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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

martes, 14 de abril de 2015

Consultorio de élite


- Soy celoso, ¿qué puedo hacer? 

Pues depende: si te gusta ser celoso, intenta serlo más; si no te gusta, intenta dejar de serlo. Todos tenemos celos porque todos tenemos ego. La diferencia entre el celoso y el no celoso no es que el primero tenga celos y el segundo no, sino que el primero convive con sus celos en un espacio pequeño y resulta, por tanto, más probable que se encuentre con ellos, mientras que el no celoso vive en una enorme mansión, tan grande que es muy difícil que se tope con sus propios celos. La amplitud del espacio en el que se convive con los celos depende de la apertura mental y de la capacidad de disolver el ego de cada uno. Si quieres ampliar ese espacio, trabaja, echa abajo esos tabiques que hay dentro de ti, quítate importancia, expándete estirando tus ideas, trivializa el sexo, magnifica el amor. Hay un paisaje luminoso al otro lado de la pared de esa lúgubre estancia, y para verlo no hay que extirparse nada, sólo hay que exagerarse.

- No tengo ideas originales, ¿cómo puedo arreglarlo?

Si de verdad crees que esa cándida carencia merece ser considerada un desarreglo y quieres tomarte la pastilla creadora, deberías estar informado de que la originalidad y la creatividad tienen mérito, y eso quiere decir que a veces duelen. Dicho esto, para tener ideas originales puedes hacer lo siguiente: coge un par de pares de extremos, por ejemplo, Dios y la mierda, el abrazo de una madre a su hijo recién nacido y la violación de un bebé, Hitler y Ghandi, una flor y una bala, y mételos en tu mente aislándolos de todo. A continuación, despéjate, pierde el miedo y deja que todos esos conceptos ocupen posiciones libres de toda jerarquía. Cuando todos estén al mismo nivel, liberados de cualquier clasificación de bien y mal, léelos. Verás que la idea resultante es original aunque quizás no puedas digerirla. Pediste originalidad, pero no exigiste belleza.

- Quiero seguir mi instinto, pero no sé si lo tengo.

Desde luego que lo tienes, eso es seguro. Lo que no es tan seguro es que quieras seguirlo, porque puede que cuando te atrevas a escucharlo tengas que tacharte a ti mismo. Tienes dudas sobre si lo tienes o no porque tu razón lo ha esclavizado. Si te fijas bien, te darás cuenta de que está encadenado en un sótano de ti mismo y ya sólo trabaja para ti impidiendo que te cagues encima. Si lo liberaras, te convertirías en un ser extraordinario que miraría con asombro y pavor a todo lo que hoy le da paz a tu tirana razón. Quizás sea mejor que sigas tu instinto racional -ese de plástico- y que te ajustes la corbata, no vaya a ser que tu instinto real -ese rey encadenado- te desnude y cojas frío.

- No sé si estoy haciendo lo correcto, ¿cómo puedo saberlo?

¿Lo correcto para qué? Depende del resultado de tus acciones. Por ejemplo, si lo que pretendes es matar a alguien, entonces si haces algo y después de hacerlo ese alguien está muerto, puedes concluir que lo que hiciste era lo correcto para conseguir ese fin. Por otra parte, si con correcto te refieres a bueno, entonces la respuesta es más fácil: nunca lo sabrás, ni siquiera cuando creas estar seguro de que lo que has hecho es bueno. Esto ocurre porque el bien y el mal no existen. Están más cerca de existir los Reyes Magos y los unicornios que el bien y el mal, y decir que las cosas son buenas o malas es como decir que el tocino que se aplica a la rueda del carruaje es la velocidad misma con la que ese carruaje se mueve. La realidad no entiende de bondad y la velocidad no tiene por qué conocer al tocino. Eso de bueno o malo no es más que una humana escala para medir a palmos un gas.

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