Mi foto
No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 31 de mayo de 2015

¿Trabajas de lo tuyo?


Atención a la preguntita: ¿Trabajas de lo tuyo? No deja de sorprenderme ni de perseguirme, quizás porque no trabajo de "lo mío". Pero bueno, vamos a ir poco a poco, desentrañando y analizando la cuestión, porque el asunto tiene enjundia, o al menos yo se la veo. 

Entiendo que así formulada, la pregunta da por hecho que hay algo por ahí, no sé qué, que “es mío”. Como evidentemente se trata de una especialidad o de un conocimiento, concluyo que hay una serie de conceptos de los que tengo conocimiento y que se supone manejo con pericia que -aunque sean compartidos- puede decirse que forman parte de mis atributos intelectuales, es decir, que son "lo mío". Bien, llegados a este punto, y sin ánimo de ser presuntuoso -y creo que no lo soy porque cualquiera podría decir lo que voy a decir a continuación- la pregunta me suscita una duda, porque la verdad es que aunque desconozco infinitas cosas, conozco más de una, así que la réplica es evidente: ¿A qué parte de “eso mío” se refiere la cuestión?

Y aquí es donde viene lo verdaderamente preocupante: parece ser que "lo mío", eso para lo que estoy codificado y a lo que se supone que en buena lógica me debo dedicar el resto de mi vida durante un mínimo de cuarenta horas a la semana, es lo que aprendí mientras fui a la universidad, y punto. Todo lo demás no es para mí, es otra cosa, algo que sólo sirve para desviarme de mi verdadero camino. La educación liberal ha hecho polvo hasta los diálogos más superficiales simplificándolos con una pregunta prejuiciosa y ridículamente gremial como esta que considera que toda una vida, todo lo que soy, mi cuerpo, mi alma, mis dudas, inquietudes, anhelos, lágrimas, sonrisas y aspiraciones se pueden encajonar funcionalmente en un papel que me dieron hace muchos años al terminar de estudiar un montón de libros, en la mayor parte de los casos parcialmente entendidos, durante una etapa finita y corta de un proceso de maduración personal: mis años de universidad. El resto de cosas que haya leído, pensado, visto, sentido o imaginado, como digo, no cuenta. Da igual de lo que yo sea capaz, si no está en el papel, no es "lo mío". 

Sinceramente, no tengo ningún interés por cualquier tipo de estudio cuya finalidad sea ganar dinero. Diría que hasta lo desdeño. Para mí no merece la pena, y si algo tengo claro es que eso, precisamente eso, no es "lo mío". Invertiría mi tiempo en ello sólo si no tuviera capacidad y curiosidad por otro tipo de cuestiones más elevadas. ¿De qué me sirve llevar una precisa contabilidad, un inventario esmerado y actualizado, y un control atinado de mis inversiones si no soy capaz de compartirlo con un amigo? ¿Qué tipo de ciencia es esa que considera que los árboles tienen dueño? ¿Y esa que comercia con el agua y con la posibilidad de ensuciar el aire? ¿De qué me sirve conocer las ecuaciones que describen la luz como onda electromagnética si no lo utilizo para iluminarme? 

Y tampoco tengo muy claro qué gana el ser humano con los estudios liberales, esos que acaban siendo “lo nuestro”. En particular, ¿qué virtud humana potencia, por ejemplo, ser notario, ese ladrón con carné de te cobra por decirte con una impresora lo que tienes? Y en general, ¿de qué manera han ensalzado en mí esos estudios la valentía, el autocontrol, el altruismo, la curiosidad o la sensibilidad? La preguntita "¿trabajas de lo tuyo?" parece inofensiva, pero del enfoque que hacemos con ella se deduce que inconscientemente promovemos y entronamos los valores opuestos: En primer lugar, la cobardía, porque nos hace sentir que sólo podemos hacer una cosa, “lo nuestro”, y que todo lo demás nos es, por tanto, ajeno. La parcialidad en cuanto al conocimiento de nosotros mismos, porque pone vallas al campo de nuestro intelecto y de nuestra curiosidad sobre lo que encerramos y sobre todo lo que hay ahí fuera. El egoísmo, porque tradicionalmente mío, tuyo y suyo forman una familia de pronombres tacaños y maleantes. El engreimiento, porque ¿cómo, si no es engreído, se puede sentir alguien que cree que sabe todo lo que debe saber? Y en última instancia, la deshumanización, porque cosifica nuestra existencia convirtiéndola en una rueda dentada más de una máquina de imprimir billetes... ¿para qué?, ¿para comprar lo suyo?

¿Eso es lo mío? ¿Ese pijama de rayas con corbata y aire acondicionado es lo que me corresponde? Si es así, ¡para vosotros! Yo estudio para abrir puertas, no para cumplir condenas, y además estoy ocupado en hacer espeleología en las cavernas de la mente, en descifrar el murmullo del río, en tramitar un pasaporte de pájaro, en crear un pentagrama para componer silencios, en descubrir el sexo de los electrones y en destruirme para "lo vuestro". Ya si eso, cuando termine, me pongo con "lo mío"...

- El texto es una adaptación de ideas de Séneca y Neorrabioso, junto con la inspiración extraída de la experiencia personal, que me viene acompañando cansinamente desde hace décadas, de tener que responder a la preguntita de marras que no, que no trabajo de lo mío, que parece ser que estoy en lo de otro - 

sábado, 30 de mayo de 2015

Cum grano salis


Imaginemos una pequeña cantidad de cloruro sódico (ClNa), es decir, imaginemos varios átomos de cloro (Cl-) asociándose con otros tantos de sodio (Na+) a través de enlaces iónicos para formar sencillas estructuras cúbicas cristalinas. Imaginemos, pues, un granito de sal. Abunda en la naturaleza, no es difícil de encontrar, es, podría decirse, una cosa cualquiera. Ahora, para jugar, cubramos ese granito de sal con una pregunta que esté lejos de ser cualquier cosa, a ver qué pasa. Por ejemplo esta: ¿Es ese grano eterno?

