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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 21 de abril de 2016

Del tráfico, las bodas y la higiene


Viajar a un país diferente del propio, aunque sólo sea como turista, puede hacer que aprendas cosas nuevas, que desaprendas cosas viejas y también sencillamente que veas cosas extrañas, aunque no aprendas gran cosa salvo a aceptarlas, lo cual en sí es un gran aprendizaje. Por supuesto, también hay curiosos casos de viajeros que no aprenden absolutamente nada porque viajan con la idea grabada en piedra de que las cosas nuevas que ven están mejor o peor en la medida en que se parecen a cómo son en su país de origen, lo cual representa la actitud ideal para no aprender nunca nada. En realidad, si no hay relativización de lo que se sabe, es imposible aprender. Dicho de otra manera, para aprender hay que previamente ignorar, así que en buena lógica a la gente que le cuesta reconocer que no sabe también le cuesta aprender, precisamente porque cuando se sabe -o cuando se cree que se sabe- no hay lugar para la ignorancia necesaria para aprender. La ignorancia es la lanzadera del saber. 

Durante mi estancia y viajes por la India he visto cosas que ya me son tan cotidianas como un amanecer, pero que supongo son novedosas para quien nunca ha visitado este país, así que a continuación paso a contar algunas en las que la diferencia de enfoque con respecto a nuestros hábitos es notable. Una trata sobre el tráfico, otra sobre las bodas y la última sobre la higiene. Ahí van:

Del tráfico: 
En España utilizamos el claxon del coche o de la moto para quejarnos o para recriminar algo a otro conductor. Normalmente nos fastidia que nos piten, y en algunos casos supone una ofensa que por las reacciones de los conductores cualquiera diría que atenta contra lo más esencial de la persona. Sin embargo, en la India está bien visto pitar, se agradece, es bueno, lo hace todo el mundo, y además ¡se pide por favor! Hay vehículos que en la parte de atrás llevan una leyenda que traducida sería algo así como "por favor, pítame", porque el pitido se ve solo como un dato sobre la presencia de otro vehículo. El pitido aquí es, por tanto, un sonido de aviso, nada más. Nunca un insulto o una recriminación. El tráfico es tan caótico por todas partes que hacerse notar acústicamente es fundamental. No es raro que en una carretera de doble sentido llegue a haber en algún momento cuatro o más vehículos en paralelo porque los adelantamientos se hacen cuando se pueden hacer. Lo que quiero decir es que no hay una norma concreta al respecto sino que es el conductor quien decide cuándo se puede adelantar, y normalmente lo decide en función de algo tan sencillo como la anchura de la carretera. Si el vehículo cabe, entonces se puede adelantar, así de fácil. Eso sí, hay que hacerlo pitando. No tener claxon es como ser invisible en la carretera y para circular es más necesario un claxon que una rueda. Por cierto, aquí en la India una moto es un vehículo familiar en el que a menudo van seis personas montadas: niño chico sobre el depósito, padre pilotando, y detrás dos hijos y la mujer con un bebé en brazos. Total: seis, y ningún problema. ¿Casco? Si se ponen casco entonces ya no caben. 

De las bodas: 
Los casamientos son aquí algo que también nos suele llamar mucho la atención. Hace unos meses, un alumno me dijo un lunes que el viernes no iba a poder venir a clase, y cuando le pregunté por qué me respondió que porque se casaba. Por supuesto, le felicité y le di permiso para ausentarse, pero lo que me dejó pegado fue que cuando le pregunté con quién se casaba me dijo con toda naturalidad: "No sé, creo que con mi prima". Aquí las bodas son una cuestión que se trata entre familias, no entre individuos, así que no es raro que te toque casarte con alguien que no conoces o que conozcas a última hora, y tampoco es raro el matrimonio entre primos porque de esa manera la dote de la novia, que normalmente supone un menoscabo importantísimo en la economía familiar, queda en casa. En este debate sobre las bodas por amor y las bodas concertadas, considero que las bodas concertadas son un atentado a la libertad personal, pero también debo decir muy claramente que cuando pienso en bodas por amor no pienso en lo que conozco en mi país y en occidente en general, porque las bodas de occidente también están concertadas, pero por el dinero, la estética, el estatus social o por la necesidad de completarse uno mismo, que es como firmar el divorcio el mismo día de la boda porque si te casas para completarte, que es lo que hace la mayoría de la gente, pasarás de estar soltero e incompleto a estar casado e incompleto pero con alguien a quien echarle la culpa. Esto es sin duda otro tema de profundo calado. En cualquier caso, como digo, aquí es bastante habitual estar seguro de cuándo uno se casa pero no estarlo de con quién. En cuanto a las bodas por amor, lo único que puedo decir es que el amor no necesita de bodorrios para ser lo que es. Es más, le sientan mal. Boda y amor son dos conceptos que no casan bien.

De la higiene: 
Salvo rarísimas excepciones como los alrededores de los hoteles de lujo o algún vecindario especialmente adinerado, toda la India es un auténtico basurero. Las ciudades, los pueblos y las carreteras o caminos para ir de un lugar a otro están literalmente llenos de mierda. Los ríos parecen lentos glaciares de plástico, animales muertos y basura de todo tipo, los perros y cerdos callejeros se cuentan por miles de miles, todo se tira al suelo con total naturalidad, más de seiscientos millones de personas defecan en la calle cada día (me cuesta imaginar el volumen de la mierda que eso representa, pero supone sin duda una gran hez) y en general no se tiene ningún miramiento por la higiene, pero ¡ojo!, porque esto que cuento se refiere a la higiene pública o externa, ya que en términos personales, domésticos y religiosos los indios llevan la pulcritud al extremo. Por ejemplo, lo de que haya que descalzarse para entrar en casa o en cualquier templo puedo entenderlo porque resulta muy lógico, pero a este respecto del calzado recuerdo una gran paradoja que viví en Baranasi, una ciudad donde, entre otras cosas, queman los cuerpos y acto seguido los tiran al río, al pobre Ganges, que tiene más mierda que el rabo de una vaca, y en el que si te fijas, o incluso sin fijarte, puedes ver flotando vacas, perros o trozos humanos con total claridad. Paseando un día por esta extraordinaria cuidad me llevaron mis pasos cerca de un templo en el que me pareció advertir que en una especie de fuente que había flotaba una figura extraña que se parecía sospechosísimamente a una cagada humana. El caso es que mi curiosidad fue superior a mi asco, así que para comprobar que efectivamente era lo que yo creía que era me acerqué lo más que pude a aquella fuente. Y justo cuando concluí la auditoría y di por seguro y cierto que el cuerpo extraño era un mojón, me llamaron a gritos vehementemente la atención porque estaba pisando con mis chanclas una parte sagrada del templo, es decir, que para ellos resultó más ofensiva la suciedad de la suela de mi calzado en el suelo que la oronda mierda humana flotante de la fuente que por allí navegaba a su caprichosa deriva. Este es, en fin, otro ejemplo más de lo paradójico e incomprensible que resulta este país, fuente de lo mejor y de lo peor, y que por su tamaño y variedad casi podría decirse que es fuente de todo.

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