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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

lunes, 31 de agosto de 2015

Enamorados desencaminados


¡Qué desencaminados recorremos el camino del amor!

¡Te necesito! –decimos-. ¡Qué invasión de lo ajeno!

¡No puedo vivir sin ti! –piropeamos-. ¡Qué responsabilidad impuesta, qué crónica de un dolor anunciado!

¡Eres lo más importante de mi vida! –arrojamos al otro-. ¡Qué verdad más mentirosa! ¿Acaso hay para tu vida algo más importante que vivirla?

¡Te quiero sólo para mí! –ridículamente condenamos-. ¿Ya empezamos con posesiones y autocracias? Si contiene barrotes no es libertad.

¡Prométeme que no me dejarás nunca! –exigimos-. Mal vas si pides por encima del tiempo. Y torcido andar el tuyo si necesitas que tu dar camine sobre la alfombra del tener.

¡Hasta que la muerte nos separe! –acordamos leoninamente-. ¿No sabéis que es precisamente la muerte lo que os va a unir de verdad?

¡Amor mío! –nos atribuimos-. Poco y mal va a respirar ese amor con dueño. El collar da de comer al perro, pero no le hace libre.

¡Lo eres todo para mí! –pontificamos-. Y así sentenciamos al que, hoy culpable de nuestra excitación, lo será mañana de nuestro dolor.

El laúd suena porque tiene las cuerdas separadas, el templo se sujeta porque corre el aire entre sus columnas, y el ciprés no crece a la sombra del roble.

¡No espero nada de ti! –dijo el amante perfecto-. Y así, verdadera y libremente, amó.

domingo, 23 de agosto de 2015

Máster


Como tengo la suerte de bregarme en mi día a día con gente más joven que yo, a veces con la mitad de mis años, puedo casi siempre, de manera natural, adoptar el papel de abuelo sabihondo porque tengo la sensación –o más bien la confirmación real- de haber pasado hace tiempo por donde ellos pasan ahora. Muchos de estas personas jóvenes han terminado sus estudios universitarios y están ahora trabajando, o haciendo prácticas, o buscando trabajo, o continúan formándose haciendo algún máster. Me emociona ver las ganas de saber que tienen muchos jóvenes, lo mucho que ya saben y la capacidad tan extraordinaria de aprendizaje y compartición del conocimiento de que hacen gala. El sentimiento que tengo es bastante paternalista, y quizás no tengo derecho a él, pero me es grato como pocas cosas.

Sin embargo, al respecto de este último asunto de los másters, reconozco que lo tengo un poco atravesado en mi entendimiento por varias razones que intentaré explicar a continuación. Algunas quizás son rancias y otras más frescas. Algunas quizás son razones y otras sinrazones o complejos personales, pero poco importa. El caso es que forman parte de lo que conforma mi opinión, a saber:

Para empezar, me llama la atención el término máster. Me parece un poco pretencioso porque literalmente da a entender que cuando uno termina se ha erigido nada menos que en maestro de algo. No creo que la maestría sea algo que se pueda transmitir así, sin más, y todos sabemos que hay gente que por mucho máster que haga nunca podrá ser maestro de nada. La maestría entendida propiamente está muy lejos de ser una apetencia, es un don que requiere trabajo, un David de Miguel Ángel encerrado en una piedra, un camino por recorrer para llegar a manejar una dádiva interna que unos poseen y otros no. El término, pues, atenta, contra una nobilísima y desgraciadamente mal repartida realidad, la de que no cualquiera puede ser maestro, cosa sublime y en nada emparentada con la titulitis mercantilizable. ¿O es que resulta ahora que los talentos nacen sólo con el deseo de que nazcan? O lo que sería aún más sorprendente, ¿es que se pueden comprar?

Conozco, además, como contraejemplo, gente que ha hecho másters que comete faltas de ortografía vomitivas y que dice tonterías engoladas de vocabulario impostado y ridículo que empobrecen hasta rozar la vergüenza ajena su supuesta maestría. Y me consta también que hay algunos que hacen másters de esos no para aprender sino para decir que los han hecho. A veces, sin ánimo de ser puntilloso ni de empezar ninguna batalla dialéctica, sino por el deportivo arte de debatir, me ha dado por preguntar cosas tan, en mi opinión naturales como, ¿y qué aprendiste en ese máster?, y la respuestas que me he llevado han sido del estilo: “Poca cosa, era para que me cogieran en no sé qué trabajo”. “No me acuerdo”, es otra muy manida, o “nada”, a secas, lo cual me deja, y quizás sea porque estoy ya un poco mayor, flipado.

