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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

lunes, 17 de agosto de 2015

Bombay y sus olas de mierda


El nombre Bombay viene del portugués, y significa “buena bahía”. Allí habitan unos quince millones de personas y se hablan alrededor de doscientas lenguas. En realidad hay también millones de perros, de cuervos, de ratas, de vacas, de rascacielos, de chabolas y de todo lo que se pueda contar. Podría decirse que es una ciudad cuantitativamente abrumadora, pero al fin y al cabo cuantificable. Lo que no resulta mensurable es el número de cosas que a simple vista llamarían la atención de un europeo no acostubrado a este entorno. La variedad que la ciudad exhibe se manifiesta en todos los órdenes: razas, lenguas, viviendas, vehículos, recursos, tipos de trabajo… Uno tiene la sensación de que el mismísimo Todo estuviera allí metido, disuelto en sus calles y mercados, y hasta en el aire que se malrespira. 

Dándose un paseo por las estaciones de autobús y tren, uno puede concluir con pruebas claras que todo el país es un gran colchón de 3.3 millones de K donde siempre hay alguien durmiendo. La India es el "país colchón". En general, no es difícil ver en cualquier esquina a la extrema pobreza morreándose con la frívola riqueza. Lo verdaderamente difícil es encontrarse la una sin la otra, y lo más llamativo es que se llevan bien. 

Debajo de uno de los puentes de Bombay hay una lavandería que se llama Dhobi Ghat. Un simple vistazo a esta lavandería industrial al aire libre con los rascacielos de fondo da una idea muy clara de la superposición de realidades aparentemente opuestas que se funden en este entorno. Al lado de las bañeras estancas en las que los hombres lavan la ropa -para los hoteles, los hospitales, marcas que la comercializan, etc.- están también las casas en las que viven. Los trabajadores, por tanto, viven a un metro de su lugar de trabajo. El lugar en cuestión es una bañera y la vivienda en cuestión parece otra. Echando un vistazo a una de las casas y otro a una de las bañeras tuve dudas sobre cuál elegiría como vivienda. Asomándome a una de ellas vi a dos chavales echándose una siesta en el colchón oficial del país, encajados en diagonal para poder caber. Ese ridículo espacio, unos calderos y algún que otro trapo constituyen el patrimonio de familias enteras que se hacinan en este lugar para que a otros la ropa nos huela a limpio. Las catorce horas de trabajo al día, sábados incluidos, claro, ya que en la India el sábado es también laboral, y el miserable sueldo que por ello reciben harían a cualquier europeo escupir, y con razón, en la cara de su jefe. Los números, las condiciones, la contraposición y la comparativa con nuestra forma de vivir y considerar las cosas, para nosotros inaceptables, son una constante en este país. El cambio es lo único que aquí no cambia.

Disfrutando de un apacible paseo por el malecón de la buena bahía, mientras pensaba en mis cosas, intentando dar reposo en alguna almohada de lógica a todo esto que cuento y a lo que no cuento, resultó que al mar le dio por picarse un poco y sacudirse con fuerza para vomitar plástico a bocanadas en forma de platos, vasos, botellas, bolsas... La grandeza de las olas y la cantidad de mierda que el mar escupía buscando limpiarse de todo lo que le envenena me sobrecogió, pero no me dio asco. De hecho, me hizo sonreír, porque desde que estoy menos sucio y en luna creciente veo que lo bueno de la suciedad es que sirve para saber cuándo algo se está limpiando. El mar sucio limpiándose me recordó a mí. 

Por la tarde recogí en el consulado mi pasaporte renovado y lo sellé con el timbre del deseo de seguir rompiendo mis olas en este país de verdades incomprensibles que nunca vienen solas. 

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