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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

jueves, 29 de enero de 2015

John Kennedy Toole



Resulta que John Kennedy Toole escribió una obra titulada “La conjura de los necios” pero jamás la vio publicada. La envió a varias editoriales con la esperanza de que la publicaran pero todas la rechazaron. No sé si por esta falta de reconocimiento, pero poco tiempo después se quitó la vida. Y resulta también que su madre, al encontrar el manuscrito años después, lo llevó a varias editoriales con la misma intención, pero volvieron a rechazarla en numerosas ocasiones. Empeñada en su publicación y convencida de la calidad de la misma, insistió en intentar darle salida y se puso en contacto con un tal Walker Percy para que la leyera y posibilitara su edición. Según escribió Percy en el prólogo del libro, al principio receló de leerla pero cuando aceptó hacerlo quedó maravillado: no le parecía posible que la novela fuera tan buena. Y resultó al final que la obra, hasta entonces ignorada por todas las editoriales por las que había pasado, recibió el premio Pulitzer y fue uno de los libros más vendidos en muchos países. De todo esto, el bueno de John Kennedy Toole ni se enteró porque estaba ya bastante muerto, claro.

Esta historia me hace pensar acerca de lo que se me pasa por la cabeza cuando tengo una buena idea nueva –al menos buena y nueva para mí-. Me pregunto qué es lo que más me gusta de ello y considero varias opciones: las ventajas competitivas que me pueda aportar para medrar con respecto a los demás, compartirla para que medremos todos pero disfrutando del reconocimiento ajeno de que la idea es mía y no de otro, o sencillamente que se conozca y se aproveche por todos, independientemente de que se sepa o no que yo soy el autor o –literalmente- ideólogo.

Debo reconocer que en primera instancia lo que más me estimula es la segunda opción, es decir, la de que la disfrutemos todos pero cobrándome un reconocimiento en forma de estima hacia mí por parte de los demás. Creo que ya he superado la etapa de quedarme con la idea para utilizarla sólo en mi beneficio -eso lo tengo bastante claro- pero me queda aún el lastre psicológico de “necesitar” (y lo pongo entre comillas porque lo estoy dejando) un reconocimiento, aunque sea una leve palmadita en la espalda por lo que aporto a la comunidad. ¡Qué listo eres!, ¡hay que ver qué cosas más interesantes piensas!, ¡sólo a alguien como tú podría ocurrírsele algo así, tan bueno!... y caricias de ese tipo son las que me hacen sentirme pagado. Pero resulta que me parece demasiada dependencia esa de “necesitar”, aunque sea con comillas (“), ese parabién ajeno. Quiero conformarme sólo con dar. Y quiero hacerlo porque creo que es como más cómodo se tiene que estar. Además, dar sin esperar nada a cambio es matarratas contra las afrentas. 

Tirando un poco del hilo, la cuestión se puede simplificar hasta las siguientes sencillas preguntas: ¿Quiero trascender para alimentar mi ego o simplemente quiero que trascienda lo que llevo dentro? ¿Quiero siquiera trascender de alguna manera?

Imagino, por ejemplo, que se me da el don de escribir el libro de los libros, el Quijote de los Quijotes, la gran obra literaria que conjugue todas las ecuaciones prosaicas y poéticas y que haga palabra todo lo expresado y expresable, que apunte a todas las grandes verdades conocidas y por conocer, y que provoque un éxtasis intelectual y emotivo en cualquiera que lo lea, pero con la condición de que no se conozca mi nombre sino sólo la obra. Imaginando esto, que es mucho imaginar -pero que lo hago porque es gratis- me pregunto: ¿Aceptaría? ¿Lo haría gustoso? ¿Soportaría el anonimato ante tanta gloria perdida?

Son muchos los grandes autores -y me refiero a autores de vidas, no sólo de libros- que han muerto asesinados, arruinados o censurados o, en el mejor de los casos, ignorados y no suficientemente valorados, pero que luego, de forma póstuma son loados y hasta idolatrados (¡hay que ver el lustre que da morirse!). ¿Firmaría ser uno de ellos?