A veces, para ensalzar el mérito de la realización de alguno de uno de estos másters, aparece otra idea que me chirría aún más, y es que cuando el curso de maestría en cuestión es de postín no es raro que un día vaya un tal señor "X", que por lo visto sale en la tele y ha escrito no sé cuántos libros, y dé una (repito: una y sólo una) charla. ¡Vaya!, pienso, ¡qué suerte!, pero sigo pensando y pregunto: ¡Bueno!, ¿y qué os enseñó ese prócer a los alumnos del máster en esa charla? Y la respuesta en ocasiones ha sido: “No me acuerdo, pero fue muy interesante, es un tío muy majo”.

Y hasta aquí hay ironía pero creo que ni siquiera hay caso. Lo jodido es cuando pregunto cuándo vale un máster de maestro de maestrías de estos que por lo visto hay que hacer para que te miren menos de arriba abajo y para que te puedan perdonar la vida dándote un trabajo de becario cafetero en alguna empresa de eruditos inventados. Cuando me dicen estos chavales jóvenes lo que valen estos putos másters para forrar libretas y escucho que unos seis mil euros me cuesta contenerme. Me llevan los demonios y me enfado. No sé muy bien por qué ni contra qué, pero me enfado. Me pongo malo pensando en la cantidad de cosas útiles culturalmente que se pueden hacer con ese dinero en lugar del dichoso máster. Así, sin hacer cálculos complicados, poniendo un precio de seis euros por libro -que es una exageración, porque los hay mucho más baratos- se podrían comprar un millar de libros. ¡Cómprate mil libros, enciérrate en tu casa y sal cuando los hayas leído todos! -afirmo- y te aseguro que cuando salgas tendrás la clarividente sensación de entender verdaderamente lo que es un maestro, aunque no lo llegues a ser. O cómprate un libro sobre África y vete un mes a África a contrastar lo que has leído, otro sobre el Polo Norte, y vete al Polo Norte a ver una aurora boreal, y luego otro sobre China y ve a China a ver si es verdad que allí hablan chino. Y¡ojo!, que esto que digo no es ninguna utopía porque estamos hablando de seis mil euros, y con eso se puede dar la vuelta al mundo y volver a la mitad del camino por si se te habían olvidado los donuts. ¡Madre mía, qué forma de timar a la gente con el saber! Ya no nos queda nada por violar.

Y algo más, y no es poca cosa esta última porque me tiene también muy mosca. No he conocido a nadie que me diga algo parecido a esto: “Voy a ver si soy capaz de hacer este máster”. Lo que siempre oigo es: “Voy a hacer este máster”. Al principio pensé que  todo el que hacía un máster tenía una poderosísima confianza en sí mismo y por tanto iba convencido de que lo iba a lograr, y hasta me pareció interesante la idea del exceso de confianza en uno mismo aunque a veces provoque resaca, pero lo acepté como elemento automotivador Y así me lo estuve creyendo hasta que me di cuenta de que hacer un máster es como comprarse un coche: si tienes el dinero no tienes por qué decir que vas a intentar comprártelo, simplemente te lo compras y es tuyo. ¡Aúpa, maestro!

Yo, que no soy maestro de nada pero que he estado en la guerra, que he tenido que comer tierra para sobrevivir, que he gastado mi cargador contra el enemigo hasta quedar exhausto, que he recibido balazos en los genitales, que he matado gente a bayonetazos y que he tirado hasta piedras para asaltar fortalezas impenetrables del saber sin saber si iba a sobrevivir o no, resulta que me veo charloteando –sin máster, y por tanto sin licencia- sobre batallitas de paintball en las que lo peor que te puede pasar es que te manches el pantaloncito de pinturita.

Queridos amantes del saber, amigos víctimas, estudiantes con ganas, gente honrada: los organizadores de estas milongas son unos timadores, la sociedad imbécil, los conferenciantes de cartón-piedra, el conocimiento de vitola y el saber que os venden de plástico. ¡Rebelaos, documentaos sobre lo que queréis saber y falsificad los títulos! Dejaos de heteronomía en el aprendizaje y formaos vosotros mismos. Sólo así podrá alumbrar la maestría por los balcones de vuestro oriente cognitivo.

