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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 25 de mayo de 2016

El Ministerio de la Verdad


Uno de los sketches que más gracia me hace de Monty Python es el de “El ministerio de los Andares Tontos” (“The Ministry of Silly Walks”). En él aparece John Clees haciendo el papel de funcionario de un ministerio que se dedica a subvencionar andares gilipollescos. Quizás sea el ministerio más absurdo que se pueda imaginar, pero quizás también el más gracioso y en cierto modo el más inofensivo. 

Hay, sin embargo, otros menos inocuos, como por ejemplo el Ministerio de La Verdad, en el que trabaja Wiston Smith, personaje de la novela “1.984”, de George Orwell. Es un ministerio dedicado a crear una verdad al gusto, según la ley del encaje, manipulando, eliminando e inventando información. Wiston Smith se dedica en su trabajo a hacer con la verdad lo mismo que habría hecho Victor Frankenstein si en vez de por la química se hubiera apasionado por la historia. La historia, pues, es susceptible de ser manipulada, recreada, reinterpretada, torcida, recortada, adaptada, escamoteada, olvidada, impuesta, falseada y hasta violada. Todo menos objetivada.

Para andarse con menos epítetos, cada uno cuenta el cuento según le va en ello, o según quiere que le vaya en ello, o según su Ministerio de la Verdad. Mentimos en nuestro currículo, ocultamos nuestras miserias, magnificamos nuestros logros... Mentimos personalente, estafamos grupalmente. Hay un refrán en francés que reza así: “A bon mentir qui vient de loin” (“Tiene buen mentir quien viene de lejos”), y nadie viene de más lejos que quien viene del pasado, y además viene necesariamente montado en un recuerdo, esa copia de una copia de una verdad sin compulsar. El viajero del tiempo procede del más allá, y aunque la historia se escriba en presente, se escribe siempre en pasado. ¿Cómo se ordena una cosa que ya no existe? 

La interpretación -que por definición es subjetiva-, los complejos, el estado de ánimo, la comida del día anterior, la resaca vital, el origen de nuestro sueldo, la falta de vocabulario de ideas, las amputaciones el lenguaje, los crímenes del pensamiento y eso que llamamos realidad, que no es más que un colapso sucesivo de estados cuánticos, hacen que no sólo no sea posible escribir la historia, sino que la historia en sí no exista. Lo que entendemos por historia –sea cual fuere su versión- son las babas de un remordimiento con sonrisa forzada. Ni siquiera es un montón de versiones particulares, es una cuchara hablando de sabores, un pintor dentro de un átomo, un borratajo infantiloide de un olor, una patética imposibilidad dando conferencias sobre el poder. 

La historia: metafísica con fechas, batalla de soplidos, estornudo indiagnosticable, dictado del Ministerio... ¿de qué Verdad?

1 de mayo de 2015

1 comentario:

  1. Como me agrada leerte primo, magnifica reflexión y muy bella. -Es la belleza hermana de la verdad y cada cual acarrea la suya.-

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