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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

sábado, 11 de abril de 2015

¡Hay que!


Se supone que debería haber estado haciéndolo desde los dieciocho años cada vez que me llamaran a ello, pero no lo he hecho nunca. Esto ha propiciado que me haya encontrado durante toda mi vida de adulto envuelto en conversaciones de diversa índole en las que a menudo me he tenido que tragar variadas y curiosas reprimendas, juicios sumarísimos, opiniones-verdad y penitencias dialécticas por el hecho de no hacer algo que hay que hacer. Eso que no he hecho nunca y que hay que hacer es votar.

Cuando me encuentro en algún foro en el que, por ejemplo, se habla de las siguientes elecciones, de algún partido político, de alguna ideología, de lo zoquete que es o de lo preparado que está algún político en concreto… en fin, cuando surgen conversaciones políticas de andar por casa, aparte de dar mi opinión suelo comentar con toda naturalidad –pues no creo que esto merezca ninguna solemnindad- que no he votado nunca. Y es entonces cuando se rasga de arriba abajo el velo del templo, cuando rompen los truenos, cuando comienza el juicio final. De repente, justo cuando digo que no voto, me convierto -como por arte de intolerancia- en un opinador transparente y en una papelera de regañinas paternalistas. Los comentarios que casi siempre escucho son:  
-¡¿Cómo que no votas?! ¡Hay que votar!
-Si no te convence nadie, vota en blanco, ¡pero vota! ¡Hay que votar!
-No votar es una falta de responsabilidad. ¡Hay que votar!
-¿No eres demócrata?, ¿qué propones entonces? ¡Vamos hombre, hay que votar!

Uno que no falla nunca, que sin duda es sustancioso, puesto que por la contundencia con la que se expresa diríase que encierra la quintaesencia del voto, es el siguente: 
-Pues si no votas, entonces no tienes derecho a quejarte.

Que se parece mucho a este otro, también manido y aún más tajante y excluyente:
-Pues si no has querido votar antes, ¿por qué opinas ahora?

Lo interesante de todo esto no es por qué yo no voto -y sé que no resulta interesante porque ninguno de los que me adoctrina con este tipo de comentarios me lo pregunta-. Lo llamativo, al menos desde mi punto de vista, es que cuando uno dice que no vota se convierte de improviso en un paria dentro de la conversación, en un don nadie o don indeseable, en alguien cuyas ideas -por brillantes y elocuentes que fueran (si lo fuesen)- ya no merecen tenerse en cuenta, en un inmaduro social, en una especie de desagradecido con la vida. ¡Y todo por no votar!

¿Qué fibra fundamentalista toca en la mente de la mayoría de la gente esto de que alguien decida no votar? Me pregunto si sería posible cultivar la misma intransigencia para otros asuntos como por ejemplo no leer, no viajar, no ayudar, no escuchar, no tolerar, no comprender… 

Creo que tiene sentido decirle a alguien que es un irresponsable cuando no ayuda, pero no cuando no vota; y pienso que es justo pedir que no se queje al que no aporta nada a la sociedad y sólo parasita por gusto; y hasta negar ciertos derechos al que por pura vagancia no colabora en nada me parece razonable, pero… ¿condenar al que no vota a no poder quejarse? ¡A no poder quejarse! ¡A ver si es que ahora, sólo por no votar, voy a tener que pedir permiso por escrito (¿al gobierno?) para poder llorar las miserias de la política de nuestros días! ¿Por qué ese radical desate de la censura y el ninguneo? ¿No es acaso lo importante mostrar una actitud individual continua que fomente una verdadera aptitud comunitaria? ¿No es más provechoso regar diaria y discretamente una planta antes que echarle sólo un ostentoso y sonoro chorrete disuelto en engañifa cada cuatro años? ¿Por qué nos creemos con tanta facilidad la impostura de estas olimpiadas de la mentira y defenestramos al que, quizás sencillamente por higiene, prefiere no jugar? ¿Es que resulta éticamente inadmisible descojonarse por dentro cuando se escucha eso de "la fiesta de la democracia"?

Por cierto, explicaré por qué no voto, aunque a nadie de los que me desautoriza parece interesarle, puesto que, como he dicho, censuran pero no preguntan. Es muy sencillo: no voto porque no me da la gana. Y hay muchas cosas que me quitan las ganas, pero eso es ya otra historia, tan personal como el voto mismo. 

2 comentarios:

  1. Jajajaja. Es q... ¡Hay que! ¡Tienes que! Y etc etc.... Se que te encantan este tipo de mandatos/consejos/sugerencias

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  2. Amigo Jose Antonio, te compro tu voto. Me siento tan identificado con tus razonamientos que hasta cuesta digerir los sermones ajenos del votante militante...

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