Dejar de ser está en la naturaleza de todo lo que es, así que entiendo que ese grano de sal, como tal, no va a existir eternamente, pero no encuentro explicación que me convenza para no creer que ese cristalito de sal estará siempre, de una manera o de otra, presente en el universo, por muy grande que éste sea y por muy pequeño que aquel fuese. La existencia es un cuerpo de bronce vestido de papel de fumar bajo una tormenta. En realidad no es posible dejar de existir, sólo es posible transformarse. ¿Acaso los protones y electrones que forman cada uno de los átomos de cloro y sodio pueden despedirse de la existencia como quien se va de una fiesta a la francesa? ¿Acaso tienen opción? Se pueden separar, convertirse en luz, recrear una sinapsis, formar sosa, acampar en un plátano, recombinarse de millones de maneras, disolverse, descomponerse… pero nunca dejar de existir.

¿Qué es de un grano de sal que se disuelve en agua? Es cierto que no hay grano tras la disolución, es cierto que las moléculas de agua han separado los átomos de cloro de los de sodio, es verdad que no hay estructura cristalina que forme el cubito de sal, pero ahora el agua está salada. ¿Qué es mejor, ser cristal de sal o salar el agua?

Sinceramente, creo que no importa. La ética no se puede aplicar a la transcendencia, las cosas simplemente son y dejan de ser como son, pero nunca dejan de ser, porque donde hay agua y hay sal habrá agua salada, y donde hay agua salada hay salina que dará sal. La muerte y la reencarnación no son conceptos que se puedan coger con las burdas manoplas de la intelectualidad, hay que asirlos con las finas pinzas de la emotividad.

A mí, que soy cristalico de sal, la verdad es me da igual ser como soy que dejar de serlo o serlo sólo hasta la mitad porque sé que me voy a disolver en la eternidad, voy a salinizar un poco más el mar y luego voy a volver, como vuelven las lluvias, para dar sabor a algún manjar. ¿Miedo? ¿A qué? No da lugar. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Reencuentro geodésico


La geodésica es la línea más corta entre dos puntos de una superficie dada. Esa línea debe estar contenida en la superficie considerada, así que, por ejemplo, si la superficie es un plano, entonces la geodésica es una línea recta, pero si resulta que la superficie es la de una esfera, entonces la geodésica sigue siendo la línea más corta entre dos puntos, pero pasa de ser una línea recta a ser curva, porque tiene que estar contenida en la superficie de la esfera, y ésta es curva. Por tanto, la geodésica sobre una esfera puede tener forma de arco, ser parte de un meridiano o un paralelo, o incluso constituir un ecuador completo.

Si la superficie es un plano, entonces tomar sentidos opuestos sobre una geodésica conduce a separarse cada vez más y no encontrarse nunca, pero si la superficie es una esfera, entonces, desde el momento en que se toman sentidos opuestos para empezar a separarse sobre ella, empieza también el proceso de reencuentro, porque las líneas sobre una esfera se pueden cerrar sobre sí mismas.

Así que yo, que vivo en una esfera, como tú -pensamiento mío, emoción perdida, amante olvidada- sé que de ti nunca me separaré porque aunque nos separemos, cada vez estaremos más cerca. Nos unen las matemáticas, que un día de lluvia, inspiradas, se quitaron los números e hicieron poesía bumerán con su desnudez de líneas.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Un qué y un ahora se balanceaban...


¿Y ahora qué? ¿Qué ahora? ¿Qué qué y qué ahora? ¿De qué qué se trata? ¿Del superpronombre qué, ese que va en lugar del todo? ¿Hablamos de todo entonces? Y en cuanto al ahora, ¿a cuál de ellos nos referimos, al del de la desembocadura del antes o al del del nacimiento del ahora de después? ¿Así que resulta que qué es todo y que ahora es siempre?… y ¿ahora qué? ¿Qué ahora? ¿Qué qué y qué ahora? ¿De qué qué se trata? ¿Del superpronombre qué, ese que va en lugar del todo? ¿Hablamos de todo entonces? Y en cuanto al ahora, ¿a cuál de ellos nos referimos, al del de la desembocadura del antes o al del del nacimiento del ahora de después? ¿Así que resulta que qué es todo y que ahora es siempre?… y ¿ahora qué? ¿Qué ahora? ¿Qué qué y qué ahora? ¿De qué qué se trata? ¿Del superpronombre qué, ese que va en lugar del todo? ¿Hablamos de todo entonces? Y en cuanto al ahora, ¿a cuál de ellos nos referimos, al del de la desembocadura del antes o al del del nacimiento del ahora de después? ¿Así que resulta que qué es todo y que ahora es siempre?… y ¿ahora qué?

martes, 26 de mayo de 2015

Hacer haciendo


A veces siento que necesito escribir, pero cuando me doy cuenta de que tengo que pensar demasiado qué contar, reparo en que lo que siento es sólo una apetencia y no una necesidad, y además concluyo que lo que me apetece tampoco es escribir, sino tener la satisfacción de haber escrito. La diferencia entre una cosa y otra es parecida a la que hay entre aprender y saber. Lo que me gustaría muchas veces es saber ciertas cosas, pero mientras que saber es una especie de suspiro, aprender se parece más a un sofoco. Apetecer, lo que se dice apetecer, apetece saber, no aprender, porque aprender duele.

Pero resulta que esto que acabo de decir que tan lógico parece -o eso creía yo- representa una forma de pensar que ahora estoy empezando a ver como falaz. Escribir para estar contento con lo que uno ha escrito es depender demasiado del resultado de lo que uno escribe, y aprender para saber descuidando el proceso mismo del aprendizaje es también mirar demasiado lejos, como desentenderse del proceso, de la derivada, del gradiente, del cambio, de la esencia de ser, que se conjuga siempre en presente continuo. El ser sólo es siendo. Todo lo demás es haber sido, intentar ser o desear ser, pero no es ser como lo es siendo, el único ser que de verdad es.