PS: Dedicado a todos los estudiantes que tienen que pagar esas cifras pornográficas simplemente para poder decir “aquí estoy yo”, en esta sociedad enferma de ignorancia que mercantiliza el “saber” abusivamente.

sábado, 22 de agosto de 2015

Figurante


Casi todos somos seres eminentemente mentales, es decir, regidos por nuestra mente. Lo que nos identifica y nos mueve son nuestras ideas, nuestros deseos, lo que hemos conseguido en el pasado y lo que nos proponemos conseguir en el futuro. En el desdoblamiento de nuestra vida -en su desempeño- de una cosa nos damos cuenta enseguida, y es de que solos no podemos lograr nada, y si lo lográramos no podríamos disfrutarlo, porque lograr algo solo es garantía de que sólo uno mismo lo entiende, con lo cual el logro pasa a ser más una excentricidad que un laurel, así que tenemos que asociarnos con los demás, para que nos ayuden y para que entiendan y aplaudan lo que logramos, y lo hacemos, como es lógico, en función de consideraciones mentales, es decir, en función de lo que decía líneas arriba: nuestras ideas, nuestros deseos, lo que hemos conseguido y lo que pretendemos conseguir. 

De esta manera aparece, probablemente sin que nos demos cuenta, la asociación funcional o interesada, la asociación utilitarista. La gente que nos rodea acaba siendo un medio para un fin, así que es fácil que cuando el fin no se logra se considere que la causa es externa, culpa en última instancia de la gente y circunstancias que nos han rodeado más que de nuestra incapacidad o de la imposibilidad del propósito.

Esto lleva de manera crónica a la decepción. La decepción tiene muchas formas, y va desde la de que alguien no se comporte como esperábamos y nos impida lograr lo que queremos, hasta que aun lográndolo no se nos aplauda como deseamos y pensemos entonces que no se nos valora en la medida en que merecemos. Nos apegamos, pues, a un resultado permanentemente, y por muy noble que sea el objetivo que nos marcamos, esta forma de actuar, tan normal, tan por otra parte bien vista -propia de inconformistas y entusiastas, a los que según se dice se debe el progreso-, es en realidad el fundamento de nuestra infelicidad, la condena que nos impone nuestra mente.

Abarca todos los ámbitos y es capaz de generar infelicidad en todos los órdenes: la pareja emocional nos daña porque no es como debería ser cuando debería serlo; el trabajo nos frustra porque no es lo que buscamos pero tampoco podemos dejar de hacerlo por razones económicas; las relaciones personales se rigen por la afinidad ideológica que pensamos nos llevará a la consecución de nuestro fin, y hasta por la admiración física, esa que arrebata pero no enamora, y que se acaba erigiendo en otro referente para el tropiezo. Confiar en la belleza física es como esconder algo y esperar poder encontrarlo recordando hacia dónde apuntan las sombras de los objetos que nos rodean en el momento en el que lo escondemos. No es un método fiable porque las sombras nunca se están quietas. 

Un paisaje, por ejemplo, no es bonito por el valle que se ve, los árboles, las flores, el río, el sol al fondo y la silueta de las montañas. Esas formas son sólo eso, formas, manifestaciones sensibles vulgarizadas de la realidad que las crea. Cualquiera puede pintar o fotografiar un paisaje, pero lo que pinta o fotografía no es bello, lo bello es lo que representa. Y es justo ahí donde aparece la belleza incondicional, la independiente, la pura, precisamente porque nos resulta indiscernible en su esencia y en su origen. Reconocer esto es adorar, y sentir el "no sé" con sosiego es orar. Sabemos quién ha pintado el paisaje, ¿pero quién ha hecho el paisaje?, ¿quién lo ha puesto ahí tal y como es?, ¿qué quiere decir con eso?  

Ese es el barranco por el que la mente se despeña, ahí es donde se abre la tierra a sus pies, ahí es donde toca hueso. La belleza viene después. Está, por tanto, más allá de nuestras consideraciones intelectuales, y si bien es posible sentir placer al intentar descubrir los misterios de algo ignoto, el verdadero deleite está en darse cuenta de que nos es inaprehensible. Lo bello, pues, es desconocido, desborda nuestra capacidad, nos hace callar porque no es verbalizable, nos empequeñece, nos para. 

