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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

El sargento ameba


Cuando en alguna ocasión ha salido a colación el tema del servicio militar y he dicho que yo fui uno de los que lo hizo -ya cuando esta obligatoriedad agonizaba en España- la gente me mira como que les hablara de la Edad Media. Casi doblo en edad a muchas de las personas con las que comparto el día a día, y algunas ni siquiera saben que antes había que hacer la mili a la fuerza. 

Durante varios meses estuve destinado en lo que daba en llamarse Estado Mayor, y coincidimos en un despacho tres ingenieros recién titulados con unas ganas enormes de trabajar que el entorno en el que estábamos no satisfacía en absoluto, ni por la cantidad de trabajo que había que hacer ni por la calidad del mismo. Básicamente mis funciones consistían en estar sentado todo el día y en escribir de vez en cuando en una vieja máquina los nombres de los que se presentaban a hacer un curso para llegar a ser cabo. "Adjunto remito incritos al curso de cabo...", "Adjunto remito inscritos al curso de cabo...", "Adjunto remito inscritos al curso de cabo...", y así todos los días. La pasividad que se respiraba era tanta, que de tanto no tener nada que hacer uno se empeñaba casi automáticamente, como por inercia, en conseguir seguir sin hacer nada, lo cual en sí paradójicamente entrañaba bastante trabajo. Tenía por costumbre moverme por las oficinas con papeles en la mano para dar la impresión de que tenía cosas importantes que entregar, y hacía esto incluso cuando iba al baño a hacer eso que nadie puede hacer por mí. El ambiente era de una abulia aplastante. 

Como mandos tenía a un subteniente que se tomaba muy en serio sus funciones en la barra del bar de la cantina y que de vez en cuando descansaba en la oficina para recobrar fuerzas, ya que su entrega a las catas era de una abnegación asombrosa, y a un sargento que el pobre tenía menos sesos que una ameba. Lo gracioso del caso es que el sargento ameba tenía a veces ocurrencias que por su inocencia o estulticia resultaban muy entretenidas, aunque en aquellas circunstancias hasta el vuelo de una mosca podía resultarlo. A este buen hombre, no sé por qué razón, se le ocurrió un día plantearse, y plantearnos, cómo era posible que los satélites funcionaran y se pudieran poner allí arriba, en el cielo, sin que se cayeran ni estuvieran amarrados de una cuerda ni cable ni nada. Se subían al cielo, se dejaban allí, y luego se utilizaban para comunicarse, así de fácil. La verdad es que la pregunta es interesante, y lo es aún más la respuesta, precisamente porque está también preñada de otro montón de preguntas. 

Llevado por las ganas de complacerle, me ofrecí a darle las pocas explicaciones que sobre eso se me ocurrían, que en realidad podría decirse que en aquella época eran muchas, ya que acababa de terminar la carrera y la frescura y lozanía de mi conocimiento estaban deseando florecer, así que un día intenté contarle con un estilo adecuado a sus entendederas cómo era posible que aquello fuera como es. Ya durante las explicaciones me di cuenta de que el hombre estaba más a gusto con su pregunta que con mi respuesta porque cada vez que yo empezaba a hablar él me interrumpía abruptamente haciéndome como un cuclillo una y otra vez la misma pregunta que estaba intentando aclararle. Atribuí esta actitud a su falta de capacidad, o incluso a su talante impertinente en las conversaciones, pero más adelante me di cuenta de que lo que ocurría es que él no quería saber la respuesta porque la pregunta le hacía más feliz. Estaba con su duda y con la admiración que ésta le causaba más a gusto que cerdo en charca. Digamos que sin que él mismo se diera cuenta, quería seguir ignorando. Saber lo que yo le quería contar le habría aguado el negocio porque no podría volver a hacerse esa pregunta. 

Días después, mientras yo iba no recuerdo dónde (eso sí, con un fajo de papeles en la mano) le escuché casualmente plantear la misma pregunta con la misma admiración en la cantina al subteniente y a una audiencia de gente con las mismas ganas de ignorar que él. Escuchando por azar la conversación constaté que la gracia estaba en lo increíble que resultaba aquello, y que una explicación que pudieran entender no habría hecho más que fastidiarles la fiesta de su desconocimiento. 

Todo esto en su momento me pareció atroz, pero luego, con el paso de los años he concluido -por cosas que he visto en los demás y en mí mismo- que eso de no saber es muy cómodo, como un amplio y blandito sofá en el que uno se acostumbra a echar comodísimas siestas vitales, y que aprender resulta en realidad una putada porque es algo así como levantarte del sofá en mitad de la siesta. Así que uno se apega a ignorar por comodidad y por miedo a lo que saber pueda traer o se pueda llevar.

Yo no sé si es mejor saber que no saber, o si saber que no se sabe es ya saber en sí, o si se puede saber algo en realidad, ya que todo conocimiento es parcial como parcial es el recurso que utilizamos para aprehenderlo, es decir nuestro cerebro, que además de ser limitado en sí también utilizamos parcialmente. Lo que sí sé es que el saber de verdad no se obtiene a través de las ideas, los datos, las letras, el contraste de opiniones o la razón. Ese saber, por así llamarlo, ya no me impresiona ni me atrae, y si algo llega a mí es porque al igual que la inercia de no hacer nada que tuve durante la mili me llevaba a seguir sin hacer nada, lo que hago hoy en día, por una razón o por otra, me lleva igualmente a leer casi sin parar y a aprender como si me fuera la vida en ello, y lo cierto es que la historia de mi vida va en ello, pero sé -y esto lo sé de verdad- que este saber no es el que libera, y que la odisea del conocimiento no consiste en añadir más y más datos al saco, sino en vaciar el saco para contemplar el agujero que queda, del que todo viene y al que todo vuela. 

Queridos sargento ameba y subteniente bebetiestos, ahora lo sé bien, vuestra querencia hacia la ignorancia es el puntero al verdadero saber.