Así que si se trata de escribir, escribo escribiendo, no pensando en lo bien que me sentiré cuando haya escrito, y si quiero saber, aprendo, y me olvido de lo que sabía, sé o sabré cuando haya terminado de aprender, porque el viento no sopla al llegar, sino al mover. Esta apología del presente es más vieja que el tiempo mismo, pero más vieja aún parece la tendencia que tenemos a obviarla, y cada vez se me hace más rancia la tan arraigada idea de hacer para y no sencillamente la de hacer haciendo, sin más, sin para, por, según, sobre ni tras, sin pensar en el premio que trae el punto y final, ese punto y seguido que se ha cansado de caminar. 

sábado, 23 de mayo de 2015

Surrealismo mágico


Durante mi etapa universitaria residí varios años en una pensión de Pamplona en la que convivía con gente de todo tipo y de todos los oficios. A la hora de comer había representación de casi todos los gremios, desde ingenieros en ciernes como yo, hasta albañiles, fontaneros, obreros de la construcción, vendedores de enciclopedias, jubilados con amputación de familia, buscavidas sin oficio conocido ni por conocer… de manera que las sobremesas daban lugar a conversaciones con enfoques tan variados como las ocupaciones de los contertulios. Como además comíamos con la tele puesta, los comentarios podían no tener orden ni concierto, y aparecían espontáneamente sobre cualquier tema y de cualquier manera. Algunos eran de lo más inocentes, y otros sin embargo apestaban a miseria humana. 

Recuerdo, por ejemplo, que en una ocasión, mientras daban en el telediario la noticia de un atentado con no sé cuántos muertos en el País Vasco, uno de los presentes levantó el puño con orgullo mientras masticaba a dos carrillos y gritó: ¡Aúpa, mis guerreros vascos! A nadie se le ocurrió llamarle la atención, ni hacer ningún comentario a continuación. Su frase fumigó de tal manera el ambiente que ninguna voz, por lógica y conciliadora que fuera, podría haber respirado en semejante desierto de sensibilidad. Cuando uno se va tan lejos da mucho trabajo seguirle para decirle que no está caminando en la dirección correcta. Vale más esperar a que se dé contra alguna pared y vuelva, si es que se da y si es que vuelve…

También recuerdo que había un hombre que tenía la curiosa y sorprendente capacidad de identificar los intérpretes de todas las canciones que se escuchaban en la radio y en la tele, aunque acertaba sólo en la pequeña conejera de neuronas que era su cerebro. Cada vez que escuchaba una canción exclamaba: “¡Ahí están, los Bee Gees!” Y se quedaba tan a gusto. Daba igual que fuera la música del telediario, un tema de música clásica, la melodía de un anuncio, un grupo de rock o uno tribal: se trataba siempre de los Bee Gees. Los que le conocíamos y sabíamos no ya de qué pie cojeaba, sino que el hombre era pura cojera en sí, le dábamos siempre la razón, porque su lejanía era tal que no merecía la pena traerle de su universo al nuestro, ya que el viaje me imagino que podría ser de ida pero no de vuelta, pues no creo que sea posible volver de tanta candidez. Embriagado de la atmósfera tan surrealista y mágica que envolvía la vida en la pensión, llegué a pensar que verdaderamente los Bee Gees tenían algo que ver con todo lo que se escuchaba por todas partes y aún hoy en día sigo haciendo ese comentario descontextualizado cuando escucho cualquier grupo y busco una jocosa aprobación en alguien que me quede cerca: “Son los Bee Gees, ¿verdad?”, y me río melancólicamente recordando a Aquilino –pues así se llamaba el hombre unineuronal-, y de las caras que me pone la gente cuando pregunto esta tontería. Lo gracioso en su día era ver cómo cuando pasaba alguien nuevo por la pensión y tras escuchar al bueno de Aquilino hablar tan sin venir a cuento de los Bee Gees intentaba desmentirle. “¿Los Bee Gees? ¡Qué va, hombre, si es Bruce Springsteen!, ¡Qué dices de los Bee Gees!”, y a continuación daba datos convincentes, nombres de canciones, fechas, etcétera, que justificaban que lo que decía Aquilino no era verdad. Me daba hasta pena que la gente intentara convencerle para sacarle de su error. Aquilino era un experto en música, y él siempre acertaba, y lo que se escuchaba era siempre los Bee Gees, y eso era inmutable. Cuando alguien le corregía, él no decía nada, pero luego, pasados unos segundos, a hurtadillas, solía mirarnos a Rubén y a mí y preguntarnos a media voz buscando confirmación: “Son los Bee Gees, ¿a que sí?”, y a nosotros nos faltaba tiempo para confirmarle que efectivamente era así, e incluso para hacer algún gesto de desaprobación, como que estuviera chalado, al que se atrevía a negar tal evidencia. 

Creo que esta actitud benévola en el planeta del surrealismo nos llevó a urdir, sin ni siquiera darnos cuenta, el plan de la broma aún no desmentida que en su día concebimos para dar solaz a un cerebro cojo y solitario -el del personaje que presentaré a continuación-, y a una frenética actividad mental -la nuestra- que pedía a gritos algo de lo que reírnos para descansar de tanta lógica y seriedad como la que nos imponían nuestros maratones de estudio.

