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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 8 de octubre de 2015

Mis experimentos con la psique VII. El imperio del miniyo.


Durante la guerra de Vietnam, en el transcurso de la Operación Crimp, un soldado americano se sentó sin darse cuenta sobre lo que él creyó que era un escorpión, pero resultó ser el clavo de una trampilla que daba a un vasto complejo de galerías subterráneas. Estos túneles, cavados a lo largo de más de 200 Km, conducían a almacenes, polvorines, salas de estar, dormitorios, enfermerías y puestos de mando del ejército vietnamita. Toda una ciudad, por supuesto invisible desde fuera, que se descubrió, según parece, por una casualidad.

Al recibir el informe del detective sobre lo que el miniyo había hecho en mí tuve una sensación parecida a la que supongo tendría el ejército americano al descubrir el increíble complejo de galerías que tenía debajo. Había un enorme imperio ahí dentro. Me dio la sensación de que todo en mí era ego porque no había prácticamente nada que no estuviera gestionado y catalogado por la mente en términos de diferenciación y de jerarquización. Me pareció que el miniyo tenía en mí una fuerza parecida a la del dinero en la sociedad actual. Resultaba difícil encontrar algo que poder hacer sin que él interviniera directa o indirectamente. Parecía imposible considerar algo libre de juicio y que no se encontrara racionalmente acomodado en alguna cajita conceptual de las de que mencioné cuando describí el nacimiento del ego: “yo”, “no yo”, “mío”, “no mío”, “quiero”, “no quiero” y “tengo”, “no tengo”. 

Aparte de a clasificar la realidad en cajitas, el ego había venido desarrollando a la chita callando un método mortífero y extremadamente eficaz de apoderarse de mi identidad. Este método consistía en crear tiempo psicológico y en violar sistemáticamente dos de las verdades que mi abuelo con su maravillosa ingenuidad había proclamado: La de la impermanencia de todo lo que nos rodea y compone, y la de la inconveniencia de no aceptar la cosas como son cuando no se pueden cambiar. 

Por arte de magia, el miniyo había hecho desaparecer el presente a costa de preocupaciones y logros del pasado o de proyectos y aspiraciones de futuro, y con el mismo arte de prestidigitación había creado la ilusión en mí de que lo que tenía y sabía era lo que yo era, invitándome además a aferrarme a ello como a mi propia identidad, y a negar con la protesta y la queja vana cualquier cambio que sobre ello intentara ejercer la realidad. 

Pero los detalles sobre cómo hizo semejante maniobra y de qué manera se las apañó para que le durara tanto la farsa, bien merecen un capítulo aparte...

- Calangute (Goa) - India. 

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