Mi foto
No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 27 de febrero de 2015

Sinestesia


Salta al oído, zumba a la vista: 
el gran filón de metáforas, 
el postre cantor, 
el pentagrama de sabores, 
la mina de diamantes del lenguaje creativo, 
la alfombra mágica de los discursos, 
el esqueleto del pájaro transparente de vuelo irregular, 
la silla al borde de tus ojos para ver en primera fila las imágenes entrar, 
el caldero para cocinar francachelas y cuchipandas de poetas 
que navegan con brújula sin imán.
¿A qué sabe un triángulo?, ¿cómo suenan los colores?
¡Que calle el tacto, que las miradas van a hablar!
¡Sinestesia, dirán!: 
arco iris para escuchar, aroma para colorear, horizonte para acariciar.
El ululato sensorial que demuestra que al final la poesía era verdad.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Madurez deíctica


Cuando decimos este o esta, aquí o allí, arriba o abajo, yo o tú, cerca o lejos, antes, ahora o después estamos utilizando referentes deícticos, es decir, elementos lingüísticos relativos a la deixis. Son palabras puntero, como dedos que apuntan, que nos permiten dibujar a nuestro alrededor un decorado espacio-temporal en el que poder situar lo que queremos decir.

Al analizar el uso de este recurso en los niños pequeños se comprueba que lo utilizan de una manera únicamente egocéntrica, es decir, que el concepto de cerca, por ejemplo, sería algo asociado a lo que está cerca de mí, el de arriba a lo que está encima de mí, y el de después a lo que me pasará dentro de un rato. El propio yo está, pues, como centro de donde parten o a donde convergen todas las cosas que son, pasan, serán, puedan pasar o hayan pasado. El niño se siente protón de un átomo alrededor del cual giran los electrones de todo lo que hay en el mundo. Los críos son unos tiranos lingüísticos a los que les cuesta casi una década poder expresarse con un sistema de referencia que no sea centrípeto. Son egoísmo con patas, trocitos de humanidad encerrados en una cuna llamada "yo, mi, me y conmigo".

A medida que maduramos vamos adquiriendo la capacidad de señalar y entender conceptos más complejos como que algo lejano para nosotros puede ser cercano para otra persona, que lo que para uno es arriba puede ser abajo para otro que esté al revés, o que nuestro hoy no es más que el ayer de los que vengan mañana. Y de esta manera los deícticos- esos dedos apuntadores- adquieren alas y se multiplican, convirtiéndose en un enjambre de dedos que se señalan entre sí y que pueden incluso señalarnos a nosotros mismos desde fuera. Quizás la abeja reina de ese enjambre de dedos siga siendo el propio yo, pero la multiplicidad de puntos de vista y de referencias enriquece la visión de nuestra existencia. 

Llegados a este punto, me imagino que un filósofo podría ser un hombre capaz de señalarse a sí mismo por la espalda, un físico alguien que juega a pensar en un mundo inundado de relatividad donde nada sea señalable, un guerrero alguien que señala con el puño, y un hombre, sin más, un ser que con las únicas letras que conoce, la “y” y la “o”, trata de escribir “nosotros”.

Al igual que con los niños, por la cantidad de deícticos no egocéntricos que la humanidad sea capaz de utilizar podemos determinar su estado de madurez. Las ideas tan comúnmente mantenidas como que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que nos creamos tocados por la eternidad (que es como atribuirse el deíctico temporal pretencioso por excelencia), que el hombre sea la medida de todas las cosas, y la no totalmente superada consideración de que nuestro planeta es el centro del cosmos demuestran claramente que como humanidad somos un bebé que llora deícticos egoístas y que piensa que todo está creado para darle gusto o disgusto. O lo que es lo mismo, no somos capaces de concebir un sistema de referencia que no esté centrado en nuestro ombligo.

Si los grandes pensadores de la física lo hubieran sido de la naturaleza humana habrían determinado que lo más relativo y prescindible de todo lo que existe es el propio género humano, pero claro, para entender y aceptar eso hay que tener una madurez que aún nos queda deícticamente muy lejos. 