En este caldo vital estábamos cuando en otra de estas inolvidables sobremesas, un albañil que se hacía llamar Tito espetó desde su mesa a la nuestra, como buscando una conversación de nivel: “A ver, chavales, vosotros que vais para ingenieros, ¿qué cojones estáis estudiando ahora en matemáticas?”. Y nosotros, que sabíamos que el tal Tito era tan experto en matemáticas como Aquilino en música, quedamos más que sorprendidos de que se interesara por nuestras vidas de rata, pero queriendo atender deferentemente a su pregunta le respondimos sin faltar a la verdad y sin entrar en más detalles que estudiábamos ecuaciones diferenciales e integración compleja. Habría dado igual lo que le respondiéramos, porque para él lo importante era que se creara en el ambiente la sensación de que efectivamente se había establecido un diálogo coherente entre él y nosotros. Le faltó tiempo para reivindicarse. El tal Tito debía haber tenido un ataque de ego frustrado y nos preguntó por las matemáticas para alardear de sus conocimientos científicos de la manera más ridícula jamas vista ante sus aún más ignoranticos compañeros de obra con los que compartía mesa. Tito se lanzó cuesta abajo con un discurso de trigonometría que habría hecho resucitar con resaca al mismísimo Pitágoras: “¿Y eso qué coño, es? Lo de coseno de alfa y seno de alfa, ¿verdad? Me cagon Dios, eso lo sabía yo de puta madre cuando era chaval. Alfa es una letra griega, sí, griega, de Grecia, me cagon Dios, eso es así, que os lo digo yo. A mí no había quien me metiera mano en matemáticas, chavales. Si voy yo ahora a la universidad con vosotros me hacen ingeniero en dos días, y si no, le meto un par de hostias al profesor y le pongo en su sitio, que seguramente no tiene ni puta idea de matemáticas. Yo sí que era la hostia en matemáticas, lo que pasa es que no quise seguir. Lo dejé”. Y a continuación encendía un cigarrillo retrepándose en la silla con el orgullo de un sapo que acaba de comerse una mosca elegantemente a la vista de sus amigos, como quien acababa de crear un interés irrefrenable en la audiencia para hacer espeleología en las grutas de su insondable conocimiento. Manejaba muy bien los tempos de su exposición, y se deslizaba con un discurso tan ridículo como gracioso. “Las matemáticas –nos decía mientras echaba humo- no tienen secreto para mí. Lo dejé porque no me salió de los cojones seguir, pero yo soy la hostia. ¡A ver, un lápiz y un papel, traedme un lápiz y un papel!”, y con esa magia que sólo el gran ignorante tiene, nos pedía que le lleváramos una pala para cabar su propia tumba con una gran verdad. Después de dibujar un triángulo rectángulo en el papel, decía con solemnidad señalando sucesivamente el lado inferior, el perpendicular y la hipotenusa: “Si esto mide 3 y esto mide 4, entonces me cagon Dios, por los cojones de Tito, esto mide 5”, y luego tiraba el lápiz con violencia encima de la mesa y le pegaba una calada profunda a su Ducados como si acabara de desvelar irrefutablemente quién mato a Kennedy, dejando tiempo a la audiencia para quedar impresionada a gusto. Era extraordinario comprobar cómo este hombre, el gran Tito, había tejido la bandera de su sabiduría con los retales de su ignorancia, y de qué manera inventaba vientos que la hicieran ondear para escaparse de sus ladrillos, sus revoques y sus baldosas -que estoy seguro colocaba con una precisión pitagórica-. 

Tanto nos impresionó su conferencia que quisimos hacerle más feliz de lo que su desconocimiento seguramente ya le hacía ser, así que pensamos en regalarle algo que liberara de por vida el ego de su personalidad para deleite de futuros contertulios y admiración sempiterna de sus compañeros. Decidimos, pasados unos días, imprimir en un papel con el sello de la universidad un escrito que dimos en llamar “Examen de matemáticas avanzadas para ingeniería”, y con toda la prosopopeya de que fuimos capaces configuramos un documento “oficial” en el que había sólo dos preguntas cuya respuesta te convertía en ingeniero inmediatamente y por orden ministerial. 

En una de estas sobremesas surrealistas que se daban cada día, nos acercamos a su mesa y le dijimos: “Tito, hoy nos hemos acordado de ti durante el examen sorpresa que nos han puesto. ¡Fíjate qué preguntas! Desde luego, ¡mira que son cabrones los profesores, que van a pillar! Tú que eres bueno en matemáticas, Tito, ¿qué habrías respondido tú?” Las dos preguntas eran algo así como: “¿De qué letra griega pueden ser los senos y los cosenos?” Y la otra, que aparecía al pie de un triángulo, era: “Si un lado mide 3 y otro mide 4, ¿cuánto mide el otro?”

Aún recuerdo emocionado a aquel hombre inchándose como un sapo atragantado de beber mares de ignorancia, dejando a un lado la servilleta y levantándose de la mesa croando con orgullo: “¡Me cagon Dios! Esto lo sé yo. Seno de alfa y coseno de alfa, la hostia, eso me lo sé yo, y lo del 3 y el 4, me cagon la puta que lo parió, la respuesta es 5, por mis cojones. Si ya os lo dije yo, que yo no soy ingeniero porque no me dio la gana. ¿Lo veis?, ya os lo dije yo y no me hacíais ni puto caso”. Y así se enredaba en discursos reivindicativos sin forma, dándose la razón a sí mismo sin que nadie le revatiera, como quien encuentra la iluminación y levita sobre sus propias carencias. Costaba imaginarse alguien más feliz en aquel momento.

¡Qué feliz hicimos al bueno de Tito!, y qué risas, que aún nos duran, nos echamos con aquel hombre –que supongo, si sigue vivo, aún guardará la copia del examen en su cartera como prueba irrefutable y oficial de su valía-, cuánto disfrutamos en nuestro vía crucis de estudio con aquella música -que siempre era de los Bee Gees, aunque algún listillo se empeñara en intentar demostrar que no-, y cuánto soñamos ahora con aquella pensión, que tan cerca estaba del realismo mágico de Macondo como Aquilino y Tito de ser cada uno de ellos la punta de uno de los bigotes del mismísimo Dalí. 

viernes, 22 de mayo de 2015

El ego es una mano que sólo sabe ser puño


Pensando pensando y sintiendo sintiendo he llegado a sentipensar que el ego no es malo, es simplemente alguien que no sabe irse. Es como una de esas personas majas pero pesadas de las que ya te has despedido y con las que sin embargo y de repente, por un azar mal calculado, te vuelves a encontrar en el asiento de al lado de un autobús que te lleva muy lejos en un viaje muy largo. ¡No, otra vez este aquí, y sin huida posible! El viaje es la vida, el diálogo con él es un recreo de presunciones, y la huida sería la libertad, o, más bien, la liberación.

En mi opinión, la infancia, la juventud y los umbrales de la adultez -eso que para algunos es siempre un horizonte- sirven para que descubramos qué se nos da bien, cuáles son nuestros talentos, en qué somos buenos. Estos talentos normalmente lo descubrimos a través de las loas ajenas. Detectamos que somos brillantes en algo porque cuando lo hacemos los demás nos cubren de alabanzas y nos hacen un traje de halagos. El plan de la lógica sería que después, durante la madurez –ese país de nunca jamás para otros muchos- utilizáramos eso en lo que somos buenos al servicio de los demás, es decir, de todo lo que hay de nosotros mismos fuera de nosotros mismos.

Pero no se ha fotografiado nunca al ego con los brazos abiertos. Aparece siempre recogido y encogido, y su risa es siempre hacia dentro. Cocinamos el pastel con fuego ajeno pero luego lo queremos para nosotros solos, porque está muy rico, porque es nuestro, y porque si lo damos nos quedamos sin él. Luchamos por un empacho a solas y nos perdemos una comida con los amigos. 

