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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

martes, 22 de diciembre de 2015

Mis experimentos con la psique XIII. Beber de mí.


Muchas veces me ha pasado que he estado buscando las llaves pensando que las había perdido y al final ha resultado que las llevaba encima, y hasta me ha llegado a ocurrir buscar las gafas llevándolas puestas. El colmo de este tipo de cosas lo viví en Madrid. Un día salí temprano de casa y me dirigí a mi coche para ir a la oficina, pero resultó que mi flamante deportivo no estaba en su sitio: ¡me lo habían robado! Me llevó toda la mañana desplazarme en metro y autobús para encontrar una comisaría y denunciar su desaparición. Ya en la puerta de la comisaría, profundamente afligido por la pérdida, consideré de repente la posibilidad de que estuviera en un sitio diferente al que yo pensé que tenía que estar. Confuso y atontado volví a casa, busqué en este otro lugar y resultó que el coche había estado siempre allí. Se ve que como cada día aparcaba en un sito diferente -donde podía- mis recuerdos se habían cruzado y creí que había dejado el coche en un lugar en el que en realidad lo había aparcado un par de días antes, no el día anterior. Al llegar a la oficina, ya por la tarde, y después de haber perdido toda la mañana padeciendo sin necesidad a causa de mi despiste, dije que había pinchado y que por eso no había podido ir a trabajar. Me pareció una buena idea mentir de esa manera para no pasar por tonto y perder toda la credibilidad delante de mi jefe y compañeros porque se me hacía más fácil imaginar la indulgencia ajena hacia alguien que pincha antes que hacia alguien que no se acuerda ni de donde aparca. Lo que de verdad me ocurrió era digno de un estulto profesional, así que mi ego prefirió escamotearlo profesionalmente.  
Este episodio -absurdo donde los haya- así como el de las llaves y las gafas son sólo una manera de sugerir que muchas veces la solución está tan cerca de los supuestos problemas que quizás por esa misma razón cuesta encontrarla. Más aún, puede que lo que llamamos problema sea la solución misma.

Con la búsqueda del verdadero yo pasa algo parecido. Si yo soy el problema, yo soy también la solución. Uno mismo está evidentemente en uno mismo, así que para encontrarse no hay que irse muy lejos. Se trata de dejar de ser lo que uno no es, de dejar de buscar fuera, y automáticamente, por defecto, se pasa a ser quien uno verdaderamente es. Es como esperar a que pase un nublado para ver el sol o como sentarse en la orilla para que el barro y las hojas del río se vayan al fondo y se pueda beber agua cristalina donde antes sólo había una curso sucio.

Por otra parte, encontrarse no es algo que se parezca a marcar una muesca en la lista de méritos personales, no es una consecución más. Descubrirse no es un logro adicional, es decir, no es algo cuantitativo, sino eminentemente cualitativo porque se experimenta al mismo tiempo que no es necesario añadir nada a lo que ya se es, o dicho de otra manera: no se necesita hacer nada para ser quien uno es. Esto el descubrimiento definitivo, el uno dividido por cero de la ecuación vital. Es empezar a vivir. 

En términos prácticos se puede pensar que al tenerlo todo se ahogará uno en la pasividad del que nada necesita, pero lo que ocurre en realidad es que al encontrar la identidad más allá de las formas, las formas se multiplican y se pasa de repente de ser pescador a ser caña, y pez, y almadraba, y atún, y plato cocinado, y todo a la vez. Cuando bebes de ti mismo los relojes se deshacen como en los cuadros de Dalí, los miedos se mueren de miedo, nunca más se siente la necesidad de pelear, la luna siempre es creciente y se baila con la vida un vals.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Mis experimentos con la psique XII. La fragua y el herrero.


¿Qué podría pensarse de alguien que está pegándose puñetados en su propia cara? Bueno, supongo que lo primero que se podría pensar es que no está bien. Autolesionarse parece patológico, duele y tiene tintes de locura.