Son recios los barrotes del ego, para el yo y para el nosotros. 

domingo, 22 de febrero de 2015

La puerta de viento


De pequeño noté que a mi alrededor había un montón de cosas a las que me podía referir: una mesa, una silla, una persona, el viento, una sonrisa, un deseo… y empecé entonces a distinguir unas de otras por su utilidad y porque unas se podían tocar con las manos, otras sólo un poco, y otras sólo se podían pensar o imaginar, que era como tocarlas pero no con las manos sino con algo que había dentro de mí. La silla y la mesa eran tangibles, las personas eran tangibles y tangentes, el viento era algo que me tocaba a mí, la sonrisa era algo que se escapaba de las manos pero que se quedaba atrapado en los ojos -así que entendí que los ojos eran manos de luz- y un deseo era una cosa viajera que al principio sólo se podía tocar con eso que había dentro de mí pero que luego, a veces, se movía de un mundo a otro y acababa pudiéndose atrapar con la piel, o con los ojos, o incluso con el oído, porque también se podía desear escuchar a alguien decir algo, y hasta se podía desear oler y gustar, como un postre de mi madre. El deseo fue, pues, el concepto que más pistas me dio sobre la naturaleza verdadera del universo que se desenvolvía a mi alrededor porque me descubrió que había puertas que unían lo que sólo se puede tocar desde el interior con todo lo demás. Del viento pensé que era algo parecido a un deseo externo a mí, y que no dependía de mí que soplara o no, y que sólo acariciaba cuando él quería, y que lo que él quería nada tenía por qué ver con lo que quería yo. El viento me dio la primera pista sobre que el mundo de los deseos no era sólo mío.

Poco a poco la percepción de lo que había a mi alrededor fue complicándose cada vez más. Al principio el propio mundo sensible se engrandeció y empezó a hablar un lenguaje que no parecía suyo. Me asombró, por ejemplo, que la luna tuviera algo que ver con las mareas, o que el sol estuviera relacionado con que la tierra diera vueltas elípticas a su alrededor, o que lo de saltar y volver a caer al suelo fuera consecuencia de la cantidad de materia que había debajo de mí, y que en la luna mis saltos estarían más valorados y premiados con más liviandad. Resultó que todos estos asombros se fueron sosegando por el efecto en mí de un calmante que pertenecía al mundo de lo que sólo se sentía por dentro. Ese calmante fue la física. Era como un juego con números e ideas que se practicaba con el cerebro y que daba una satisfactoria explicación a todos estos sorprendentes fenómenos. Al final me parecía tan normal que la luna dictara mareas como que una silla sirviera para sentarse.

Pero la historia acababa de empezar, porque el mundo de lo intangible también empezó a burbujear dudas y a escapárseme del entendimiento. Durante la adolescencia, el amor -el león del Ngorongoro del parque natural de lo intangile- se fugaba por las noches de su entorno y se convertía en persona, y el deseo -eso que hasta entonces pasaba de un mundo a otro y se convertía en juguete, o en coche, o en cualquier capricho- se quedaba en casa y empecé a desear cosas no tangibles, así que descubrí que había deseos nómadas y deseos sedentarios. Eché de menos entonces una física para el mundo interior, algún juego con números e ideas o con lo que fuera que me explicara con la claridad con la que la física me explicó la relación entre un salto un su caída cómo funcionaban las cosas en el mundo de las emociones, y por qué a veces no había relación entre mis deseos cumplidos y la sensación de satisfacción que eso me daba. Apareció en mí el desconcertante interés de querer saber qué tenía que desear, y en ello estoy aún hoy en día, aunque últimamente tengo barruntos que me llevan a pensar que la cuestión está en cómo conseguir no desear nada, lo cual es ya en sí mucho desear.