No es que el ego sea malo, simplemente es tonto. Es como una liebre que se emocionara y se olvidara de que sólo está para imponer un ritmo a las virtudes, no para ganar la carrera. Alguien que ignora que el verbo ganar es inconjugable sin que al mismo tiempo se conjugue perder, y sobre todo que no entiende que vaciarse no es quedarse sin nada, sino llenarse de acogida.

miércoles, 20 de mayo de 2015

¿Dónde sueña la verdad?


Le contaba el otro día a quien me lo preguntaba que lo que para mí están significando las experiencias de mis estancias en África y La India podría resumirse de la siguiente manera: África me desoccidentalizó, me convirtió en flecha, y La India me ha convertido en pensamiento, en un globo explotando al ser alcanzado por esa misma flecha.

Hay una parte de mi personalidad que se está retirando dulcemente, como la ola que empapa la arena de la playa justo en la línea que marcan las últimas pompas de espuma, como un beso deslizándose hacia abajo. Así se va esa parte de mí para fundirse en el mar de mí. Y así de dulcemente lo siento, como un tránsito natural dictado por la luz en luna creciente que refleja mi luna. Y como mi idea de personalidad se adecúa a un proceso dinámico, o sea, a su definición misma (Personalidad: proceso constante y dinámico de desarrollo y perfeccionamiento del propio yo o persona), considero que estoy en la ola de una evolución, no en el sumidero de una renuncia, así que no siento ninguna carencia, sino un llenado. Si el desfile de mis emociones hiciera ruido sería el de una botella a punto de llenarse.

El pasado, y en concreto las primeras experiencias –esos laboratorios de melancolía- suelen segregar feromonas de apego, y despegar algo entraña por definición la idea de desgarro, pero en este caso -el mío- como si fuera un bisturí eléctrico, que cauteriza la herida al mismo tiempo de producirla, en el desgarro está también la sanación, y por eso la percepción es de evolución. 

Pero evolución… ¿Hacia dónde? -me pregunto- y en la respuesta aparecen Machado y su camino, y el mío, y el tuyo, y el de todos. Los surcos del azar están por trazar. Cada vez tengo más claroscuro que justo donde los contrarios dialogan es donde sueña la verdad.

lunes, 18 de mayo de 2015

Lugar


"Existe dentro de cada persona un lugar que nunca siente dolor, que no tiene edad y que nunca muere. Resulta además, que es posible viajar a ese lugar, y cuando lo hacemos -independientemente de lo corta que sea nuestra visita- las limitaciones que comúnmente aceptamos en nuestro día a día dejan de existir, no son ni siquiera una posibilidad. Es un lugar del que se puede volver con una profunda transformación, con la sensación certera de haber percibido una realidad más elevada. 

A veces pasamos por situaciones que nos parecen insostenibles, pero tenemos que entender que eso no representa un estado permanente, es sólo una imagen pasajera, una foto de nuestra existencia. Si nos imaginamos, por ejemplo, una foto que hayamos tomado en la playa, podemos pensar en elementos particulares ordenados de una manera también particular: olas haciéndose espuma, pájaros acariciando el aire, el sol dejando una lengua de luz sobre el agua, una pareja paseando de la mano hacia el infinito… Pero si volviéramos el día siguiente, o incluso la hora siguiente, la escena sería completamente diferente, la foto que habíamos tomado ya no existiría. 

Pasa lo mismo con nuestra vida: cada instante, cada estado, es diferente del anterior, inigualable. Lo interesante en términos prácticos es que podemos entrenar el cerebro para afrontar cada nuevo momento de manera optimista creando patrones mentales que refuercen la asunción de los problemas como parte pasajera del juego y que potencien la concepción de soluciones creativas para aquello que nos preocupe. Esto se puede conseguir de una manera natural viajando a ese lugar que todos tenemos dentro. El souvenir que traemos de vuelta es siempre una disposición y una fuerza anímicas positivas. Los billetes son baratos, y se compran en una ventanilla que se llama meditación."

- El texto es una adaptación de Deepak Chopra-

sábado, 16 de mayo de 2015

Dedo y nada más


Si los dedos de mis manos pudieran pensar, se pasarían toda su vida haciendo lo que hacen ahora, pero además preguntándose por qué. Cogerían, soltarían, acariciarían, contundirían, señalarían, darían el alto y pedirían paso, todo como hasta ahora, pero con la condena de la interrogación en sus acciones.

Probablemente lo primero que se preguntarían sería cómo es Dios, y también probablemente llegarían a la conclusión de que Dios tendría forma de mano, y que el universo es una obra de artesanía de unas manos eternas que tienen infinitos dedos y que son al mismo tiempo puño y palma abierta.

Adorarían al número diez, y considerarían que el sistema métrico decimal es el que rige el funcionamiento del cosmos. No tardarían en plantearse dudas sobre si coger una cosa es bueno o malo, o si soltar otra debe hacerse en un momento o en otro, y se observarían reglas de comportamiento sobre el coger y el dejar de coger, el soltar y el cómo, el acariciar y a qué y cuándo, y el estrecharse y de qué manera. Crearían una religión hecha a mano, redactarían decenas de mandamientos e impondrían leyes de pulgar elevado. Se clasificarían a sí mismos por castas y condenarían al meñique a la más paria de las consideraciones digitales, mientras el pulgar -el rey de lo prensil- se envanecería sobre todos los demás creyéndose señalado por el índice divino. 

Cada dedo se sentiría plenipotenciario, una entidad independiente en sí que no necesita de los demás. Algunos empezarían a preocuparse de tener una uña decente en vez de colaborar en las tareas manuales, y otros –convencidos- afirmarían que las manos no existen. ¿Adónde va un dedo cuando muere? –se preguntarían-. ¿Por qué este yugo para mí? –se quejaría el anular-. ¿Por qué tengo yo que juzgarlo todo? –se lamentaría el índice. 

