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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

martes, 7 de julio de 2015

Ojos mentirosos


La vista molesta, trastorna, deforma, interrumpe, se interpone – se lamentó el alma con cuerpo-. Por eso cerramos los ojos cuando queremos escuchar un murmullo o un ruido casi imperceptible. Necesitamos dejar de ver para sentir las caricias del sonido y nos escondemos en la ceguera para agarrar la realidad sin forma. La imagen es un sucedáneo, una foto inexistente, un engaño mercadeable, una cobarde mentira de lo sublime, un recuerdo de algo que nunca fue.

Así veía sus emociones el alma del hombre visionario, y por por eso empezó a odiarse. No soportaba la pequeñez de su cuerpo. Su espíritu contorsionista no aguantaba más allí dentro, confinado en una vulgaridad corpórea. El futuro era sólo un montón de recuerdos dolorosos por llegar, nada esperanzador. Todos traían imágenes, o colores, o luces. Hasta la oscuridad perdió su condición de nada, pues no era más que la hija secreta del deslumbramiento. Todo lo imaginable era imagen, hasta los recuerdos evocados a través de un aroma, una tela rugosa o un regusto sin precedentes. Todos sus sentidos le conducían a una cárcel de imágenes, a una condena visual. Necesitó inexplicablemente dejar de ver para liberarse, sellar los párpados de toda su percepción visual para sentir la paz y el éxtasis sosegado de la quietud absoluta, saltar por el barranco infinito de su propio cuerpo al otro lado de lo sensible, desnudar el universo, despojarle de todo lo descriptible, avergonzarle, sentir sin sentidos, reconocerse en el espejo de las almas, vengarse de sí mismo para encontrarse de verdad, así que, sintiendo cada detalle de la macabra ceremonia que urdía por necesidad, se saco los ojos y se los comió escuchando su propio masticar.

Todos sus sentidos se reconciliaron. No hubo ningún sonido después de haber oído mascullar su propia vista, sus manos no pudieron sentir otra cosa, su olfato se desmayó y el tiempo vomitó pasados hacia el futuro. Por fin había conseguido identificarse: Los sentidos, esos alborotadores, no son ventanas, sino tabiques hacia el no ser. 

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