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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

martes, 17 de mayo de 2016

La noria emocional


Me pregunté si estaba melancólico, nostálgico, taciturno o simplemente triste. Me lo pregunté porque sentía un bache en mi ánimo, y pensé que sabiendo realmente lo que sentía podría rellenar ese bache con el entendimiento y recobrar el equilibrio. Descubrí que si estaba melancólico es que tenía melancolía, y resultó que la melancolía era una forma de tristeza. Consideré que quizás era nostalgia lo que sentía, para así para huir de la tristeza, pero el diccionario me llevó de nuevo a ella. Quizás a través de la taciturnidad me escape –pensé- pues el nombre me pareceía soberano, soberbio, de más alto rango que los otros, pero resultó que el taciturno era un triste que además lloraba silencios, así que definitivamente concluí que por muchos sinónimos que buscara, lo que en realidad me pasaba es que estaba triste, y puntos suspensivos.

Pero mi curiosidad sobrevivió al mareo de la semántica, y como quería saber lo que de verdad me ocurría y la lógica sólo me respondía interrogaciones en bucle, recurrí a la poesía: ¿Tristeza, dices? -preguntó con voz de lágrima- ¡con ese lápiz escribo yo cuando vuelvo para traer ausencias! Pero la filosofía, que todo escuchaba, intervino y me consoló: La tristeza, ser pensante –me dijo- no es más que un síntoma de tu autoconsciencia. Ella es a tu vida lo que la cola a su cometa, una exigencia del vuelo. Es un viajero que vuelve del pasado y descarga sudoroso de vivencias su mochila de recuerdos, es la reencarnación de tu pasado en ti mismo, la resaca de tus emociones, un muro en el jardín del tiempo para que recuerdes que, hasta que te mudes definitivamente, vives en un cuerpo. Pero no debes renegar de ella, porque la necesitas para definir la ecuanimidad. No le tengas miedo, utilízala. 

Y entonces me desentristecí. Y al desentristecerme me pregunté si estaba satisfecho, exultante, entusiasmado o simplemente contento. Me lo pregunté porque sentí un montículo en mi ánimo, y pensé que sabiendo realmente lo que sentía podría subir mi equilibro al nivel de ese montículo, así que utilicé mi entendimiento para buscar, y en mi nueva búsqueda me volví a encontrar con la lógica, la poesía y la filosofía, pero ninguna de ellas me supo explicar con claridad lo que era la felicidad, así que al no poder llegar a entenderlo me puse melancólico, o nostálgico, o taciturno, o simplemente triste, y me pregunté qué era lo que me pasaba en realidad. Me lo pregunté porque sentí un bache en mi ánimo, y pensé que sabiendo realmente lo que sentía podría rellenar ese bache con el entendimiento y recobrar el equilibrio…

25 de abril de 2015

1 comentario:

  1. A veces los curas y los psicólogos usan símiles como los que expones para superar baches anímicos. Conoces a Anselmo, y sabes que igual llega que se va, es bueno recirdarnoslo. Ahora bien, me alegra descubrir que el desentristecimiento es un hecho totalmente distinto a la facilona alegría.

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