Y así confundidos, pensando por sí mismos, olvidarían su esencial naturaleza: que forman parte de un todo, que son el extremo de una extremidad, que su pensamiento no es la globalidad, y que lo que ellos llaman libertad no es más que la ejecución inconsciente de una necesidad que transciende su entendible verdad. ¡Humano, deja ya de delirar, eres dedo y nada más!

miércoles, 13 de mayo de 2015

Skinny


Cada día cuando termino de cenar me dirijo desde la cantina a mi habitación con paso de paseante. Casi siempre veo lunas crecientes, y en ellas, además del sol, veo reflejado mi ánimo. Llevo cuatro meses haciendo lo mismo y viendo cada noche lo mismo diferentemente. Este paseo intrascendente es una de esas actividades que forman el esqueleto de la cotidianeidad, algo que hace sentir el pulso de una vida nueva que se acomoda en la almohada del final de su día a día, uno de esos ratos en los que parece que no pasa nada porque lo que pasa no es más que una de las muchas sílabas que sólo el largo plazo y la mirada hacia atrás pueden leer en su completitud para descifrar el mensaje de una estancia prolongada en un lugar nuevo que paulatinamente va dejando de serlo. 

Al principio aparecía por detrás de los árboles y se disfrazaba de sombra timorata. Las distancias que guardaba eran de una precaución estirada por el miedo, y sólo sus orejas tiesas lejanas hablaban de su presencia, una presencia que suplicaba ausencia. Pasadas varias semanas, empecé a distinguir su perfil, y al mes y poco más confirmé que era un perro el que me vigilaba con más miedo que curiosidad. Un perro que comía aire y que sólo tenía flaqueza. Tan flaco estaba que parecía empachado de antimateria. Cuando hice el primer ademán de acercarme, aún de lejos, salió despedido por el miedo, como si su mirada se hubiera estrellado contra una cama elástica que le obligara a rebotar dejando una estela de pánico.

Con el paso de los meses se fue acercando más hasta dejarme ver sus ojos apaleados, y me contó con sus bailes sombríos de recelo que le habían pegado y que la confianza le era más ajena que la comida. Skinny (flaco) -así me dijo que se llamaba- me ha estado dedicando diariamente su danza de vientre vacío y miedo empachado durante meses.

Hasta que ayer se cansó de bailar y se me acercó para lamerme la mano, tirarse panza arriba como un peregrino exhausto y pedirme que le acariciara. Nunca antes había acariciado a un perro con tanta solemnidad, y nunca antes nadie había aullado mis cariñosas caricias en el lenguaje del dolor. Tanto había recibido Skinny de eso que a nadie gusta, que no sabía cómo interpretar la ternura de mis dedos, y sólo se le ocurría ulular dolorosamente ante algo tan desconocido para él como el cariño de una mano humana. Tan confundido estaba que le costaba distinguir un látigo de una pluma.

Él se lleva ahora un mundo nuevo que brota de mis manos después de cada cena, y yo confirmo que con cuatro meses basta para conquistar con buenas palabras -las del silencio y la paciencia- la reconciliación de un mamífero que encierra en su cánida actitud la más humana y noble de las flaquezas: la necesidad de amor. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Dicterio de actualidad


¿Cuál es la diferencia entre mente, inteligencia, idea, razón, personalidad, carácter, alma y ser? ¿Te dice algo la idea de Dios? ¿Cuándo una cosa está bien y cuándo mal? ¿Cuándo algo es meritorio? ¿Cómo definirías libertad? ¿Qué es el arte para ti? ¿No tienes nada que decir sobre estos asuntos? ¿No se te ha ocurrido pensar en ello? ¿Y qué haces que no lo investigas? ¿Te da igual? ¿No te hace falta saber nada de eso para llevar bien la vida tan ocupada que llevas? 

¿Te es más útil conocer los resultados de la quiniela que nunca acertarás, el sueldo de Messi, las últimas falacias de tu presidente de desgobierno, la cantidad de retuiteos de una capullez sin sentido, los titulares vulgares, la soezas del gilipollas público más famoso o las enjundiosas declaraciones de un futbolista sudoroso? 

¿Te sientes informado sabiendo que la sequía es pertinaz, los chubascos dispersos, la actualidad rabiosa, el directo riguroso y la convicción de los políticos absoluta? ¿Es la declaración de la renta lo más importante que has hecho en todo el año? 

¿Se te va el tiempo en estas intrascendencias y durante lo que te queda libre estás cansado para pensar? ¿Tus frases preferidas son "¿qué le vamos a hacer?", "¡Virgencita, que me quede como estoy!" o "podría ser peor"? 

¡Enhorabuena, te has convertido en imbécil! Pero no te enfades, ¿eh?, más bien al revés, que estamos de celebración: hay corral para tu alicorta existencia, el planeta es un parque temático creado para ti, no vas a conocer la soledad. Ea, ea, ea...Ya pasó, criatura, no te canses ni te preocupes más, que amigos no te van a faltar. 

Embudos


En cada momento de nuestra vida se nos ofrece un menú interminable de cosas que podemos hacer y pensar. Cada instante es un regalo con infinitas opciones entre las que tenemos que elegir. Es libre qué elegir, pero es forzoso elegir. Digamos que es obligatorio abrir el regalo, pero depende de nosotros lo que el regalo sea. La otra característica del juego es que de entre de las infinitas alternativas que tenemos en cada momento, sólo una acaba haciéndose realidad, así que vivir es algo así como petrificar en una sola –la elegida- las incontables posibilidades que cada segundo encierra, colapsar en cada instante la infinitud en unidad, convertir continuamente la potencialidad en estatua de sal. 

Alguien se está entreteniendo en abrir y cerrar sin parar las puertas de nuestra estancia como si nosotros mismos fuéramos el gato de Schrödinger. Nuestra vida responde a una incomprensible superposición de contrarios -estar vivos y muertos al mismo tiempo-, y en cada fracción temporal el colapso consiste en estar solamente vivos. 

La existencia es, por tanto, una simplificación, una solución de compromiso universal, una especie de continua caída de la bolita en un número cualquiera –sólo uno- de la ruleta de la superposición de posibilidades. Pero, ¿qué hay del resto de números?, ¿adónde van a parar el resto de alternativas que no se llegan a consumar?, ¿dónde quedan esas babas de caracol, rastro de nuestras no elegidas existencias? 

