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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Espíritu


Quizás el concepto de “energía” sea al mismo tiempo el más fácil y difícil de definir. El más fácil porque todo, absolutamente todo, es energía, y el más difícil por la misma razón, es decir, porque es imposible no utilizar algo que no sea energía para definir la propia energía. En cuanto a la clasificación, es de esperar que sea variada, prácticamente interminable. A continuación va una lista de tipos, que seguramente no son todos, para dar una idea de lo surtido de este fenómeno: eléctrica, lumínica, mecánica, térmica, eólica, solar, nuclear, cinética, potencial, química, hidráulica, sonora, radiante, fotovoltaica, iónica, geotérmica, mareomotriz, electromagnética, hidroeléctrica, magnética, calorífica y hasta metabólica, de la cual cada uno de nosotros representa una pequeña central.

Pero para mí lo verdaderamente abrumador de todo esto no es la globalidad ni la taxonomía tan amplia del concepto. Lo que de verdad me parece asombroso es que independientemente de la clase de energía que se esté considerando, cada una puede convertirse otra, es decir, que es siempre posible pasar de un tipo de energía a otro. Esto que todos sabemos desde pequeños y que tenemos sucintamente asimilado en el famoso y vulgarizado principio de conservación de la energía según el cual ésta no se crea ni se destrulle, sino que sólo se transforma, encierra maravillas acerca de las cuales quiero reflexionar a continuación de una manera eminentemente física, un poco metafísica y un mucho espiritual con el siguiente ejemplo. A saber:

Cuando el agua de un río cae y en su caída mueve una turbina hidráulica -es decir, un molino- el molino gira. Si éste en su giro hace mover un imán en las proximidades de una bobina, entonces se produce el efecto hidroeléctrico, es decir, que se genera electricidad a partir de la fuerza del agua al caer. Los detalles físicos de este proceso, la maravillosa Ley de Lenz involucrada en él y las ecuaciones correspondientes las obvio porque nada van a aportar a la reflexión que pretendo hacer ahora. De hecho, no me hace falta profundizar más porque lo que acabo de describir me parece ya de una enjundia casi inabarcable. 

Analizando detenidamente lo que ha pasado, resulta que el agua al caer se ha convertido en un montón de electrones. El agua, sí, el agua, lo que bebemos, lo que cae del cielo, lo que forma los ríos, donde nos bañamos, lo que compone nuestro cuerpo en un porcentaje de aproximadamente el 75% ha dado lugar, simplemente dando un salto y moviendo un molinillo, a electricidad, es decir, a un torrente de electrones que echan una carrera a una velocidad cercana a la de la luz a lo largo de un cable. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué diría uno de esos electrones si supiera que está bailando al ritmo de una música que toca el agua?

Los ejemplos fascinantes que diariamente nos pasan por delante sin que le demos ninguna importancia ni nos llamen la atención sobre su maravillosa naturaleza son innumerables, tanto como los tipos de energía. Si encendemos la luz a partir de esa electricidad que hemos obtenido del molino, ¿no son fotones de agua lo que vemos? Y si al calor de la estufa eléctrica que nos calienta le tenemos que explicar de dónde viene, ¿de dónde sino del agua le tendríamos que decir que ha nacido? ¿Y qué nos diría el agua misma si le contáramos que no es gota, ni río, ni mar, ni lluvia, sino que es nube, o sea, gas? Y llegados a este punto, ¿cómo le explicamos al electrón que corre por el cable que, dado que el agua es nube y que él es agua, él también es nube y, por tanto, vapor? "¡Electrón apresurado, tenue y vaporoso, conócete: vienes del cielo, tu padre es el río y tu madre la mar!" ¿No alucinaría el electrón?

¿Y cómo le explicamos al Hombre que no es cuerpo, ni mente, ni tiempo? ¿Quién le dice que sólo es espíritu, que morir es lo mismo que nacer, y que esta vida no es sino una frase subordinada entre dos comas que pertenece a un discurso eterno e irrebatible? ¿Y cuántos milenios más cabe esperar que tarde en entenderlo? ¿Se lo cuento yo, exexcéptico entre los exexcépticos con la crisma rota y la mente vencida por la caída de un caballo de ideas cansado de tanto y tan velozmente cabalgar?

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