Teniendo todo esto en cuenta, con las primeras canas se me aclaró también la idea de que había mucho del mundo interior –el del amor y los deseos- en el de ahí fuera -el de la silla, la mesa y la persona- y que las puertas que unían ambos no eran más que viento, eso que soplaba cuando ello quería. Y actualmente, a estas alturas de mi pequeñez, cada vez me resulta más diáfano que las diferencias entre un mundo y otro son más bien sutiles cambios de una misma y única esencia que diferentes entidades, hasta el punto de que he comprobado empíricamente, con la precisión de la física -esa que me explicó que cuando la luna sonríe, el mar baila- que mi pensamiento es un viajero que cuando parte se viste de deseo, luego se hace idea, más tarde palabra, después actitud y camino, y por último viento en cabellera ajena. 

Lo que pintan la silla y la mesa en todo esto es que sentado en la primera y con el libro apoyado en la segunda puedo leer a Ghandi cuando dice: “Cuida tus pensamientos porque se convertirán en tus palabras; cuida tus palabras porque se convertirán en tus actos; cuida tus actos porque se convertirán en tus hábitos; cuida tus hábitos porque se convertirán en tu destino”, lo cual produce en mí una sensación de conexión parecida a pedirle un deseo al viento y que éste acceda amorosamente a soplar sobre mis ideas justo cuando y como yo quiero. 

sábado, 21 de febrero de 2015

Desgracia divina


Hoy me he encontrado con la palabra "madrepórica" y me ha dicho que hay unos animales con el ano en la boca que se organizan durante unos treinta millones de años para formar islas intertropicales que se llaman atolones. Lo de que la propia naturaleza nos sirva las definiciones en una bandeja de poesía me ha confirmado que verdaderamente la aventura del saber es sabrosísimamente interminable.

Al dictado del gusto de aprender algo tan surrealista pero tan real me he parado a pensar en lo aburrida que sería la vida si no hubiera nada que aprender, e imaginándome alguien que no pudiera aprender nada para así ponerme en su lugar y sentir la vacuidad de su día a día he acabado poniéndome en el lugar de quien todo lo sabe -que es la única manera de no tener nada que aprender que se me ocurre-, y así pensando no he podido evitar terminar imaginándome a Dios, pues él es el único que aun pudiéndolo todo no puede conjugar la primera persona del singular del presente de indicativo del verbo aprender.

Y ha sido al sentir que Dios no puede aprender nada cuando me he dado cuenta de lo desgraciado que es. Me ha dado tanta pena que le he tenido que consolar diciéndole que no todo el mundo puede ser mortal y sentirse vivo mientras no está muerto, y que no todos pueden ignorar para así estar con la mejor de las disposiciones para disfrutar del aprendizaje, y que si Él no podía aprender nada ni sentir la vitalidad de tener que morirse debería fijarse en las cosas buenas que tiene, como por ejemplo ser todopoderoso, omnisciente y eterno, pero Él me ha respondido entre lágrimas -que al caer han formado un par de océanos- que no hay día sin noche, risa sin llanto, rosa sin espinas ni amor sin dolor, y que no se puede conocer la oscuridad buscándola con una linterna. 

Inteligente observación -he pensado- digna de quien todo lo sabe. Y triste existencia –he sentido- propia de quien nada ignora y ya a nada puede aspirar.

Y así, de esta madrepórica manera, he concluido que ser humano con sus estimulantes carencias es mucho mejor que ser divino con sus paralizantes abundancias. 

miércoles, 18 de febrero de 2015

Verbalizable o no verbalizable


Verbalizable o no verbalizable, esa es la cualidad. Está claro que hay cosas que no se pueden hacer verbo, ¿o no lo está tanto?, ¿hay algo que no se pueda hacer palabra? Parece que se puede hablar de todo, que de cualquier cosa se puede decir algo, que todo es susceptible de ser conjurado por la delicada brujería de las letras, pero creo que la palabra, aun siendo un instrumento mágico, representa en realidad una carencia más que una potencia, y me explico a continuación con palabras:

Se pueden escribir cosas maravillosas sobre el amor, pero no hay palabra que describa lo que es sentirlo, y menos dejar de sentirlo. Se puede escribir la locución verbal “echar de menos”, pero ¿qué tienen que ver esos términos –que son palabras y nada más que eso- con las sensaciones de quien, por ejemplo, ha perdido un ser querido? ¿Caben de verdad todas las emociones, recuerdos, miedos y cuitas que se sienten en esas circunstancias en sólo tres palabras, echar, de y menos?