Es siempre más lo que dejamos de hacer que lo que hacemos, y nuestro pasado descartado es por tanto más ancho que nuestro presente elegido, como la humareda que deja tras de sí un coche que circula veloz por un camino arenoso: su trayectoria es fina como la distancia entre sus ruedas, pero el polvo que levanta se extiende mucho más allá de sus propias dimensiones. 

Parece como que fuéramos un círculo que quiere convertirse en punto mientras se hace preguntas propias de una esfera creciente, parece como que existir fuera un continuo confinarse hacia algo, como caer por un embudo hasta terminar en la boca del mismo, pasando por un conducto fino que nos devolviera a alguna parte, pero, ¿a dónde?, ¿a otro embudo, quizás? 

¿Adónde lleva este trasvase, Dios embudador?, ¿por qué nos condenaste a ser tan simples en las respuestas y nos diste el pesado don de las grandes preguntas?, ¿por qué nos fuerzas a ser algo que siendo es cada vez menos de lo que podría haber sido?, ¿por qué el universo está en expansión pero nuestra existencia es una contracción?, ¿por qué escribes "L-I-B-E-R-T-A-D" con eslabones y no con explicaciones?

viernes, 8 de mayo de 2015

Greguerías


Me pide mi sobrino Borja -a quien conocí en una cuna el siglo pasado, que tiene ahora edad de acunar deseos de adulto y concebir pensamientos de atmósfera y media de altura- que le escriba alguna greguería para una exposición de fotos y greguerías que se va a hacer en su colegio. Alguna se me ocurre -le dije-, y de mi huerto personal, echando mano de lo que he ido sembrando en el blog, le mandé unos cuantos peces y una cañita para pescar. Ahí va, pues, la respuesta que le di sobre las greguerías, esos pastillazos de poesía concentrada:

La inspiración es un pájaro transparente de vuelo irregular que a veces se posa en el alféizar de los pensamientos.

Los baobabs son neuronas vegetales.

El universo está vivo, y cuando se desgarra sangra luz.

Los eufemismos son ideas mayúsculas cobardes que se esconden detrás de letras minúsculas inocentes.

Echar de menos es la forma que tiene el alma de contar sus batallitas.

Resiliencia es el nombre artístico de la supervivencia.

Las ideas son bailarinas callejeras que se mueven al ritmo de las cosquillas que la vida provoca en los pies del universo.

Un imán es una piedra que besa.

La gravedad es la forma de abrazar que tiene la materia.

E=mc2: La materia es el bíceps contraído de la luz.

E=mc2: La materia es energía colapasada, luz empaquetada.

La luz es un guiño que la Belleza nos ha hecho desde la esquina de un universo paralelo mientras chupaba sensualmente una supernova.

Las neuronas son castillos con millones de puentes que se levan y se tienden al compás del galope de los caballos de viento en los que cabalgan las ideas.

Los gases nobles son los yoguis de la tabla periódica.

Los ojos son manos de luz.

Una estrella es un planeta ensimismado.

El cerebro humano es un enjambre de abejas apelotonadas en torno a una botella de cristal cerrada que contiene miel.

El monólogo es la silla de ruedas en la que quedan postradas las inteligencias solitarias.

Se fue tan lejos que se tragó el horizonte.

La poesía es una fiesta de metáforas bailarinas que danzan en un tablado de ideas.

El mundo de las emociones es una habitación enorme llena de jarrones de porcelana en la que entran elefantes ciegos que buscan un lugar para tropezarse.

El mundo de las emociones es plastilina de aire moldeada por la vida.

El mundo de las emociones es un volcán acariciando un niño, una ola gigantesca rompiendo contra un ojo abriéndose.

El mundo de las emociones no es un mundo, es un mundo de mundos con secretos que lo son tanto que cuando se cuentan siguen siendo secretos.

Se me ocurre, además, que de la misma manera que una metáfora más un poco de sentido del humor poético da lugar a una greguería, entonces una alegoría (sucesión de metáforas) más un poco de sentido del humor bien podría decirse que da lugar a algo así como una greguería que cría o una greguería de greguerías. A continuación, un ejemplar de greguería de greguerías, o de greguerías gregarias, por ser un poco trabalingüístico:

“Cuenta la leyenda de las leyendas que en el Olimpo de las letras hay un cofre sin llave hecho de lexemas irrebatibles y custodiado por un ejército de mayúsculas en el que se guarda la palabra "inefable". Ningún discurso de los hechos ni por hacer sabe que esa palabra está allí encerrada, pero algunas verdades han denunciado su existencia y se ha extendido entre los fonemas el inquietante rumor de que hay un monstruo en ese cofre al que ninguno de los étimos conocidos puede vencer”.

Por otra parte, creo que hay una manera muy interesante -casi lo calificaría como truco- para concebir greguerías con cierta facilidad, y es la de pensar en términos sinestésicos. La sinestesia es en psicología la imagen o sensación subjetiva propia de un sentido que afecta a un sentido diferente. Hay personas, por ejemplo, que cuando ven a alguien sienten que ven un color determinado, o que asocian de manera natural colores a los números, o que tienen en definitiva un cruce de sensaciones en sus sentidos. En términos retóricos, la sinestesia consiste en unir dos imágenes de diferentes fuentes sensoriales, como por ejemplo cuando decimos "soledad sonora" o "verde chillón". Bueno, pues de esta manera, así pensando, se pueden crear con cierta facilidad dignas greguerías. Creo que con sólo sentarse a probar, las metáforas salen solas, y si sale el gusano sale el capullo, sale la crisálida, y sale la greguería con alas, esa mariposa poética. Sobre la sinestesia escribí no hace mucho una entrada que reproduzco a continuación a cuento de la relación que acabo de mencionar hay entre las sinestesias y las metáforas y, por consiguiente, entre aquellas y las greguerías: 

SINESTESIA

Salta al oído, zumba a la vista:
el gran filón de metáforas,
el postre cantor,
el pentagrama de sabores,
la mina de diamantes del lenguaje creativo,
la alfombra mágica de los discursos,
el esqueleto del pájaro transparente de vuelo irregular,
la silla al borde de tus ojos para ver en primera fila las imágenes entrar,
el caldero para cocinar francachelas y cuchipandas de poetas
que navegan con brújula sin imán.
¿A qué sabe un triángulo?, ¿cómo suenan los colores?
¡Que calle el tacto, que las miradas van a hablar!
¡Sinestesia, dirán!:
arco iris para escuchar, aroma para colorear, horizonte para acariciar.
El ululato sensorial que demuestra que al final la poesía era verdad.

