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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 20 de marzo de 2016

Sobre estar muerto o no estarlo



Gran parte de las cosas que se me ocurre escribir son consecuencia de conversaciones que he mantenido o de ideas que he leído. Hace poco, hablando con una amiga, yo llegué a decir que a mí me da igual estar muerto que no estarlo. Ella me rebatió de una manera que aún me tiene asombrado: 'Todavía no te veo ahí' -me dijo-, lo cual me chocó por dos razones. La primera es que así dicho me dio la sensación de que tuviera una especie de superpoder para identificar a la gente a la que le da igual estar muerta y a la que no, y la segunda es que al decir 'todavía' interpreté que eso de que te dé igual estar muerto podría ser algo así como el final de una evolución personal, una especie de escalada, y que en concreto yo estaba aún lejos de llegar a la cima de ese proceso. 

No sé si interpreté bien o mal, pero como hace ya tres años que no me enfado ni discuto para tener la razón, porque ya no necesito la razón para nada -y esta efemérides es la única que de verdad celebro, ya que los cumpleaños y todas las fiestas de guardar siempre me han dado igual, y me lo siguen dando- y como además me parece que puede parecer insano defender vehementemente la postura de que me da igual estar muerto que no, no insistí en la conversación y cedí mansamente a la afirmación de mi interlocutora. La charla no dio para más en ese sentido, pero ahora que estoy solo y que las fronteras de mi teclado son de viento puedo extenderme en esta idea para dejármelo claro, al menos a mí mismo. 

¿Qué quiere decir que me da igual estar muerto que no estarlo? Para empezar quiere decir que tengo muy claro, de todas las formas que se puede tener claro algo, sin duda alguna, con certeza absoluta, que esto que llamamos vida y que ahora tengo dejaré de tenerlo algún día. Esto lo sabemos todos, aunque en realidad no todos lo aceptamos. En segundo lugar quiere decir que a esto que llamamos vida le concedo una importancia relativa, entre otras cosas porque todo lo que pasa en ella es relativo. Lo que califico como relativo es la historia de nuestra vida, es decir, las cosas que nos ocurren en ella, lo que hacemos, la gente con la que nos relacionamos, la familia, el trabajo… pero para mí eso no es la vida, eso es lo que pasa estando vivo. En realidad calificar la vida en sí es como escribir en el agua. La vida es incalificable, su atributo es su propio ser. Lo que nosotros decimos de ella es precisamente eso: lo que nosotros decimos de ella, no lo que ella es. 

Concretando: que acepto con naturalidad lo que me pasa estando vivo y aceptaría con la misma naturalidad que me dejara de pasar. Y esto, aunque parezca derrotista y paradójico, es lo más maravilloso que me ha pasado en la historia de mi vida, porque creo que todo lo que tengo y que me va viniendo viene de regalo, y al no estar apegado a ello ni necesitarlo puedo disfrutarlo con una pureza que transciende cualquier juicio y expectativa, y está por tanto libre de cualquier tipo de miedo al fracaso. Echando cuentas, por así decirlo, me he dado cuenta de que he visitado más lugares, leído más libros, aprendido más palabras, resuelto más ecuaciones, presenciado más espectáculos, hablado con más gente, probado más comidas, hecho el amor más veces, soñado más cosas y experimentado más emociones de las que mucha gente llegará a catar ni aunque viviera quinientas veces la historia de su vida. Hago esta comparación no por presunción, sino a modo de agradecimiento, es decir, para dejar bien claro que creo que se me ha servido -sin merecimiento alguno- un plato de historia de vida mucho más lleno y surtido que el de muchos otros invitados, y como no creo que su vida sea menos que la mía, tampoco creo que la mía vaya a ser más teniendo más de todo eso. 

Ahora me mantiene vivo lo que la vida es, no lo que en la vida se hace, porque sé que hacer ya he hecho más de lo que era necesario hacer, y sé además que no es necesario hacer nada porque la vida -la de verdad, no la de las historias- ya se encarga de que pase todo lo que tiene que pasar. No es que muera porque no muero -todavía no me veo ahí-, pero entiendo que mi papel en esta fiesta es tan secundario que no siento más que gratitud por estar vivo, así que me da igual no estar muerto que estarlo. Nunca un mensaje tan agradecido y positivo fue tan mal entendido, pero bueno, eso es otra de las cosas que pasan en la historia de la vida. A la vida, ni que decir tiene, todo esto le da bastante igual.

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