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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 6 de febrero de 2015

Taxidermista de emociones



El hombre de nombre de letras prohibidas sentía una querencia irrefrenable no sólo por sentir, sino también por no dejar de hacerlo. No soportaba que ninguna de sus ganas de algo tuviera ocaso, y su adicción le llevaba a atacar como un vampiro cualquier indicio de emotividad que se paseara por sus dominios. 

Era tanta su avidez de exaltación que concebía ecuaciones matemáticas agitadas que como solución daban lágrimas, hacía levitar manzanas recién desprendidas de su árbol para crear teorías nuevas con las que pellizcar al universo y escuchar su ayes, y mordía lunas luminosas preñadas de sol para comerse el feto de los amaneceres.

Sus garras eran crepúsculos sempiternos, y dentro de sus colmillos nadaban tiburones blancos hambrientos. Cualquiera que le miraba quedaba sin cuerpo -totalmente desmembrado- al sentir el estrábico vigor con el que gritaban sus ojos. Bebía deseos, escupía porqués y caminaba siempre por senderos que llevaban a todas partes.

Cuando por fin, después de tantas matanzas de intangibles, los cazadores de respuestas le encontraron en su cueva, descubrieron que se había convertido en cría de gato al borde de un océano de leche y se había disecado a sí mismo lamiendo una pequeña ola en la orilla. Nunca más se volvió a hablar de amar en aquel lugar porque todas las emociones se ahogaron con su ausencia.

El hombre de nombre de letras prohibidas tenía nombre, y se llamaba Vida. 

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