Y aquí radica la clave de la encomendación humana, la clave de la adoración que ninguna religión ha sido capaz de explicar claramente. Adorar es sencillamente reconocer que no entendemos. La vida no está para ser entendida, sino para que nos entreguemos a ella, para que la reconozcamos como un fenómeno inabarcable, para que nuestras convicciones –esos pensamientos transitorios fosilizados que han caído en nuestra mente como meteoritos enviados por las circunstancias-, nuestras pretensiones –ese futuro inexistente que nos inventamos para perpetuarnos-, y nuestro pasado sean superados. La vida está, digo, para que todo eso se disperse. Para que sea bella no hace falta entenderla, sólo hay que dejar que sea. 

El objetivo más sano es por tanto no tener objetivos. En cuanto uno se plantea un objetivo pasa a ser un incubador de decepciones. Es la enfermedad del apego al logro, la más comúnmente aceptada y hasta loada en nuestro mundo de pensadores-deseadores compulsivos.

Con ser basta, pero hay que dejarse. Lo que llamamos objetivo cumplido no es más que el ser que será. No hace falta liarse más. Nuestro papel protagónico y auténtico depende de nuestra capacidad de asumir nuestra inevitable y maravillosa condición de figurante. ¡Feliz rodaje!

jueves, 20 de agosto de 2015

¿No os pasa?


No sé si a vosotros os pasa, pero a mí hay veces en que no sé qué que llevo dentro se despierta y es como si un volcán de energía desconocida erupcionara salvajemente, y siento entonces cómo el fuego recorre todo mi ser, y noto cómo me quemo, y ardo, y me fundo en lo que tengo a mi alrededor. Y de repente pierdo el sentido de la ubicación y dejo de verme como algo contenido en mi cuerpo y diferenciado del resto de las cosas, y dejo de apreciar límites entre los objetos porque todos me parecen los unos apéndices de los otros, pero todos el mismo. Y cuando en ese estado cierro los ojos, no veo oscuridad, sino partículas multiformes y multicolores que se asocian y se disocian, y que se juntan y se funden y se multiplican y reaccionan entre sí de manera ordenada según unas leyes que de manera inexplicable entiendo, pero no con el cerebro, sino con otra cosa que no sé lo que es, descentralizada pero propia y de todos a la vez. Y resulta también que sin saber por qué me entran muchas ganas de llorar de alegría, como si hubiera descubierto que no hay nada que descubrir porque todo está en mí. Y cuando estoy así soy tan feliz -sin verdaderamente entender nada de lo que me pasa- que me veo por todas partes, me entran unas ganas enormes de amarlo todo, y en los perros veo hermanos, en las plantas mi sangre, en los pájaros mi deseo, y quiero besar serpientes y abrazar leones y nadar con tiburones, y el tiempo desaparece, y como siento tanta paz y nada me preocupa creo que algo dentro de mí se asusta -quizás mi ego, que no se encuentra- y a continuación, de repente, el volcán se apaga, empiezo a ver objetos diferentes, a discriminar sistemáticamente todo lo que hay a mi alrededor y a sentirme como algo separado de todo lo demás, y luego aparece alguien sin cara con cuerpo de reloj que me da mucha tristeza y me dice que ahí estamos, el mundo y yo, y que nos tenemos que pelear, a ver quién gana. Y ya de vuelta a la realidad de las fronteras paso a pensar en lo que estaba sintiendo antes, pero como ya no lo entiendo, ni lo recuerdo bien, ni puedo explicarlo con precisión me acabo convenciendo de que era irreal. El mundo de los objetos múltiples -éste- me dice que deje de pensar tonterías y de escribir cosas que van a hacer creer a los demás que me drogo, y que además van a preocupar a los que me quieren. Así que me olvido y me voy, pero cruzo los dedos y me miro de reojo deseando volver. ¿No os pasa?

