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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 16 de abril de 2015

Por sus efectos la conoceréis


"Ausencia de necesidad de obrar". Quizás sea la definición más austera de libertad. Diría incluso que la más escuálida. Si en vez de definición habláramos de identificación, podría decirse que con esa definición tenemos una libertad que sale fea en la foto de su DNI, como pasiva o somnolienta. Se presta, sin duda, a más bellas empresas -literarias, políticas y filosóficas- pero si de definirla se trata, hay que tener en cuenta que un concepto así es imposible de atrapar con palabras. Si se describiera con las matemáticas sería una serie divergente, y si fuera simplemente un número sería al mismo tiempo el cero y el infinito, una superposición de ambos: cero exigencias, infinitas posibilidades. 

Intentar definirla directamente es, por tanto, una temeridad intelectual, así que creo que para saber algo más sobre su naturaleza hay que discurrir un poco sobre cómo afrontar su análisis. Más que intentar atrapar su esencial composición sin atajos, podemos intentar acercarnos a ella dando un rodeo: observando sus efectos 

Cuando escuchamos que se ha descubierto un agujero negro en el espacio no quiere decir que se haya visto directamente ese agujero. Lo que se ha visto son los efectos gravitarorios que provoca sobre lo que tiene cerca, por ejemplo que los astros describan a su alrededor órbitas extrañas, o que la luz se curve en sus proximidades. Se sabe que está ahí por las consecuencias de su presencia, no porque se vea directamente. Otro ejemplo, quizás más sencillo, es el siguiente: si uno quiere saber si una zona es buena para pescar, no mira al agua para ver si hay peces, sino al cielo para ver si hay pájaros. 

Con la libertad pasa algo parecido: no se sabe con precisión lo que es ni se puede definir con exactitud, como los agujeros negros, pero se puede saber si está o no analizando los efectos que provoca a su alrededor. Se comprueba, por ejemplo, que el miedo se acurruca acobardado en las esquinas cuando la libertad está cerca, que el hombre que la posee crece por segundos a los ojos de quien le mira -como ocurre con las pirámides de Egipto o con los metros de caída de las cataratas Victoria de Zambia-, que la ignorancia en su presencia no provoca inseguridad sino curiosidad y señala la senda del aprendizaje -y por tanto del saber- como un perro cazador marca la presa, que las marionetas se menean sin hilos y son ellas las que mueven manos, que los noes se pasean en viceversa -como insinuando que en cualquier momento pueden dejar de serlo- y que los síes guiñan impúdicamente medio desnudos, rendidos de antemano a nuestro deseo, esperando a que les invitemos a algo. La libertad, esa que está libre hasta de sinónimos, no entiende de sí misma, y sólo se expresa con síntomas y por reseñas: razón en portería, el corazón del hombre libre. 

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