Las palabras interpretadas -bien o mal, eso da igual- se convierten en un brebaje de ideas, en un bálsamo de encantamientos. Nos pueden hacer viajar, nos pueden consolar, entusiasmar y hasta excitar; no hay emoción que ellas mismas puedan nominar que no puedan también, debidamente ordenadas y contextualizadas, evocar, pero al otro lado de la cordillera de abecedarios hay un valle ignoto para las letras sobre el que sólo las experiencias pueden hablar. La literatura crea realidades nuevas, pero hay una realidad ultraliteraria que no puede sentarse en ningún trono de letras, por muy bien escrito y terminado que éste esté.

Además, las letras en su estado prístino rezuman sentido común, sirven para ordenar, no nacen con el anillo de la locura. Sin embargo hay realidades que no tienen ningún sentido y que perderían su maravilloso y esencial sinsentido si las racionalizáramos y vulgarizáramos, ya que el así llamado sentido común no es más que un universo hecho a medida y por encargo de nuestra urgente necesidad de sobrevivir, para lo cual creamos un orden en el que poder ubicar un avión que vuela sin destino y que no tiene más fin que el de estrellarse, como nuestra propia existencia.

Sólo cuando las letras están borrachas, cuando se poetizan los mensajes, cuando se pierde el sentido, cuando la percepción está drogada y se abren las puertas de lo irracional se encuentra algún mensajero que con alguna letra torcida acompañada de alguna idea malentendida nos puede traer una muestra de ese valle desconocido en el que los grandes mamíferos de la verdad pastan mansamente tréboles de sutil irrealidad. Este mensaje de verdad, aunque parcial, es posible porque la totalidad misma está presente incluso en las piezas rotas. 

Ocurre lo mismo con todas las recreaciones artísticas: la literatura, la pintura, la música y la vida misma, obra de arte por excelencia, para la que seguramente hay un coherente sinsentido que por supuesto no se podrá expresar con palabras. No es que ellas falten, es que hay algunas realidades vampíricas transparentes a las letras que sólo se reflejan en el espejo de lo empírico. Es imposible quitarse las legañas con guantes de boxeo.

Cuenta la leyenda de las leyendas que en el Olimpo de las letras hay un cofre sin llave hecho de lexemas irrebatibles y custodiado por un ejército de mayúsculas en el que se guarda la palabra "inefable". Ningún discurso de los hechos ni por hacer sabe que esa palabra está allí encerrada, pero algunas verdades han denunciado su existencia y se ha extendido entre los fonemas el inquietante rumor de que hay un monstruo en ese cofre al que ninguno de los étimos conocidos puede vencer. 

viernes, 13 de febrero de 2015

Fortĭa


Fuerza. Me gusta la palabra, tiene lo que dice, es lo que tiene. Se sabe cuando está. Es el saber de su propio estar. No tiene costuras, su roto es su tejido y es femenina porque es madre: se pare a sí misma. Es el fundamento, el gen de la energía, el todo más manido en todas las teorías. Un camaleón de color existencia. No hay energía sin fuerza, y no hay fuerza que no busque algo a qué aplicarse para energizarse. No hay fuerza que no sea y no hay ser que no sea fuerza. 

Todo lo que existe es resuello suyo. "Pienso luego existo" es en realidad un corolario de la aplicación de la fuerza al pensamiento, una espiración conceptual de ella. Cuando la fuerza ruge crea vida, cuando respira crea ideas, y cuando explota crea todos. Nada hay sin fuerza y no hay fuerza que no lleve a algo. ¿Qué tipo de fuerza eres? ¿Qué masa mueves? ¿Qué luz desvías?

Newton vio en sueños a la fuerza de perfil y cambió la historia de la humanidad. Einstein la miró a los ojos y cambió la humanidad misma, y ella, cuando nos mira, no es que nos cambie sino que nos constituye, nos forma, nos inerva. La fuerza es el concepto más amplio, concreto, viajero, formador, deformante, constituyente y finalizador que existe. Es la esencia misma de la esencia, es el quid.