martes, 18 de agosto de 2015

Pondicherry y sus fronteras


Pondicherry significa “ciudad nueva” en tamil. Es uno de los establecimientos de la así llamada India francesa. Británicos y holandeses, así como los franceses, controlaron esta zona a lo largo del siglo XVII. La resaca a la que este afrancesamiento dio lugar se percibe en la ciudad de manera asombrosa. Hay una línea no marcada en el suelo que divide la localidad con una precisión euclidiana separando la parte india de la francesa. A un lado de esa línea –la que yo doy en llamar frontera acústica- brama la cantinela ruidosa de la parte india en la que los cláxones de coches, motos, rickshaws… son como gotas de agua en un diluvio de caos sonoro. Se diría que hasta los cuervos tienen bocina y los perros hacen "moc". Todo suena, todo vibra, todo se apelotona en el oído y nada deja de escucharse. Si algo existe a ese lado de la frontera, entonces suena. Al otro lado, sin embargo, el mar de Bengala se traga el ruido y lo devuelve en forma de música, la que él le apetece ronronear cuando remolonea contra el paseo marítimo. Pasar de un lugar a otro produce la sensación de sordera repentina. He llegado a pensar que si uno se pusiera con un pie en cada zona tendría la sensación de que lleva puestos unos auriculares uno de los cuales se ha vuelto loco y el otro se ha estropeado. Es como si las ondas indias de presión sonora rebotaran sobre una pantalla de insonorización que la historia hubiera desplegado allí. India, ruido. Francia, silencio. 

En Pondicherry he dormido en el suelo durante unos días, pero me he sentido como en una nube. El suelo era el de la casa de algunos de mis alumnos –ya exalumnos- a los que he ido a visitar, y la nube era la que constituye ahora el cimiento emocional de sus vidas. Trabajan en una empresa multinacional por la que han sido contratados gracias a sus méritos personales y al hecho de hablar francés, el que han aprendido en la escuela profesional de la fundación durante estos últimos meses. Orgullosos me cuentan el cuento de sus cuentas y el dinero que ahora mandan a sus casas, donde lo reciben como el campo recibe la lluvia. Atrás quedaron los ruidos de la miseria porque ahora su frontera es el viento. Convivir con ellos ha sido un premio para mi alma que, por lo que he comprobado, se alegra manejando artesanalmente el barro para crear vasijas de las que se pueda beber esperanza. 

Cuando les pregunté por qué no compraban muebles me dijeron que eso lo harán cuando se casen. No poco nos reímos a cuento de eso de la ausencia de muebles hasta la boda y lo extraordinariamente sorprendente, por no decir absurdo, que a mí me resultaba, pero por mucha razón que yo llevara o creyera llevar, lo cierto es que acabé tendido en el suelo como una alfombra, superando así otra frontera, en este caso cultural, que no me impidió dormir con comodidad. Hasta tal punto descansé que pasados los días lo que se me hacía raro era caminar sobre la cama.

lunes, 17 de agosto de 2015

Bombay y sus olas de mierda


El nombre Bombay viene del portugués, y significa “buena bahía”. Allí habitan unos quince millones de personas y se hablan alrededor de doscientas lenguas. En realidad hay también millones de perros, de cuervos, de ratas, de vacas, de rascacielos, de chabolas y de todo lo que se pueda contar. Podría decirse que es una ciudad cuantitativamente abrumadora, pero al fin y al cabo cuantificable. Lo que no resulta mensurable es el número de cosas que a simple vista llamarían la atención de un europeo no acostubrado a este entorno. La variedad que la ciudad exhibe se manifiesta en todos los órdenes: razas, lenguas, viviendas, vehículos, recursos, tipos de trabajo… Uno tiene la sensación de que el mismísimo Todo estuviera allí metido, disuelto en sus calles y mercados, y hasta en el aire que se malrespira. 

Dándose un paseo por las estaciones de autobús y tren, uno puede concluir con pruebas claras que todo el país es un gran colchón de 3.3 millones de K donde siempre hay alguien durmiendo. La India es el "país colchón". En general, no es difícil ver en cualquier esquina a la extrema pobreza morreándose con la frívola riqueza. Lo verdaderamente difícil es encontrarse la una sin la otra, y lo más llamativo es que se llevan bien. 

