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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Verbalizable o no verbalizable


Verbalizable o no verbalizable, esa es la cualidad. Está claro que hay cosas que no se pueden hacer verbo, ¿o no lo está tanto?, ¿hay algo que no se pueda hacer palabra? Parece que se puede hablar de todo, que de cualquier cosa se puede decir algo, que todo es susceptible de ser conjurado por la delicada brujería de las letras, pero creo que la palabra, aun siendo un instrumento mágico, representa en realidad una carencia más que una potencia, y me explico a continuación con palabras:

Se pueden escribir cosas maravillosas sobre el amor, pero no hay palabra que describa lo que es sentirlo, y menos dejar de sentirlo. Se puede escribir la locución verbal “echar de menos”, pero ¿qué tienen que ver esos términos –que son palabras y nada más que eso- con las sensaciones de quien, por ejemplo, ha perdido un ser querido? ¿Caben de verdad todas las emociones, recuerdos, miedos y cuitas que se sienten en esas circunstancias en sólo tres palabras, echar, de y menos?

Las palabras interpretadas -bien o mal, eso da igual- se convierten en un brebaje de ideas, en un bálsamo de encantamientos. Nos pueden hacer viajar, nos pueden consolar, entusiasmar y hasta excitar; no hay emoción que ellas mismas puedan nominar que no puedan también, debidamente ordenadas y contextualizadas, evocar, pero al otro lado de la cordillera de abecedarios hay un valle ignoto para las letras sobre el que sólo las experiencias pueden hablar. La literatura crea realidades nuevas, pero hay una realidad ultraliteraria que no puede sentarse en ningún trono de letras, por muy bien escrito y terminado que éste esté.

Además, las letras en su estado prístino rezuman sentido común, sirven para ordenar, no nacen con el anillo de la locura. Sin embargo hay realidades que no tienen ningún sentido y que perderían su maravilloso y esencial sinsentido si las racionalizáramos y vulgarizáramos, ya que el así llamado sentido común no es más que un universo hecho a medida y por encargo de nuestra urgente necesidad de sobrevivir, para lo cual creamos un orden en el que poder ubicar un avión que vuela sin destino y que no tiene más fin que el de estrellarse, como nuestra propia existencia.

Sólo cuando las letras están borrachas, cuando se poetizan los mensajes, cuando se pierde el sentido, cuando la percepción está drogada y se abren las puertas de lo irracional se encuentra algún mensajero que con alguna letra torcida acompañada de alguna idea malentendida nos puede traer una muestra de ese valle desconocido en el que los grandes mamíferos de la verdad pastan mansamente tréboles de sutil irrealidad. Este mensaje de verdad, aunque parcial, es posible porque la totalidad misma está presente incluso en las piezas rotas. 

Ocurre lo mismo con todas las recreaciones artísticas: la literatura, la pintura, la música y la vida misma, obra de arte por excelencia, para la que seguramente hay un coherente sinsentido que por supuesto no se podrá expresar con palabras. No es que ellas falten, es que hay algunas realidades vampíricas transparentes a las letras que sólo se reflejan en el espejo de lo empírico. Es imposible quitarse las legañas con guantes de boxeo.

Cuenta la leyenda de las leyendas que en el Olimpo de las letras hay un cofre sin llave hecho de lexemas irrebatibles y custodiado por un ejército de mayúsculas en el que se guarda la palabra "inefable". Ningún discurso de los hechos ni por hacer sabe que esa palabra está allí encerrada, pero algunas verdades han denunciado su existencia y se ha extendido entre los fonemas el inquietante rumor de que hay un monstruo en ese cofre al que ninguno de los étimos conocidos puede vencer. 

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