Un día la fuerza guiñó un ojo y convirtió el sol en un cacahuete tostado, sopló y se estornudaron galaxias, habló y se lloraron puños, se confesó y se escribieron recuerdos tristealegres de cosas que todavía no habían ocurrido. Es agua que cae, caída para el agua, electrón esquizofrénico, torrente, glaciar, materia, vacío, luz, infinito, giro y quietud, cero e indeterminación. Es matemáticas para las flores y savia para los cerebros. Fuerza es ser y no saber no ser. Fuerza soy y busco masa para mover. 

domingo, 8 de febrero de 2015

Huevo de cuclillo


Un coche es una cosa con ruedas que sirve para ir de un sitio a otro, pero también es una cosa que sirve para volcar, o para protegerse de la lluvia, o para dormir, o incluso –y en algunos casos sobre todo- para refocilar; un coche es el templo clásico del magreo adolescente, y no tanto… O puede incluso ser algo que no sirva para nada. ¿De qué sirve, por ejemplo, un coche bajo tierra?, ¿de muro de Berlín para lombrices?

¿Qué es entonces un coche? ¿Se puede definir con objetividad independientemente del uso que se haga de él, o bien necesitamos contextualizar el concepto de coche para poder definirlo? Ya incluso antes de saber lo que es nos vemos enredados en la idea de cómo afrontar su definición. ¿Qué se puede por tanto esperar de la misma pregunta aplicada a un hombre? ¿En cuántas telas tenemos que enmarañarnos antes de poder encarar un tenue acercamiento a lo que es el hombre?

Supongo que si existiera un tercer ente capaz de afrontar este juicio y se viera libre del atributo de estar vivo -para así poder juzgar con equidad- aplicaría los mismos criterios a la hora de definir un coche que a la de definir un hombre. Imaginemos, pues, algo no vivo capaz de juzgar. En estas condiciones tan particulares de juzgado, se determinaría que un hombre puede ser tantas cosas como aquellas para las que sirve, al igual que el coche. La pregunta pasaría entonces a ser la siguiente: ¿Para qué sirve el hombre?

Una respuesta utilitarista sobre la naturaleza humana nos lleva directamente y sin remisión a un culo de saco. En primer y último lugar servimos para darle un aura metafísica a la existencia, o sea, para aplicar sobre la piel de todo lo que existe un injerto reflexivo. El hombre es un sembrador de porqués. Pero resulta que los porqués le importan muy poco a todo lo que existe que no sea humano, así que somos como un continuo regar de agua fresca un inacabable huerto de hormigón. ¿Qué esperamos que crezca de una semilla de nada en un campo de menos? 

Así pues, el hombre sirve para no servir de nada. Ya podemos, por tanto, dejar de pre-ocuparnos; eso tampoco sirve de gran cosa.

-Unas lecciones de metafísica- José Ortega y Gasset.

viernes, 6 de febrero de 2015

Taxidermista de emociones



El hombre de nombre de letras prohibidas sentía una querencia irrefrenable no sólo por sentir, sino también por no dejar de hacerlo. No soportaba que ninguna de sus ganas de algo tuviera ocaso, y su adicción le llevaba a atacar como un vampiro cualquier indicio de emotividad que se paseara por sus dominios. 

Era tanta su avidez de exaltación que concebía ecuaciones matemáticas agitadas que como solución daban lágrimas, hacía levitar manzanas recién desprendidas de su árbol para crear teorías nuevas con las que pellizcar al universo y escuchar su ayes, y mordía lunas luminosas preñadas de sol para comerse el feto de los amaneceres.

Sus garras eran crepúsculos sempiternos, y dentro de sus colmillos nadaban tiburones blancos hambrientos. Cualquiera que le miraba quedaba sin cuerpo -totalmente desmembrado- al sentir el estrábico vigor con el que gritaban sus ojos. Bebía deseos, escupía porqués y caminaba siempre por senderos que llevaban a todas partes.

