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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Derrota


El año pasado estuve dando clase en un colegio rural de Tanzania durante una media de cinco horas al día a veinte niños de entre seis y siete años. Las clases eran de inglés, suajili, matemáticas, arte, música y gimnasia. Apasionante aventura, sin duda, que como buena y real que era encerraba también, y más al ser tan larga, momentos de auténtica fatiga. 

Recuerdo que un día a última hora, estando yo exhausto por las horas impartidas, apelmazado por el severo calor tanzano, y habiendo respirado más arena que aire, porque había pasado también gran parte de la jornada rellenando botellas de plástico con arena -tarea que realizábamos para utilizar luego las botellas como ladrillos y construir un colegio nuevo-, noté que la clase se me estaba yendo de las manos. Nadie me hacía ni caso, y aquello se había convertido en una jaula de grillos incontrolable. Supongo que los críos estaban aún más cansados que yo, y en aquel momento no había nada que yo pudiera decirles que les interesara. Me cansé de poner puntos negativos, de pedir silencio -incluso subiendo la voz más de lo normal- y de mostrar la cara más fea y enfadada de la que era capaz, cosa que no me suponía ningún esfuerzo, pues estaba realmente enfadado. 

Resultó que todo esto no sirvió para nada, excepto para desesperarme más. Aquella jauría de enanos estaba dispuesta a succionarme hasta la última gota de mi ya escasa paciencia. Como no me quedaban más recursos, o al menos me sentí sin ellos, pensé en hacer algo que hasta entonces en los meses que llevaba trabajando ni me había planteado, pero que de vez en cuando había visto que hacían los profesores tanzanos: mi desesperación me llevo a pensar en castigarles “de verdad”. Algunos de los castigos que les infligían los profesores locales daban más risa que penuria, pero en general eran bastante efectivos, porque desde luego gustar no gustaban nada al que los recibía. Uno de ellos era caminar en cuclillas pasando las manos por detrás de las piernas para cogerse las orejas. Acaba uno convirtiéndose en una especie de arácnido demente que se mueve sin rumbo ridícula e incómodamente, y cuando te mandan hacer eso te entran muchas ganas de que te permitan dejar de hacerlo, por lo incómodo que es y por lo mucho que los demás se ríen de ti, así que el castigo en cuestión, si lo que se busca es fastidiar, lo cierto es que funciona. Como este formato me parecía demasiado grotesco y poner a un crío de esa guisa se me hacía indigerible, me decidí por algo más sencillo, como castigar de rodillas al primero que no me hiciera caso. 

En fin, se puso en marcha la ruleta y le tocó a uno cualquiera de ellos. El caso es que surtió efecto, porque en un momento tenía a un pobrecico de rodillas con las manos en alto delante de la clase y a todos los demás callados y mirándome atentamente. Como me gusté, quise pasearles mi victoria por la cara y se me ocurrió preguntar lo que nunca debí preguntar. Fue algo así como: “¿Y ahora qué, eh? ¿Alguien más quiere estar aquí delante así, de rodillas con las manos en alto?” A esto le siguió un gran silencio que yo orgullosa e ingenuamente interpreté como mi grito sordo de victoria, pero pasados unos segundos, sin que yo pudiera dar crédito, empezaron a levantarse poco a poco las manitas, como tiradas desde arriba por un hilo invisible de solidaridad que uniera sus índices, y acabaron todos pidiendo ser castigados de la misma manera. 

Los últimos veinte minutos de aquel día fueron la derrota más grande que he sufrido como docente, y casi diría que como persona, porque los pasé rodeado de veinte mocosos arrodillados con las manos en alto, riéndose silenciosamente de mí, y dándome claramente a entender que con los críos no valen los últimos recursos, porque ellos exigen siempre el primero. Nunca más se me ocurrió ni por asomo castigar físicamente a ninguno de ellos, ni mucho menos plantear grupalmente preguntas que pudieran tener la respuesta más inesperada del mundo, porque no me cupo ninguna duda de que si algo era inesperable, de aquellos seres vivos pequeños se podía esperar. Con el tiempo he entendido que aquel día yo no era nadie para castigar de ninguna manera, porque no se ha visto nunca que sea el alumno el que castigue.


- Escrito el 11 de mayo de 2015


1 comentario:

  1. Hosea!!! Cada vez que siento morriña de las largas charlas en el Pamoja (que es bastante a menudo), entro a leerte. Espero volver a encontrarme contigo en algún lado.

    Jordan

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