El caso está claro cuando se trata de una mano que golpea, pero no lo vemos tan claramente cuando es nuestra mente la que nos machaca. Cuando nuestras ideas nos torturan, cuando nuestros miedos y ansiedades nos paralizan, y cuando nuestras caprichosas consideraciones sobre la propiedad nos hacen sentir celos y envidia, pensamos que el arreglo pasa necesariamente por cambiar la realidad externa que nos provoca esas emociones, no por parar nuestra mente para que deje de agredirnos con la interpretación que ella hace de esa realidad externa. 

La mente es un instrumento más de nuestro cuerpo -igual que lo es una mano- pero, a diferencia de la mano -que en condiciones normales utilizamos sólo cuando es necesario- la mente actúa compulsivamente en todo momento y no para de generar ideas, la mayor parte de las cuales son inservibles y responden a viejos patrones de pensamiento que pueden llevar establecidos décadas en nuestra cabeza. Haciendo un sencillísimo ejercicio como cerrar los ojos y observar los pensamientos que se le vienen a uno a la cabeza se puede comprobar lo absurdo, inútil y negativo de muchas de las ideas que se conciben. ¿Por qué dejamos con tanta naturalidad que nuestra mente nos haga daño? Probablemente porque nos identificamos con ella, con nuestras ideas y nuestras emociones, y por tanto en última instancia pensamos que somos nuestra mente y que más allá de ella no hay nada. Si no pienso, entonces ¿qué soy? -nos preguntamos-. Sin embargo, "pienso luego existo" no quiere decir que sólo haya pensamiento en mí, de la misma manera que "esta mano es mía" no quiere decir que yo sólo sea una mano. Muchas veces me he preguntado dónde habrá ido a parar la energía que he gastado a lo largo de mi vida en preocuparme de cosas que luego no han ocurrido. Si me la devolvieran toda de golpe creo que podría darme un paseo por la vía láctea haciendo cabriolas de planeta en cometa.

Si viéramos la mente como un instrumento con la misma clarividencia con la que vemos que lo es nuestra mano, nos llamaría tanto la atención una persona afligida por su pasado o temerosa de su futuro como nos la llama alguien que se está dando puñetazos a sí mismo. La aflicción que provoca el pasado y el temor al futuro son puras ilusiones mentales, no existen más que porque nuestra mente las crea.

No puedo llamar locura a una enfermedad que afecta a siete mil millones de personas porque esto de la locura es algo que se mide en términos cuantitativos, pero aunque no pueda llamarlo así porque son arrolladora mayoría los locos, lo cierto es que la autoagresión mental es la patología más extendida entre los hombres, la pandemia humana por excelencia, la cordura más loca. Pero es igualmente cierto que se puede trabajar para controlar la mente, para pensar sólo cuando sea necesario, para aliarnos con ella y así evitar que nos esclavice; es decir, podemos ser dueños de lo que pensamos, y no al revés. La mente es una fragua que se cree herrero. 

La solución comienza por un pequeño cambio, un pasito decisivo, una minúscula consideración: La mano forma parte de mí, pero yo no soy mi mano; la mente es una herramienta, pero yo no soy mi mente. Y al igual que la pobreza no está hecha para ser entendida sino para ser erradicada, esta verdad no está para ser interpretada, sino para ser vivida.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Mis experimentos con la psique XI. Aceptación.


Hay en mi habitación del campus de la Fundación Vicente Ferrer un cuadro en la pared con una frase del propio Vicente que reza así: “¿Cómo es que Dios, siendo perfecto, creó un mundo con tantas imperfecciones?” Y ahí se queda el texto, abierto, sin respuesta, supongo que para que cada uno piense en la suya. Por mi parte, si no respuesta, sí tengo al menos algo que decir al respecto de la frase, y lo resumo en la siguiente reflexión: 

