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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 11 de octubre de 2015

Mis experimentos con la psique VIII. Destellos del verdadero yo.


Recuerdo que cuando era pequeño, en clase de dibujo nos ponían como ejercicio copiar en una hoja en blanco lo que aparecía, por ejemplo, en una fotografía. Para poder hacer la copia mejor de lo que la simple intuición o el particular ojo de buen cubero de cada uno diera de sí, nos proponían hacer a lápiz sobre el original una rejilla de cuadrículas. Después, sobre el folio en blanco del bloc de dibujo se hacia otra rejilla equivalente con el mismo número de cuadrículas, y a continuación se copiaba uno a uno el contenido de cada cuadrícula del original a la correspondiente del bloc. De esta manera, por razones obvias, se conseguía hacer el dibujo completo más atinadamente que sin cuadrícula. 

Yo creo que de la misma manera que la cuadrícula no existía en el original y acababa borrándose en la copia, el tiempo tampoco existe en el universo. Es sólo un recurso que la mente aplica sobre la realidad cambiante para poder aprehenderla y “copiarla” en el archivo de ideas que es capaz de “dibujar”. Lo único que existe es el cambio, la impermanencia, y para entender ese concepto nuestra mente crea el tiempo. No sólo pienso y siento eso, sino que afirmo que lo único que existe es el presente, y que el pasado y el futuro son sólo ilusiones tan reales como los unicornios, las ranas peludas o las vacas voladoras. Y la verdad es que tampoco hace falta discurrir mucho para defender esta idea; se puede hacer muy fácilmente con otra idea, a saber: Es verdad que puede haber muchas cosas que pasen fuera de aquí, ¿pero acaso es posible algo que ocurra fuera del ahora? ¿Alguien ha experimentado, hecho, pensado o sentido algo fuera del ahora? Nunca nada pasó en el pasado, pasó en el ahora, y nunca nada pasará en el futuro, pasará en el ahora. 

Esto quizás pueda parecer muy evidente pero el ego raramente opera en función de esta obviedad. Para él sólo son importantes el pasado y el futuro. Él se dedica a crear tiempo psicológico de la misma manera que los vietnamitas se dedicaban a escavar túneles. Crea el pasado para que me identifique con mis grandezas o miserias pasadas, y se inventa el futuro para encomendar mi felicidad a ciertos logros que están por llegar, y de esta manera acaba construyéndose dentro de mí una auténtica galería subterránea sin que yo lo sepa, igual que el ejército americano no tenía ni idea de lo estaba pasando justo debajo de sus pies. La vida en esa galería se fundamente en dos máximas: Una es la de diferenciarse de todo lo demás, y la otra es la de no estar nunca en el presente, y ambas llevan al desamparo. La diferenciación hace que pensemos que todo lo que existe puede dividirse lógicamente en dos cosas: una soy yo, y la otra todo lo demás. Por otra parte, como no puede ser de otra manera, vivimos únicamente en el ahora mientras que nuestra mente está siempre en el pasado o en el futuro, lo cual crea una brecha de ansiedad de la que no salimos casi nunca.

Hay, sin embargo, algunas ocasiones en las que todos, por despistamos que andemos, salimos de esa brecha y tenemos vislumbres de nuestra verdadera identidad, y estos momentos se dan precisamente cuando perdemos la identidad. Me explico: 

Durante mis viajes por África he podido disfrutar de paisajes sobrecogedores. Guardo un lugar especial en mi memoria para el extraordinario espectáculo que representan las cataratas Victoria de Zambia durante la época de lluvias. Cuando las vi me quedé paralizado. Aquella inmensa cabellera blanca de más de un kilómetro de larga y cien metros de caída era una expresión tan salvajemente bella de la Naturaleza que por unos instantes confundí lo que yo era con lo que estaba viendo. No es que hubiera una catarata en frente de mí y que yo la estuviera admirando, es que aquello sencillamente era, en presente puro, y yo formaba parte indistinta de ello. De alguna manera y por unos instantes, sentí que yo era la catarata y que la catarata era yo, y que allí no había más que una sola cosa. Cuando observamos un paisaje, o el cielo estrellado, o cuando miramos al mar disfrutando de un atardecer, o cuando nos quedamos embaucados con la sonrisa de un niño, ocurren dos cosas que nos sobrecogen y nos hacen sentir esos momentos como especiales. Una es que el observador y lo observado se confunden, y la otra es que somos puro presente. De esta manera nos colamos, aunque sólo sea por unos instantes, en un estado de consciencia que está más allá de nuestra mente y de nuestro ego. Ejemplos como estos muestran destellos del Ser, algo que no necesita adjetivarse ni diferenciarse, algo que únicamente es. Después de unos instantes, normalmente la mente pasa a ocupar su lugar preeminente y comienza a calificarlo, no necesariamente de manera negativa, ni mucho menos, pero empieza el proceso de intelectualización de la experiencia. "Son unas cataratas preciosas", "impresionantes", "dignas de ver", etc. Aparezco, pues, yo, como observador conmocionado, y aparece la cascada aparte, como fenómeno observado. Esta parte calificable es la manera en la que estamos habituados a vivir, más racional, más comprensible, verbalizable. La experiencia primera, sin embargo, aquella que es atemporal y en la que uno se confunde con lo que ve porque literalmente se funde en ello como parte suya, esa se suele esfumar. Y se esfuma porque el ego sopla sobre ella.