Debajo de uno de los puentes de Bombay hay una lavandería que se llama Dhobi Ghat. Un simple vistazo a esta lavandería industrial al aire libre con los rascacielos de fondo da una idea muy clara de la superposición de realidades aparentemente opuestas que se funden en este entorno. Al lado de las bañeras estancas en las que los hombres lavan la ropa -para los hoteles, los hospitales, marcas que la comercializan, etc.- están también las casas en las que viven. Los trabajadores, por tanto, viven a un metro de su lugar de trabajo. El lugar en cuestión es una bañera y la vivienda en cuestión parece otra. Echando un vistazo a una de las casas y otro a una de las bañeras tuve dudas sobre cuál elegiría como vivienda. Asomándome a una de ellas vi a dos chavales echándose una siesta en el colchón oficial del país, encajados en diagonal para poder caber. Ese ridículo espacio, unos calderos y algún que otro trapo constituyen el patrimonio de familias enteras que se hacinan en este lugar para que a otros la ropa nos huela a limpio. Las catorce horas de trabajo al día, sábados incluidos, claro, ya que en la India el sábado es también laboral, y el miserable sueldo que por ello reciben harían a cualquier europeo escupir, y con razón, en la cara de su jefe. Los números, las condiciones, la contraposición y la comparativa con nuestra forma de vivir y considerar las cosas, para nosotros inaceptables, son una constante en este país. El cambio es lo único que aquí no cambia.

Disfrutando de un apacible paseo por el malecón de la buena bahía, mientras pensaba en mis cosas, intentando dar reposo en alguna almohada de lógica a todo esto que cuento y a lo que no cuento, resultó que al mar le dio por picarse un poco y sacudirse con fuerza para vomitar plástico a bocanadas en forma de platos, vasos, botellas, bolsas... La grandeza de las olas y la cantidad de mierda que el mar escupía buscando limpiarse de todo lo que le envenena me sobrecogió, pero no me dio asco. De hecho, me hizo sonreír, porque desde que estoy menos sucio y en luna creciente veo que lo bueno de la suciedad es que sirve para saber cuándo algo se está limpiando. El mar sucio limpiándose me recordó a mí. 

Por la tarde recogí en el consulado mi pasaporte renovado y lo sellé con el timbre del deseo de seguir rompiendo mis olas en este país de verdades incomprensibles que nunca vienen solas. 

domingo, 9 de agosto de 2015

Excarcelación de la Aceptación


Después de milenios de injusto encarcelamiento, Aceptación es por fin libre. Hasta ahora permanecía recluída en la prisión de los defectos de la psique humana compartiendo celda con la pasividad, el determinismo, el pesimismo y otros aguadores y empequeñecedores de felicidad. Aceptación fue acusada de cobarde y de asesina de entusiasmos durante los comienzos de la dictadura de la mente, y ha permanecido vejada y vilipendiada en el fondo del corazón de los hombres desde entonces, acompañada de todas las miserias que allí moran. En el juicio en el que fue condenada, Aceptación argumentó que ella nunca pretendió hacer apología de la indolencia sino simplemente proponer la asunción de lo que no se puede cambiar, lo cual es en sí un acto lógico, pero la mente, severa, injusta y prejuiciosa la condenó al ostracismo de las virtudes. Se le acusó también de entorpecer el progreso humano, y aunque nunca quedó claro –ni lo está aún- qué cosa sea esa del progreso, cuántas vertientes tiene, ni hacia dónde se dirige, la condena y el encierro se hicieron efectivos.

Ahora que por fin es libre, ha declarado que no siente rencor alguno, pues eso le haría seguir siendo presa -en este caso de sí misma- y que va a aprovechar su libertad para dedicarse a criar alas en las almas de los hombres. Lo primero que hay que hacer para llegar a entender algo es entender que no se entiende, y lo primero que hay que hacer para cambiar algo que no gusta es aceptar que antes de cambiarlo es como es. Esta verdad de Perogrullo parece que fuera sólo de Pedro Grullo, y no patrimonio de todas las psiques, que tan reacias son a aceptar lo que en buena lógica y conveniencia es inaceptable no aceptar. 

miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Qué es un voluntario?


A nadie le obligan a ser voluntario. Sería como obligar a alguien a soñar o a que le gustara o disgustara algo. Ser voluntario es, por tanto y ante todo, un acto libre. Así que, como no podía ser de otra manera, me hice voluntario por voluntad propia, y dado que la voluntad es la facultad de decidir y ordenar la propia conducta, deduzco que soy voluntario porque quiero ordenar algo en mí, es decir, porque quiero conducirme, pero, ¿hacia dónde?

