectador de mí mismo. Me ha permitido salirme del cuadro para observarme, transcenderme, tomarme menos en serio, reconocerme de verdad entre la morralla de cosas que creía que eran yo cuando en realidad no eran más que un envoltorio. La meditación es el camino directo -y yo añadiría que ineludible- al reconocimiento de uno mismo. Meditar no es no pensar, es sencillamente observar lo que uno piensa y aceptarlo sin etiquetarlo para no adulterarlo con otro pensamiento

Analizar lo que hacemos para saber quiénes somos es sin duda una forma de reconocimiento pero es en realidad muy superficial porque también somos alguien aunque no hagamos nada. Para mí es como intentar saber lo que es el agua lanzándola contra una pared para ver qué mancha deja. Meditar, sin embargo, es mojarse, nadar, bucear, navegar, beber, evaporarse, lloverse y reconocerse como agua misma. Meditar es el ejercicio más potente y vital que he conocido, y nada de lo que he vivido y aprendido estos años habría tenido la profundidad que ha tenido en mí si no lo hubiera acompañado de la introspección que la meditación me ha dado

Es posible leer más allá de las palabras y traspasar los muros de ideas -propias y ajenas- en cualquier circunstancia porque se puede meditar dando un paseo, haciendo deporte, comiendo o incluso mientras se habla con alguien. Se trata sólo de observar, y ese es el cambio definitivo porque no es que observar cambie la realidad, es que ¡la crea!