Cuando por fin, después de tantas matanzas de intangibles, los cazadores de respuestas le encontraron en su cueva, descubrieron que se había convertido en cría de gato al borde de un océano de leche y se había disecado a sí mismo lamiendo una pequeña ola en la orilla. Nunca más se volvió a hablar de amar en aquel lugar porque todas las emociones se ahogaron con su ausencia.

El hombre de nombre de letras prohibidas tenía nombre, y se llamaba Vida. 

jueves, 5 de febrero de 2015

Lección primera y última


Sin que yo mismo lo supiera o lo previera, aunque quizás sí deseándolo inconscientemente, me he visto siempre atraído por la docencia. Puede que más por el uso de la palabra que por la docencia en sí, aunque pocas posibilidades hay de no ejercer como docente cuando uno hace uso de aquella: para bien, por elocuencia; para mal, por falta de ella; o para aburrir, por abuso locuaz o torpe de la misma. 

En cualquier caso, la palabra ha sido un vehículo que desde que conozco he pilotado con más o menos pericia pero sobre todo con mucho apego. Y de ahí a la docencia, como digo, no hay mucho. Diría que sólo un cambio de marcha, aquel que permite sistematizar lo que uno dice para formar un discurso que huela a lección de algo.

Tengo un cofre dorado en mi mente en el que guardo el recuerdo de algunos profesores del colegio, el instituto y la universidad por los que siento una admiración que para algunos de ellos es ya póstuma. Dentro de ese cofre hay frases y conceptos que me enseñaron de una manera que hoy siento tan evocadora que parecen un olor, y tengo también en la memoria ideas que me regalaron que aún hoy en día utilizo y parafraseo incluso en conversaciones coloquiales habituales. 

Creo que el docente es un artista, un funambulista que se pasea por la más noble rama intelectual del verbo compartir: la compartición del conocimiento. Además, no sólo para transmitirlo sino también y sobre todo para inocular el veneno de la duda, el más poderoso machete para desbrozar de prejuicios y medias verdades el cerebro de los estudiantes, estudien lo que estudiaren y tengan la edad que tuvieren.

Aparte de esta entretenidísima actividad, que ya por ser así considerada a mí me es enormemente grata, hay otras variables también muy interesantes que antes de ejercer esta improvisada profesión desconocía. Entre ellas y sobre casi todas ellas está el bagaje que uno se lleva de sus alumnos. Los críos de África convirtieron mi mente en una fiesta de pompas de jabón exigiéndome lo máximo para enseñar lo mínimo: a leer, escribir, sumar y restar; y los chavales indios a los que ahora tengo el privilegio de enseñar francés me están haciendo sentir la parte adulta más emotiva del maravilloso ejercicio de la enseñanza. Son jóvenes pobres de las castas más bajas que de otra manera no tendrían la oportunidad de estudiar y que aprenden un idioma extranjero con la esperanza de ser contratados por alguna multinacional que les pague un sueldo digno con el que poder mantener a sus familias, normalmente numerosas. 

La atención que me prestan, su actitud, y la viveza de sus preguntas y miradas me hacen sentir a veces que estuviera dando clase a un grupo de ardillas. 

Calculo que la densidad emotiva de este proyecto es tan grande como la de la materia de un agujero negro, y la deferencia, agradecimiento y respeto que ellos me muestran -aun siendo enormes- son en realidad minúsculos comparados con la explosión de orgullo no presuntuoso que yo siento al formar parte de algo tan sano y puro como enseñar para formar y sostener.

La docencia es noble, su nobleza es docta, y enseñando es como más se aprende; lección primera y última. Afirmo y confirmo. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Cinco "hayes" de mi libreta


Hay bondades que acarician con guantes de cristal y paces que reinan sólo por falta de garras.

Hay vidas que son lentos suicidios.

Hay viajeros con alma de proa que crean vientos, y turistillas con miasma de librillo que tachan paisajes. 

Hay veces en que la valentía consiste en pasar de largo a la espera de un enemigo más digno. 

Hay personas que han llegado a saber tanto que de un ictus de conocimiento han quedado postradas en una silla de monólogos.