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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 23 de agosto de 2015

Máster


Como tengo la suerte de bregarme en mi día a día con gente más joven que yo, a veces con la mitad de mis años, puedo casi siempre, de manera natural, adoptar el papel de abuelo sabihondo porque tengo la sensación –o más bien la confirmación real- de haber pasado hace tiempo por donde ellos pasan ahora. Muchos de estas personas jóvenes han terminado sus estudios universitarios y están ahora trabajando, o haciendo prácticas, o buscando trabajo, o continúan formándose haciendo algún máster. Me emociona ver las ganas de saber que tienen muchos jóvenes, lo mucho que ya saben y la capacidad tan extraordinaria de aprendizaje y compartición del conocimiento de que hacen gala. El sentimiento que tengo es bastante paternalista, y quizás no tengo derecho a él, pero me es grato como pocas cosas.

Sin embargo, al respecto de este último asunto de los másters, reconozco que lo tengo un poco atravesado en mi entendimiento por varias razones que intentaré explicar a continuación. Algunas quizás son rancias y otras más frescas. Algunas quizás son razones y otras sinrazones o complejos personales, pero poco importa. El caso es que forman parte de lo que conforma mi opinión, a saber:

Para empezar, me llama la atención el término máster. Me parece un poco pretencioso porque literalmente da a entender que cuando uno termina se ha erigido nada menos que en maestro de algo. No creo que la maestría sea algo que se pueda transmitir así, sin más, y todos sabemos que hay gente que por mucho máster que haga nunca podrá ser maestro de nada. La maestría entendida propiamente está muy lejos de ser una apetencia, es un don que requiere trabajo, un David de Miguel Ángel encerrado en una piedra, un camino por recorrer para llegar a manejar una dádiva interna que unos poseen y otros no. El término, pues, atenta, contra una nobilísima y desgraciadamente mal repartida realidad, la de que no cualquiera puede ser maestro, cosa sublime y en nada emparentada con la titulitis mercantilizable. ¿O es que resulta ahora que los talentos nacen sólo con el deseo de que nazcan? O lo que sería aún más sorprendente, ¿es que se pueden comprar?

Conozco, además, como contraejemplo, gente que ha hecho másters que comete faltas de ortografía vomitivas y que dice tonterías engoladas de vocabulario impostado y ridículo que empobrecen hasta rozar la vergüenza ajena su supuesta maestría. Y me consta también que hay algunos que hacen másters de esos no para aprender sino para decir que los han hecho. A veces, sin ánimo de ser puntilloso ni de empezar ninguna batalla dialéctica, sino por el deportivo arte de debatir, me ha dado por preguntar cosas tan, en mi opinión naturales como, ¿y qué aprendiste en ese máster?, y la respuestas que me he llevado han sido del estilo: “Poca cosa, era para que me cogieran en no sé qué trabajo”. “No me acuerdo”, es otra muy manida, o “nada”, a secas, lo cual me deja, y quizás sea porque estoy ya un poco mayor, flipado.

A veces, para ensalzar el mérito de la realización de alguno de uno de estos másters, aparece otra idea que me chirría aún más, y es que cuando el curso de maestría en cuestión es de postín no es raro que un día vaya un tal señor "X", que por lo visto sale en la tele y ha escrito no sé cuántos libros, y dé una (repito: una y sólo una) charla. ¡Vaya!, pienso, ¡qué suerte!, pero sigo pensando y pregunto: ¡Bueno!, ¿y qué os enseñó ese prócer a los alumnos del máster en esa charla? Y la respuesta en ocasiones ha sido: “No me acuerdo, pero fue muy interesante, es un tío muy majo”.

Y hasta aquí hay ironía pero creo que ni siquiera hay caso. Lo jodido es cuando pregunto cuándo vale un máster de maestro de maestrías de estos que por lo visto hay que hacer para que te miren menos de arriba abajo y para que te puedan perdonar la vida dándote un trabajo de becario cafetero en alguna empresa de eruditos inventados. Cuando me dicen estos chavales jóvenes lo que valen estos putos másters para forrar libretas y escucho que unos seis mil euros me cuesta contenerme. Me llevan los demonios y me enfado. No sé muy bien por qué ni contra qué, pero me enfado. Me pongo malo pensando en la cantidad de cosas útiles culturalmente que se pueden hacer con ese dinero en lugar del dichoso máster. Así, sin hacer cálculos complicados, poniendo un precio de seis euros por libro -que es una exageración, porque los hay mucho más baratos- se podrían comprar un millar de libros. ¡Cómprate mil libros, enciérrate en tu casa y sal cuando los hayas leído todos! -afirmo- y te aseguro que cuando salgas tendrás la clarividente sensación de entender verdaderamente lo que es un maestro, aunque no lo llegues a ser. O cómprate un libro sobre África y vete un mes a África a contrastar lo que has leído, otro sobre el Polo Norte, y vete al Polo Norte a ver una aurora boreal, y luego otro sobre China y ve a China a ver si es verdad que allí hablan chino. Y¡ojo!, que esto que digo no es ninguna utopía porque estamos hablando de seis mil euros, y con eso se puede dar la vuelta al mundo y volver a la mitad del camino por si se te habían olvidado los donuts. ¡Madre mía, qué forma de timar a la gente con el saber! Ya no nos queda nada por violar.

Y algo más, y no es poca cosa esta última porque me tiene también muy mosca. No he conocido a nadie que me diga algo parecido a esto: “Voy a ver si soy capaz de hacer este máster”. Lo que siempre oigo es: “Voy a hacer este máster”. Al principio pensé que  todo el que hacía un máster tenía una poderosísima confianza en sí mismo y por tanto iba convencido de que lo iba a lograr, y hasta me pareció interesante la idea del exceso de confianza en uno mismo aunque a veces provoque resaca, pero lo acepté como elemento automotivador Y así me lo estuve creyendo hasta que me di cuenta de que hacer un máster es como comprarse un coche: si tienes el dinero no tienes por qué decir que vas a intentar comprártelo, simplemente te lo compras y es tuyo. ¡Aúpa, maestro!

Yo, que no soy maestro de nada pero que he estado en la guerra, que he tenido que comer tierra para sobrevivir, que he gastado mi cargador contra el enemigo hasta quedar exhausto, que he recibido balazos en los genitales, que he matado gente a bayonetazos y que he tirado hasta piedras para asaltar fortalezas impenetrables del saber sin saber si iba a sobrevivir o no, resulta que me veo charloteando –sin máster, y por tanto sin licencia- sobre batallitas de paintball en las que lo peor que te puede pasar es que te manches el pantaloncito de pinturita.

Queridos amantes del saber, amigos víctimas, estudiantes con ganas, gente honrada: los organizadores de estas milongas son unos timadores, la sociedad imbécil, los conferenciantes de cartón-piedra, el conocimiento de vitola y el saber que os venden de plástico. ¡Rebelaos, documentaos sobre lo que queréis saber y falsificad los títulos! Dejaos de heteronomía en el aprendizaje y formaos vosotros mismos. Sólo así podrá alumbrar la maestría por los balcones de vuestro oriente cognitivo.

PS: Dedicado a todos los estudiantes que tienen que pagar esas cifras pornográficas simplemente para poder decir “aquí estoy yo”, en esta sociedad enferma de ignorancia que mercantiliza el “saber” abusivamente.

1 comentario:

  1. Tienes que hacer un anexo para los que cuestan mas de 40.000-50.000 EUR.
    Que gusto leer tanta logica!!!

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