No sé por qué me da por pensar en estas cosas. Igual es porque no trabajo en una oficina, o porque no me deshumanizo atascado en la carretera para ir al trabajo, o porque no tengo novia, ni hijos (que yo sepa), ni hipoteca, o quizás porque no tengo futuro, o sencillamente porque no paso hambre, ¡qué sé yo!; el caso es que a falta de todas esas cosas mi cerebro se llena de aire y emplea su tiempo y pensamientos en este tipo de abstractos proyectos. Me empeño en poder responder con sinceridad que sí a esa pregunta -"sí, firmaría ser uno de ellos"- y pienso que por este objetivo bien merece la pena invertir una vida. Me encantaría hacer de mi existencia una obra de arte y dar valor sin la necesidad de ser valorado. Y esto está pensado para el día a día, no para la posteridad, a quien no tengo ni tendré el gusto de conocer. Ojalá que lo único que no pueda soportar sea no reventar, no que el reventón no lleve mi firma.

sábado, 24 de enero de 2015

¿Ciencias o letras?

1 + 1 = Dos

Me hace gracia la interpretación que solemos hacer de esta disyuntiva. Con toda naturalidad consideramos que lo normal es optar por una de las dos disciplinas y a continuación tener derecho a no saber nada en absoluto de la descartada, y con licencia además para decirlo sin ningún tipo de vergüenza, como quien tiene bula para la ignorancia: “Yo es que soy de letras”, es la contraseña del desconocimiento que suele aparecer en el carné de los ignorantes que están orgullosos de serlo. ¡Con qué facilidad concluimos que no hay nada importante allí donde no hemos estado!

Ya me dirás -zoquetillo indocumentado- lo que vas a escribir con tus letras si no sabes nada ni tienes ningún interés por los misterios de las matemáticas, la física, la genética, la química… como si el saber se pudiera cortar en trozos cognitivamente estancos como quien corta una pizza.

Una cosa es la especialización y otra el sistemático descarte de todo lo que no entre en un mapa configurado caprichosamente en función de nuestras carencias, dándole al conocimiento una especie de nacionalidad. En un acto de xenofobia neuronal tomamos a los números por invasores en el país de las letras y a las letras por indeseados colonos en el de los números. ¿Qué tipo de estúpida frontera es esa?

Habitualmente se cultivan las ciencias sin ningún interés por las letras, y viceversa, y no dejamos que corra el aire de un cultivo al otro. El hábito tiene tan poco sentido como lo tendría que a la pregunta de playa o montaña eligiéramos montaña y entonces nos tuviéramos que quedar toda nuestra vida sin ver el mar, o si por elegir playa no pudiéramos nunca dar una bocanada de aire fresco y vivir la maravillosa despresurización del alma que sólo en las alturas uno puede alcanzar. ¿Piernas o brazos? ¿Sordomudo o ciego? 

Si tienes hambre y te gusta la gastronomía no te vale con una de ciencias o bien una de letras. Lo que quieres es una de Cervantes en salsa de Newton a las finas hierbas de Watson-Crick regado con un buen caldo de Einstein, y de postre pastel de Hawkings con dulce de Machado. En la sobremesa me fumo un puro de Heisemberg-Nietzsche con un buen licor de espiritualidad, y me quedo tan a gusto. Yo es que soy de "y", no de "o", me gusta más copular que decapitar y todavía no he aprendido a dividir el viento. Y a ver si es que ahora a no querer ser un tullido lo vamos a considerar presunción. 

lunes, 19 de enero de 2015

Un par de alegatos de recámara


Contra la opinión indocumentada y gratuita:
¿Así que esa es tu opinión sobre mí, pequeño artrópodo? Y yo que te siento tan lejos te pregunto: ¿Qué saben las nieves perpetuas del núcleo de la Tierra? ¿Y las nubes de los fondos abisales? ¿Se han visto alguna vez las caras un cóndor y un pez dragón?
La opinión es una mariposa preciosa cuyo gusano es la pregunta y cuya crisálida es la reflexión. Opinar debería ser un privilegio de la razón, no una apetencia de la curiosidad. No conoces el abismo de mi pensamiento, un abismo que no podrías soportar. ¡Deja ya de morder mi paz con tus tísicos ladridos!

