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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique VI. El descubrimiento del "miniyo".


Casi toda la gente que conozco, si no toda, ha bebido leche alguna vez. Sin embargo, conozco muy poca gente, poquísima, que haya ordeñado. También creo que casi todo el mundo ha comido manzanas, pero casi nadie ha plantado, y mucho menos regado y visto crecer, un manzano. Este alejamiento de la Naturaleza que tan normal se ha vuelto en nuestra sociedad es para mí un buen ejemplo para pensar que, de la misma manera, casi todo el mundo cree saber quién es y sin embargo nunca se ha puesto a pensar seriamente en ello. Estamos también muy lejos de conocer nuestra verdadera naturaleza, y nos solemos conformar con lo que hemos visto hasta ahora que tan poco nos define en realidad: nuestro nombre, nuestras posesiones, nuestras obras pasadas, nuestro dinero, nuestros conocimientos o incluso lo que pensamos. Creer que uno sabe quién es con esos datos se acerca tanto al conocimiento verdadero como una sombra al cuerpo que la proyecta.

Para poder saber quiénes somos hay que empezar por saber lo que es saber, y para saberlo voy a poner y analizar un ejemplo muy sencillo. ¿Qué ocurre cuando miramos una rosa? Ocurren muchas cosas. Vamos a ver unas cuantas. La rosa es el estímulo cuya imagen se proyecta sobre nuestra retina, y las células de ésta generan una señal que se transmite por el nervio óptico hasta una zona de nuestro cerebro que es el córtex visual, encargado de recibir las señales de nuestro sentido de la vista. Inmediatamente después, el córtex emite otra señal que viaja hasta el tálamo, un grupo de células situado en el centro del cerebro donde se decodifica esta señal para enviarse después a otras partes del mismo. Por cierto, es curioso que el término griego “tálamo” significa también hoy en día “lecho conyugal”, un lugar donde supuesta y normalmente se tienen conversaciones privadas. Bueno, conversaciones y más cosas, claro. En fin, continúo: Desde el tálamo, se emiten mensajes en varias direcciones, a saber: Unos mensajes van hacia el sistema límbico, que primordialmente se encarga de distinguir entre dolor y placer. Es especialmente significativo el papel de la amígdala, un pequeño grupo de neuronas en forma de almendra que determina el contenido emocional de la experiencia que estamos teniendo. Otra estructura importante del sistema límbico es el hipocampo, una especie de almacén de variables espacio-temporales de la memoria. Nos permite saber, por ejemplo, cuándo y dónde vimos una rosa por primera vez. Al mismo tiempo, el tálamo envía otros mensajes al neocórtex, la parte más externa del cerebro, de donde obtenemos un punto de vista analítico de la experiencia, es decir, donde damos nombre a las cosas y la formulamos conceptos. Ahí es donde definimos rosa como “la cosa esa roja hecha de otras cosas rojas que juntas de una determinada manera dan lugar a lo que yo conozco como rosa”. Evidentemente no pretendo dar una definición atinada de rosa, sino sólo sugerir la idea de cómo y dónde se forma. 

Todo esto que me ha llevado un largo párrafo describir de manera que cualquier neurólogo matizaría pero en términos generales suscribiría, se produce en mucho menos de un segundo. A continuación, además, el cerebro responde promoviendo la generación de cortisona, adrenalina, dopamina y endorfinas para acelerar o ralentizar nuestro pulso cardíaco y para cambiar nuestro humor. Al mismo tiempo, se establece una serie de conexiones entre los órganos de los sentidos, las diferentes estructuras cerebrales, los órganos vitales y las glándulas. De esta manera se crea una compleja red de datos que da lugar a una imagen -un mapa, por así decirlo- de lo que es una rosa roja. Y en todo esto, muy grosso modo contado, consiste saber lo que es una rosa cuando la miramos.

Lo hasta ahora dicho, que puede parecer más o menos complejo, se resume en que no estamos viendo una rosa en sí, sino más bien un concepto de lo que es la rosa. Hay que tener en cuenta, además, que este concepto está condicionado por las circunstancias en las que vimos una rosa por primera vez, los recuerdos y expectativas que sobre la idea de rosa tenemos almacenados en diversas partes de nuestro cerebro, las modificaciones ocurridas en el mismo a partir de nuestras últimas experiencias y, quizás lo más importante, la distinción entre la rosa y yo. Y ojo porque aquí empieza la aventura, que más bien podría llamarse desventura. 

Como hemos visto, la distinción entre yo como una entidad separada de la rosa es en sí una imagen interna que emerge como real para mí a partir de una recreación de mi cerebro. Esta imagen es bastante sutil y vaga en los comienzos de nuestra vida, pero nuestra sensación interna de yo como algo distinto de lo que no soy yo -la rosa y el resto del universo- se hace más intensa con el paso de los años. Una vez que hemos creado el sentimiento de “yo” y de “no yo”, empezamos a relacionarlo con nuestra experiencia en términos de “mío” y “no mío”, “lo que tengo” y “lo que no tengo”, “lo que quiero” y “lo que no quiero”, etc. Este conjunto de ideas adquiere la fuerza de la verdad absoluta en nosotros, dando así lugar al ego, una creación puramente mental a la que cariñosamente a partir de ahora denominaré “miniyo”, en contraposición con mi verdadero yo, que de momento seguimos sin conocer. 

El miniyo, esa proyección de la mente, tiene un origen noble -la del proceso mental que nos permite distinguir en términos relativos las cosas que nos rodean- pero desde el día en que de niños nos disputamos el primer juguete va adquiriendo un poder que acaba por ser desmesurado y que utiliza para suplantar nuestra identidad y poseernos. Después de los juguetes empieza a interesarse por el dinero, las posesiones materiales, la posición social, etc. Su avidez y su fragilidad son asombrosas. Avidez porque siempre quiere más, y fragilidad porque cuando pierde lo que tiene se cree morir. Esto deja claro que es también un gran generador de miedos y ansiedades, pero de todo esto hablaremos más adelante. 

Cuando descubrí que este impostor llevaba prácticamente toda mi vida haciéndose pasar por mí me indigné, pero cuando supe que justo detrás de él estaba yo, me alegré sobremanera de haberle descubierto. Ahora “sólo” tenía que deshacerme de él y la misión quedaría cumplida. Pero no fui tan ingenuo como para pensar que alguien que llevaba tanto tiempo ahí se iba a ir sólo pidiéndoselo por favor, y tampoco tenía nada que ofrecerle ni con qué amenazarle para que se marchara, así que antes de tomar ninguna medida decidí que lo mejor era conocerle mejor. Esta tarea de espionaje se la encargué, como no podía ser de otra manera, al detective.

- Jaipur (Rajastán) - India. 


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