En realidad el destino da igual, la idea es moverse, y quizás lo que uno se proponga no se alcance nunca, como el horizonte, que se aleja en la misma medida en la que nos acercamos a él. El movimento, sin embargo, es una consecuencia inevitable de esa búsqueda, independientemente de que se alcance el objetivo final o no. Por eso las estrellas, aunque inalcanzables, también pueden ser guías. En un mundo en el que la propiedad es un rango, la riqueza se viste de virtud, la pasión por la verdad agoniza como un pelícano empapado de alquitrán, la falsedad es la vía más corta y loada para el éxito y los templos de los grandes valores sociales se sujetan sobre cariátides de alfeñique, parece inevitable buscar algo nuevo, pero, ¿qué?

Dado que la duda está ahí y que no se sabe qué buscar, ¿qué mejor y más noble que buscarse a sí mismo?, ¿y qué mejor manera de buscarse que hacerlo en los demás? Se trata por tanto de reconocerse mirándose en los otros como si fueran un espejo. Decía Vicente Ferrer que la acción buena encierra todas las filosofías, todas las ideologías, todas las religiones… así pues, una manera de aprehenderlo todo es hacer algo bueno por los demás. Voilà la idea fundamental del voluntariado, pero, ¿qué es un acto bueno?

El agua no es el frescor que siente el que la bebe ni la agonía del que se ahoga en ella. El sol no es la vida en nuestro planeta ni una quemadura en la piel. Una mano no es una caricia ni un estrangulamiento. Frescor, agonía, vida, quemadura, caricia y estrangulamiento son efectos de la realidad, pero no la realidad en sí. Todo es bueno y malo a la vez, o ninguna de las dos cosas, así que definir la bondad no es fácil porque evidentemente lo que es bueno para uno puede que no lo sea para otro, por lo que la duda sobre qué hacer se mantiene. Para despejarla hay un verbo todopoderoso que siempre da resultado a la hora de decidir qué hacer: ayudar. De acuerdo, pero, ¿ayudar a quién?  

Cuando escuchamos que se ha descubierto un agujero negro en el espacio no quiere decir que se haya visto directamente ese agujero. Lo que se ha visto son los efectos gravitarorios que provoca sobre lo que tiene cerca, por ejemplo que los astros describan a su alrededor órbitas extrañas, o que la luz se curve en sus proximidades. Se sabe que el agujero negro está ahí por las consecuencias de su presencia, no porque se vea directamente. Otro ejemplo, quizás más sencillo, es el siguiente: si uno quiere saber si una zona es buena para pescar, no mira al agua para ver si hay peces, sino al cielo para ver si hay pájaros. La respuesta se cierra, por tanto, con una perogrullada: si uno quiere ayudar, debe ayudar a quien lo necesita, y sabrá que lo está haciendo bien observando los efectos de sus propios actos, por ejemplo viendo nacer sonrisas y secarse lágrimas a su alrededor. Y llegados a este punto en el que la definición de voluntario va cobrando forma, cuando ya hemos decidido buscar algo bueno para descubrirnos a nosotros mismos ayudando a los demás, la pregunta vuelve como un bumerán: ayudar, pero, ¿haciendo qué?

Todos somos talentosos, y todos sabemos hacer algo muy bien, y si bien es cierto que nunca seremos los mejores en nada, también es verdad que cada uno de nosotros es muy bueno haciendo algo. Detectarlo es descubrir el talento, y compartirlo es disolverse. ¿Qué es de un grano de sal que se disuelve en agua? Es cierto que no hay grano tras la disolución, es cierto que las moléculas de agua han separado los átomos de cloro de los de sodio, es verdad que no hay estructura cristalina que forme el cubito de sal, pero ahora el agua está salada. Hacer algo bueno por los demás desarrollando los talentos propios es pasar de ser grano de sal a ser salinidad, es disolverse, es expandirse, es crecer.

Así pues, concluyo que un voluntario es alguien que crece utilizando sus talentos -los que fueren- para, de manera libre, hacer algo bueno ayudando con el fin de descubrirse a sí mismo disolviéndose en los demás. Y por último, ¿dónde y cuándo se puede hacer esto? La respuesta no puede ser más sencilla y ni siquiera requiere otro párrafo para expresarse porque con un par de palabras vale: aquí y ahora. 

domingo, 2 de agosto de 2015

Fortaleza mental


Si pienso en lo que estoy pensando se produce un desdoblamiento en mi mente. En el escenario que se crea hay varios personajes diferentes. Por una parte está el que piensa, es decir, el que despliega las ideas y propone un decorado pensante, y por otra parte está el que piensa sobre lo pensado, es decir, el metapensador. Pero, ¿quién es quién?, ¿y quién soy yo ahora que pienso en ambos?