Y hasta aquí la recopilación de hoy. Gracias, sobrino, por tu inspiradora petición, y suerte con la exposición. 

Ya no me hablo con él


Se me ha enfadado. Desde que no le hablo ni le escucho, está muy refunfuñón. Me manda mensajes a menudo diciéndome que le necesito, pero yo sé que eso no es verdad, así que no le hago caso y ni siquiera me tomo la molestia de contestarle. Me dice -y lo sé porque me grita, no porque le escuche- que sin él yo no soy nada, y que no entiende por qué le ignoro de esa manera.

La verdad es que siempre nos habíamos llevado bien. Yo llegaba a acuerdos con él, y aunque luego él hacía lo que le daba la gana y se justificaba con excusas muy poco elaboradas como “yo soy así”, “ya me conoces”, “eso no es cosa mía, yo ya estoy en otro sitio”, siempre fui muy condescendiente con los feos que me hizo y se lo toleré todo. Y así fue hasta hace poco, que me cansé y decidí no dirigirle la palabra y negarle el pensamiento.

Al principio me sentí un poco raro e inseguro porque sin él parecía que se acababa el mundo y que el tiempo desaparecía, pero poco a poco fui dándome cuenta de que lo que parecía una renuncia a algo necesario era en realidad la aceptación de una infinita potencialidad. El paisaje de mi vida empezó a cambiar y a despejarse de manera que donde antes había austeros, impersonales y herméticos edificios de hormigón aparecieron coquetas, fresquitas y ventiladas cabañas hechas de paja, donde había techos opacos empezaron a verse rutilantes estrellas, y por donde antes la niebla cegaba comenzaron a colarse refulgentes rayos de sol que entraban como cariñosas puñaladas en el horizonte de mis posibilidades.

Para no tener remordimientos y poder olvidarle por completo, decidí incluso cambiarle el nombre. Así, cuando me atacara el recuerdo de haber convivido con él, mi memoria se confundiría y acabaría por sepultarle entre falseadas evocaciones.

Está enfadado, sí, y quiere recuperarme, pero tengo claro que no voy a volver a tolerar su maltrato. Ahora él patalea, y de vez en cuando hace amenazantes pintadas en la puerta de mi casa escribiendo fechas, porque piensa que de esa manera me puede intimidar, pero yo sé que he conseguido sacarle de mi vida, y desde que le ignoro soy mucho más feliz porque mi presente no se pudre con sus miedos. Sí, lo he decidido: ya no me hablo con el futuro, ese maltratador de presentes. A partir de ahora será simplemente algo por venir

martes, 5 de mayo de 2015

Mi título soy yo


Lo siento señor Saavedra, pero no puede usted dar clases de español en nuestra organización porque no tiene ningún título de didáctica. Sabemos de su valía, pero las normas son las normas. Siga con sus librillos, esos que dice usted que escribe. Con un poco de suerte igual alguno resulta casi tan leído y traducido como la Biblia. 

¿Cómo ha dicho que se apellida, Albert? Ah, eso es, sí, Einstein, aquí lo tengo. Vaya, sintiéndolo mucho, no va a poder ser, caballero. Su experiencia timbrando documentos en la oficina de patentes no le faculta para trabajar en nuestro laboratorio de investigación óptica. Necesitamos gente con formación y preparada específicamente. Buena suerte con sus interesantes pensamientos, y espero que con ellos cambie la historia de la humanidad.

Imposible, señor. Para lo que usted se propone se requiere una persona con mucho carácter, dura, que sepa mandar, que se imponga y que se haga respetar no sólo en el país sino internacionalmente, y para eso son necesarias unas formas, una personalidad y sobre todo un aspecto físico de los que usted carece. Además, no dispone de título universitario especializado en mover masas y liderar movimientos independentistas, ni se ha sacado el máster en pasar a la historia como un mahatma y, por si fuera poco, su indumentaria tampoco acompaña nada. Señor Mohandas Karamchand, dedíquese a hilar lungis, que parece que no se le da mal eso de manejar la rueca medio desnudo, y olvídese de pasar a otra historia que no sea la de su barrio. 

¿Michael qué? ¿Faraday? ¿Y qué experiencia tiene usted? Vaya, así que ha trabajado durante siete años como encuadernador de libros, ¿eh? Bueno, pues le auguro un gran futuro en ese sector, pero lamento decirle que sin formación académica sistematizada, esto de la ciencia le queda grande. Que le vaya bien; ojalá invente usted el motor eléctrico, el generador eléctrico, el mechero Bunsen y la galvanización, y ojalá también descubra la inducción electromagnética, el benceno, la forma de los campos magnéticos, y también las nano-partículas metálicas. En fin, feliz encuadernación.

Gregor Mendel, vaya, vaya, vaya… Bueno, pues mire usted, señor Mendel, tengo aquí su solicitud, pero no creo que el suyo sea un perfil apto para este puesto. Tenga en cuenta que la genética es una disciplina muy complicada y no creo que tenga el nivel necesario para colaborar con nosotros. Además, no entiendo muy bien la letra de esos papelotes que me ha traído. Le recomiendo que disfrute de su vida monacal y que no se preocupe por estos asuntos tan complejos, que le van a dar mucho dolor de cabeza. Espero, eso sí, que sus investigaciones de carácter amateur sean ignoradas durante un par de décadas y que después sean consideradas la base fundamental para lo que en el futuro se sepa sobre el ADN y la herencia. Vaya usted con Dios, Padre Genética.

Pues eso, que en un lugar que anhelaba y ya no anhelo me han dicho que no puedo trabajar porque no tengo no sé qué mierda de máster. Se me ha revuelvo el ego y he vomitado. Lo siento por el mal olor a presunción, pero conociéndome -no como otros- no he podido evitar darme el trabajo, en honor al que me han negado, de recordar a algunos grandes indocumentados de la historia de la humanidad a los que tampoco habrían aceptado, también por falta de títulos.