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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

sábado, 22 de agosto de 2015

Figurante


Casi todos somos seres eminentemente mentales, es decir, regidos por nuestra mente. Lo que nos identifica y nos mueve son nuestras ideas, nuestros deseos, lo que hemos conseguido en el pasado y lo que nos proponemos conseguir en el futuro. En el desdoblamiento de nuestra vida -en su desempeño- de una cosa nos damos cuenta enseguida, y es de que solos no podemos lograr nada, y si lo lográramos no podríamos disfrutarlo, porque lograr algo solo es garantía de que sólo uno mismo lo entiende, con lo cual el logro pasa a ser más una excentricidad que un laurel, así que tenemos que asociarnos con los demás, para que nos ayuden y para que entiendan y aplaudan lo que logramos, y lo hacemos, como es lógico, en función de consideraciones mentales, es decir, en función de lo que decía líneas arriba: nuestras ideas, nuestros deseos, lo que hemos conseguido y lo que pretendemos conseguir. 

De esta manera aparece, probablemente sin que nos demos cuenta, la asociación funcional o interesada, la asociación utilitarista. La gente que nos rodea acaba siendo un medio para un fin, así que es fácil que cuando el fin no se logra se considere que la causa es externa, culpa en última instancia de la gente y circunstancias que nos han rodeado más que de nuestra incapacidad o de la imposibilidad del propósito.

Esto lleva de manera crónica a la decepción. La decepción tiene muchas formas, y va desde la de que alguien no se comporte como esperábamos y nos impida lograr lo que queremos, hasta que aun lográndolo no se nos aplauda como deseamos y pensemos entonces que no se nos valora en la medida en que merecemos. Nos apegamos, pues, a un resultado permanentemente, y por muy noble que sea el objetivo que nos marcamos, esta forma de actuar, tan normal, tan por otra parte bien vista -propia de inconformistas y entusiastas, a los que según se dice se debe el progreso-, es en realidad el fundamento de nuestra infelicidad, la condena que nos impone nuestra mente.

Abarca todos los ámbitos y es capaz de generar infelicidad en todos los órdenes: la pareja emocional nos daña porque no es como debería ser cuando debería serlo; el trabajo nos frustra porque no es lo que buscamos pero tampoco podemos dejar de hacerlo por razones económicas; las relaciones personales se rigen por la afinidad ideológica que pensamos nos llevará a la consecución de nuestro fin, y hasta por la admiración física, esa que arrebata pero no enamora, y que se acaba erigiendo en otro referente para el tropiezo. Confiar en la belleza física es como esconder algo y esperar poder encontrarlo recordando hacia dónde apuntan las sombras de los objetos que nos rodean en el momento en el que lo escondemos. No es un método fiable porque las sombras nunca se están quietas. 

Un paisaje, por ejemplo, no es bonito por el valle que se ve, los árboles, las flores, el río, el sol al fondo y la silueta de las montañas. Esas formas son sólo eso, formas, manifestaciones sensibles vulgarizadas de la realidad que las crea. Cualquiera puede pintar o fotografiar un paisaje, pero lo que pinta o fotografía no es bello, lo bello es lo que representa. Y es justo ahí donde aparece la belleza incondicional, la independiente, la pura, precisamente porque nos resulta indiscernible en su esencia y en su origen. Reconocer esto es adorar, y sentir el "no sé" con sosiego es orar. Sabemos quién ha pintado el paisaje, ¿pero quién ha hecho el paisaje?, ¿quién lo ha puesto ahí tal y como es?, ¿qué quiere decir con eso?  

Ese es el barranco por el que la mente se despeña, ahí es donde se abre la tierra a sus pies, ahí es donde toca hueso. La belleza viene después. Está, por tanto, más allá de nuestras consideraciones intelectuales, y si bien es posible sentir placer al intentar descubrir los misterios de algo ignoto, el verdadero deleite está en darse cuenta de que nos es inaprehensible. Lo bello, pues, es desconocido, desborda nuestra capacidad, nos hace callar porque no es verbalizable, nos empequeñece, nos para. 

Y aquí radica la clave de la encomendación humana, la clave de la adoración que ninguna religión ha sido capaz de explicar claramente. Adorar es sencillamente reconocer que no entendemos. La vida no está para ser entendida, sino para que nos entreguemos a ella, para que la reconozcamos como un fenómeno inabarcable, para que nuestras convicciones –esos pensamientos transitorios fosilizados que han caído en nuestra mente como meteoritos enviados por las circunstancias-, nuestras pretensiones –ese futuro inexistente que nos inventamos para perpetuarnos-, y nuestro pasado sean superados. La vida está, digo, para que todo eso se disperse. Para que sea bella no hace falta entenderla, sólo hay que dejar que sea. 

El objetivo más sano es por tanto no tener objetivos. En cuanto uno se plantea un objetivo pasa a ser un incubador de decepciones. Es la enfermedad del apego al logro, la más comúnmente aceptada y hasta loada en nuestro mundo de pensadores-deseadores compulsivos.

Con ser basta, pero hay que dejarse. Lo que llamamos objetivo cumplido no es más que el ser que será. No hace falta liarse más. Nuestro papel protagónico y auténtico depende de nuestra capacidad de asumir nuestra inevitable y maravillosa condición de figurante. ¡Feliz rodaje!

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