Quizás los dos, o los tres, sean sólo ideas que se superponen y que crean la supraidea de que alguien diferente las piensa, cuando en realidad es uno solo el sujeto. O quizás hay verdaderamente varias entidades de yo que se relacionan entre sí pensándose mutuamente. Si sueño que sueño, por ejemplo, ¿quién es el sujeto del segundo sueño? Y si me caigo por un barranco en el segundo sueño, ¿tendré un espasmo involuntario que me despierte en el primero o sólo dejaré de soñar que sueño pero seguiré soñando?

¿Y si esto que escribo es el objeto de un sueño? Con este planteamiento podría llegar a considerar que hay tantos yoes como me apetezca. Para crear uno nuevo no tendría más que dar un paso más allá en esa línea de pensamiento que es pensar sobre lo pensado. He descubierto una fábrica en serie de yoes puramente racionales porque la mente diverge cuando se autoconsidera. Cuanto más intento acercarme a lo que soy, más yoes aparecen y más me alejo en realidad de mi objetivo. Es como intentar encontrar la oscuridad con una linterna. 

Lo haré, pues, al revés, es decir, iré al núcleo, simplificaré, buscaré al primer pensador, al original, al que irradia todos estos pensamientos, pero… ¿cómo me acerco a él?, ¿pensando en él? Si hago eso ya me he vuelto a desdoblar, ya tengo la duda de si soy el objeto pensado, el que piensa en él o ambos a la vez. Vuelvo a caer en la trampa del metapensamiento. Hay un juego hermético de ideas que encierra eso que busco dentro de una fortaleza inexpugnable. La mente parece una semilla que se protege a sí misma fecundando de su esencial naturaleza todo lo que se le aproxima. Si te acercas a la mente para ver qué es, automáticamente te conviertes en ella, desapareces como sujeto externo, eres absorbido como por un agujero negro de ideas. Es como si uno estuviera intentando apreciar un cuadro y en el ejercicio de su observación se convirtiera en el cuadro mismo. De esta manera el círculo, o la esfera, o lo que fuere, se cierra sobre sí mismo y crea la idea de que todo son ideas, incluyéndome a mí mismo. Acabo, por tanto, ahogado en un mar de consideraciones que me hacen ineluctablemente asumir que soy mente, es decir, que soy lo que pienso. 

Entonces, ¿cómo se entra en esa fortaleza inexpugnable dentro de la cual habito? Está claro: No pensando. No pensar es la puerta de atrás no vigilada a través de la cual puedo colarme dentro de mí mismo, all´insaputa del ejército de ideas que yo mismo genero. Pero, ¿cómo se hace para no pensar?, ¿cómo se frena un tren en marcha?, ¿cómo se para una avalancha?, ¿cómo se aplaca un tsunami?, ¿cómo se apaga un volcán? No sé... intentaré no pensar en ello. Me tengo mucha curiosidad, y necesito un espejo, no por narciso sino por conciso. 

sábado, 1 de agosto de 2015

Origen

El rayo de luz se ha perdido, pero no porque se aleje, ni sepa dónde está ni hacia donde se dirige, sino porque se ha olvidado de que es el Sol mismo. ¿Acaso no es Sol el rayo, mar el agua o aliento el aire? 

¿Alguien quiere saber lo que es? Yo se lo diré: Un perro que se convierte en lata, una semilla estéril que promete árboles, un hombre que desaprende, una fundición de entornos, una libreta voladora, cenicero vegetal, autonomía entreverada, miedo cerval, lástima piramidal, ocio desubicado, milonga sin cerradura, libro en barbecho, cáliz sucio, chapa encelofanada, plátano ayunado y vomitona epistolar. Eres locura y cordura, eres tu mente y una señora rubia, arado y fecundidad, didáctica, manzanas y un prototipo de bigote sideral. Y también eres lo que no entiendes, aunque la explicación sea una uña mojada. Rendirse no es aceptar que pierdes, es aceptar lo que no puede cambiarse.

¿No?