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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿Y por qué pasa?


Pasa porque todavía no se ha podido encarcelar al que inventó la tontería de la media naranja. Aquel poeta, quizás con la mejor intención, concibió la más envenenada e inconveniente de las metáforas, y con ella condujo al amor a un callejón cuya única salida es el dolor.

Es imposible no sentir incompletitud creyéndose la mitad de algo, y es por tanto imposible no buscar la parte que falta porque la parcialidad es un estado claramente inestable, como lo es una bola encima de otra bola, o un impetuoso torrente de agua al borde de un barranco, o un niño en lo alto de un tobogán. Si uno se convence de que tiene una carencia, se convence automáticamente de que tiene que satisfacer esa carencia y emprende entonces una búsqueda, consciente o inconscientemente, para completarse. La pareja es la solución, la otra persona es la pieza que falta, ella (o él) es lo que necesito.

De esta manera tan habitual y aparentemente inofensiva, sembramos la semilla de la necesidad en lo que damos en llamar amor, pero la necesidad es la lanzadera preferida de las exigencias, así que de nuestro apasionado paroxismo inicial no es raro que germine un árbol maldito que tienda sus ramas para ahogarnos al final. 

Contractualizamos verbal o documentalmente nuestras carencias, exigimos fidelidad eterna a un proyecto egoísta y encomendamos nuestra estabilidad a una hoja que cae en un tornado, como si el Amor conociera el tiempo, pensara en algo que no sea Todo y pudiera meterse en una cajita construída con claúsulas.

Pero llegarán las lluvias del otoño y nuestro precioso corazón de acuarela sentirá cada gota como una puñalada, y se disolverá, y dejará de fondo un lienzo impuro de insatisfacción con un autor, un culpable, un odiado: el amado.

Si atisbas necesidad en ti, no estás preparado para amar. Sólo serás capaz de crear polaridades de amor-odio a las que incluso puede que te vuelvas adicto, ya que en ellas, aunque dolientes, encontrarás lo que crees es tu identidad. El ego adora los contrastes, los quebrados y las quejas.

Sin embargo, el Amor, el de la “A” mayúscula, no tiene antónimos ni nace de la necesidad, no juega con la posesión, no es un parche para tapar miedos, no conoce el resentimiento, los celos, las exigencias, la manipulación, la acusación, el juicio, las críticas, la ira, la venganza ni la dependencia. El Amor de verdad es el olor de una flor de azahar, y de eso, poeta asesino, no hay doble ni mitad. 

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