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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

martes, 17 de marzo de 2015

Bhagavad Gita


El Bhagavad Gita es una obra de setecientos versos originalmente escrita en sánscrito que se estima fue compuesta hace unos tres mil quinientos años. Es uno de los documentos escritos más antiguos que se conoce –al lado del cual la Biblia podría ser considerado casi como un e-book– y forma parte de una obra mayor, el Mahabharata, una epopeya alegórica de la civilización aria, que ocupó la India hace unos cuatro mil años. 

Se trata de uno de los clásicos religiosos más importantes de la historia. Ghandi decía de él que era su diccionario ético al que recurría para solazarse y también para guiarse cuando tenía dudas y dificultades. Yo acabo de descubrirlo y de leerlo, así que por una parte siento la vergüenza torera del ignorante que aprende tarde, pero que al menos aprende, y la menos torera de constatar que haber tenido una asignatura que se llama religión durante varios años me sirvió para santiguarme correctamente. Amén.

Sin embargo, la lectura del Guita me ha reconciliado con el concepto de religión que tan podrido tenía dentro de mí mismo desde la primera vez que tuve complejo de culpabilidad por comerme un delicioso y melifluo postre recién hecho que encontré posado encima de la mesa de mi cuerpo. Esa reconciliación me ha servido, por ejemplo, para sentirme muy atraído por leer la Biblia con la serenidad del que ya apostató y con la madurez del que se acerca de nuevo a ella sin sentirse juzgado. Ahora puedo disfrutar con imparcialidad de los maravillosos mensajes que encierran los libros sagrados. 

Dadas las fechas de su composición, no sería de extrañar que las corrientes éticas que se desarrollaron a continuación en la historia de la humanidad tuvieran en el Guita una ubre de la que mamaran ideas sobre la naturaleza humana y el sentido de la vida, y podría ser que de ahí derivaran las coincidencias tan llamativas en se aprecian en el núcleo de todas las religiones, aunque por otra parte pienso que cuando se trata de asuntos de este calibre es de esperar que las conclusiones a las que se llegue sean siempre parecidas, aunque las sociedades que las provengan estén muy distantes física y culturalmente. Digamos que todos nos perdemos en el mismo sitio. Encontrar, lo que se dice encontrar, sólo encontramos a otros que también se han perdido.

Por el mismo azar ordenado que rige el vuelo de los pájaros en bandada, he leído simultáneamente el Bhagavad Guita y Letters from a Stoic, de Séneca, y debo confesar que, de no ser porque el primero era en verso y el segundo en prosa, en más de una ocasión habría tenido dificultades para distinguir cuándo leía uno y cuándo otro:
- “¡Séneca copió!” -he exclamado varias veces-.
¿Pagará la ética derechos de autor? -me he preguntado otras tantas-.

La acción altruista desinteresada, el desapego de todo lo sensible que alimenta el ego, la no-violencia (el arma de construcción masiva más poderosa de todo el universo), el amor a todos -incluso y principalmente a los enemigos- y la idea de unidad, es decir, la evidencia de que en cada hombre están todos los hombres y que se puede ver a los demás en uno mismo y a uno mismo en los demás, son ideales comunes de purificación y engrandecimiento que constituyen el tapizado ideológico con el que se forran todos los libros sagrados y los grandes tratados de ética. 

Es asombroso que habiendo coincidencias tan poderosas en todas las religiones hayamos sido a lo largo de nuestra triste y repetitiva historia capaces de utilizar las insignificantes diferencias para destrozarnos y despreciarnos tan sanguinaria y despiadadamente. Está claro que hay una neurona oscura que nos guía hacia el desencuentro y que es capaz de hacernos pensar que una sencilla línea recta es un inextricable laberinto. 

De la eterna batalla entre el bien y el mal que se libra dentro de cada uno de nosotros trata el Gita, y a nuestro papel en ella se refiere Krishna -avatar divino- cuando se dirige al guerrero Arjuna diciéndole: "Tómalas como una sola cosa: la victoria y la derrota, la alegría y la tristeza, la ganancia y la pérdida. No te preocupes por ellas. No te rindas a la flaqueza. Sé activo y dinámico y no busques recompensa alguna. ¡Pelea!"

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