Que no podamos disfrutar durante más tiempo de estos misticismos a los que nos invita la Naturaleza se debe a que durante su disfrute el ego desaparece y, evidentemente, como cualquier entidad -ya sea física o mental- él quiere pervivir, y eso de desaparecer no le gusta nada, le da miedo. El miniyo es muy vulnerable e inseguro, y se ve a sí mismo bajo continua amenaza, y en este estado la emoción ulterior no puede ser otra que el miedo, y el miedo en nuestros días está más que preñado y ha dado a luz a más que a sextillizos. Tenemos miedo a fracasar, a no dar la talla, a la opinión ajena, a perder nuestro trabajo, a una enfermedad, a que lo nuevo se acerque a nosotros porque puede que sea peor o mejor que lo que tenemos, etc. Hay miedos de todos los tipos y de todos los colores, y además suelen venir disfrazados de precaución para colarse aún con más disimulo dentro de nosotros, disolverse en nuestras venas y circular con toda fluidez y naturalidad por todo nuestro organismo, constituyendo así el aire que se respira por las galerías del ego. Y uno de los miedos más significativos que tenemos, el miedo entre los miedos, es el miedo a desaparecer y, en última instancia, el miedo a la muerte.

Me he preguntado muchas veces durante mucho tiempo por qué me ha fastidiado tanto que alguien tuviera una opinión diferente a la mía, ya fuera errónea o correcta. Durante casi toda mi vida, cuando he hablado o discutido con alguien sobre cualquier tema me he solido quedar escuchando con educación a que la otra persona se explicara, pero cuando notaba que sus argumentos eran flacos o no tenían fundamento alguno, entonces, aparte de intentar hacerle entender los míos -que vamos suponer para este ejemplo eran los correctos- sentía también una especie de angustia de que me llevara la contraria. Digamos que no me valía con tener razón, sino que me dolía que la otra persona no lo reconociera. Me aferraba a mis ideas y a mi conocimiento como a algo que además de ser cierto me identificaba, y por tanto una opinión ajena que no considerara este conocimiento como verdadero me hacía sentir que yo desaparecía, que no estaba, que, de alguna manera, moría. Esta ha sido la semilla de la constante y compulsiva necesidad de tener razón en las discusiones y de hacer entender a la otra persona que estaba equivocada. Este impulso irresistible a que los demás piensen como uno mismo es la clave que lleva a tantos desencuentros, y ha sido también para mí algo que me ha hecho perder importantísimas batallas aun habiéndolas ganado. Uno no pierde cuando no tiene razón, sino cuando tiene necesidad de tenerla, la tenga o no. 

Si uno se identifica con su mente, entonces el sentimiento de identidad basado en las ideas que defiende se ve amenazado con la aniquilación cuando éstas no se aceptan, así que el miniyo no puede permitirse el lujo de estar equivocado porque estar equivocado es morir. Sin embargo, si uno consigue desidentificarse de su mente da absolutamente igual tener o no razón a la hora de considerar quién uno es. Se puede manifestar clara y firmemente lo que se siente y qué se piensa, pero sin agresividad ni poniéndose a la defensiva en ningún momento porque el sentido de identidad no nace de la mente, sino de un lugar más profundo dentro de uno mismo. Nace del verdadero yo.

- Anantapur (Andhra Pradesh) - India. 

1 comentario:

  1. Por momentos me he sentido palabra, frase, texto.
    Què gusto seguir disfrutándote por aqui.
    Un abrazo enorme , ojos bonitos ; )

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