Contra el estado de las cosas: 
La propiedad es un rango, la riqueza se viste de virtud, la pasión por la verdad agoniza como un pelícano empapado de alquitrán, la falsedad es la vía más corta y loada para el éxito -que prostituye su significado en el mercado de lo fútil-, el sexo ha dejado su divino trono y ahora trabaja en un rastro vendiendo trapos rotos de colores desgastados, y los templos de los grandes valores sociales se sujetan sobre cariátides de alfeñique. ¿Que cómo va todo, me preguntas?

jueves, 15 de enero de 2015

Oriente pregunta a Occidente


¿Qué es más dignificante, la búsqueda de la igualdad o la asunción de la desigualdad? Si no hay dos cosas iguales, dos momentos iguales, dos emociones iguales, dos huevos iguales, dos galaxias, dos células ni dos gotas de lo que sea iguales, ¿por qué ese empeño en igualarlo todo?

¿Qué es más importante, el individuo o la comunidad? ¿Acaso tiene sentido un individuo sin pertenecer a alguna comunidad, ya sea terrenal o espiritual? ¿Por qué entonces esa búsqueda obsesiva y acomplejada de potenciación del yo? ¿No tendría más sentido su disolución? ¿No convendría ver el yo más como un problema que como un objeto de adoración? ¿Te imaginas la paz de no tener yo? ¿Te imaginas la plenitud de ser Todo?

¿Verdad? ¿Qué no es eso? ¿Dónde no está? ¿Hay algo que no tenga algo de verdad? ¿Alguna verdad es capaz de estarse quieta? ¿Acaso lo falso no es verdaderamente falso? ¿Por qué afrontar la búsqueda de la verdad con un maniqueísmo de blanco y negro si se trata de colorear el arco iris?

"No hay más que un solo Dios y no tendrás a otros dioses junto a mí". ¿No es la frase más atea posible? ¿Desde cuándo Dios es huraño y celoso? ¿No es precisamente la pluralidad la esencia del Todo?

¿Derechos? ¿No son flores de una planta que se riega con deberes? 

lunes, 12 de enero de 2015

Amigo viajero


Tengo un amigo al que le han robado la voz y ahora habla con ecos.
Es capaz de contarte el Quijote con una mueca,
de ahogarte en una lágrima,
de beberse dos mares con una sonrisa,
y de provocar tsunamis con sus párpados.

Mi amigo se ha ido de viaje en un asteroide silencioso
en el que se dedica a aplastar volcanes sólo con el pensamiento.
Me cuenta que desde donde él está
el planeta Tierra se ve como un lugar en el que
las respuestas terminan con un signo de interrogación,
y en el que la línea del tiempo se cierra sobre sí misma
de manera que el antes y el después se mezclan
para formar un ahora que parece un siempre.

En sus ratos libres sueña que de mayor se convierte en
el cráter del Ngorongoro, las cataratas Victoria,
viento que despeina o nube en el desierto,
aunque dice que tampoco le importaría ser nieve para canear montañas,
o gaviota, o calamar gigante,
o incluso fotón para crear un color nuevo.

Mi amigo ha hecho un viaje tan largo que sin darse cuenta se ha tragado el horizonte,
ha dado la vuelta al Universo
y se nos ha aparecido a todos por detrás
para explicarnos con un susurro que no hay cerca ni lejos,
ni sí ni no, ni bien ni mal,
sino una cosa compleja que se llama Amor
que sirve para volar en un cielo sin suelo
en el que aterrizar es lo mismo que despegar

Mi amigo es el gran Manolo.
Manolo García Aznar.


-Desde Anantapur (Andra Pradesh), India, mando un cariñoso y cercano abrazo para él y su familia, y en particular para su hermana Rocío, con quien comparto alma-.