Imaginemos el Universo, es decir, imaginemos todo lo que queramos y podamos imaginar. Lo infinito y la infinitud, todo lo bueno y lo malo, lo que importa y lo que no, los planetas y los satélites, los millones de galaxias, la materia negra y la antimateria, la luz…, en fin, todo. Pongámoslo en la imaginación y llamémoslo Universo o cosmos, o creación. ¿Ya?, ¿está ya en la cabeza?, ¿lo tenemos todo? Bien, pues si eso que tenemos es el todo, entonces no es comparable con nada, porque si lo fuera querría decir que hay algo más con lo que puede compararse que no habíamos incluido en el todo. El todo no es, pues, comparable ni calificable. El todo sólo puede ser, y en la medida en la que es exactamente como es, entonces es perfecto. Lo que nosotros llamamos imperfecciones –y normalmente solemos llamar imperfecciones a lo que nos hace sufrir- no son sino despliegues del ser -el único que hay, el Todo, el Uno- que interpretamos relativamente en función de nuestra capacidad. Es decir, que las imperfecciones -por así llamarlas- también tendrían un sentido, pero, precisamente por ser limitada nuestra capacidad, es imposible que lleguemos a entenderlas absolutamente. 

Intentar entender el despliegue del Universo y el porqué de todas las cosas de una forma racional sería como intentar entender un cuadro a partir de tocarlo con un dedo y de analizar la pintura que quedara en la punta del dedo. La pintura en nuestro dedo no tiene sentido, no aporta nada, es inservible para inferir de qué va el cuadro en su completitud. Nuestra naturaleza cognoscente nos exige una investigación, pero nuestra capacidad mental nos da una respuesta relativa, vaga, parcial, a la medida precisamente de nuestra pequeñez. Nuestra mente no lo ve, pero está claro que la pintura que ha quedado en nuestro dedo tiene un sentido. Ahora bien, lo tiene y se entiende sólo cuando está en el propio cuadro, formando parte de la totalidad que ayuda a representar. Desde el momento en que se entiende que todo es Uno, entonces resulta natural comprender -repito, no racionalmente- que el mundo no es imperfecto porque ese Uno es exactamente como es. Asumir este razonamiento es una forma de suicidio para la mente, que se siente aniquilar, y por eso se opone exigiendo más datos y produciendo sensación de incompletitud con cualquier respuesta. Sin embargo, reconocer esta verdad desde dentro, más allá de la idea que representan las propias preguntas y respuestas, es literalmente aceptar, y aceptar es el primer paso para llegar al conocimiento del verdadero yo, eso que participa del todo y que nos permite entender allende los pensamientos. 

Y esto no es una utopía, es algo muy real. Después de milenios de injusto encarcelamiento, la Aceptación es por fin libre en algunos hombres. Hasta ahora permanecía recluída en la prisión de los defectos de la psique humana compartiendo celda con la pasividad, el determinismo, el pesimismo y otros aguadores y empequeñecedores de felicidad. Aceptación fue acusada de cobarde y de asesina de entusiasmos durante los comienzos de la dictadura de la mente, y ha permanecido vejada y vilipendiada en el fondo del corazón de los hombres desde entonces, acompañada de todas las miserias que allí moran. En el juicio en el que fue condenada, Aceptación argumentó que ella nunca pretendió hacer apología de la indolencia sino simplemente proponer la asunción de lo que no se puede cambiar, lo cual es en sí un acto lógico, pero la mente, severa, injusta y prejuiciosa la condenó al ostracismo de las virtudes. Se le acusó también de entorpecer el progreso humano, y aunque nunca quedó claro –ni lo está aún- qué cosa sea esa del progreso, cuántas vertientes tiene, ni hacia dónde se dirige, la condena y el encierro se hicieron efectivos. Ahora que por fin es libre, ha declarado que no siente rencor alguno, pues eso le haría seguir siendo presa -en este caso de sí misma- y que va a aprovechar su libertad para dedicarse a criar alas en las almas de los hombres. Lo primero que hay que hacer para llegar a entender algo es entender que no se entiende, y lo primero que hay que hacer para cambiar algo que no gusta es aceptar que antes de cambiarlo es como es. Esta verdad de Perogrullo parece que fuera sólo de Pedro Grullo, y no patrimonio de todas las psiques, que tan reacias son a aceptar lo que en buena lógica y conveniencia es inaceptable no aceptar.

Ya lo dejó claro mi abuelo vendiendo nueces en el mercado: Nueces pochas hay; eso es seguro. Aceptarlo hace que uno no se pelee con la vida y posibilita que ésta se exprese con naturalidad. Decir sí a lo que es, es la definición de vivir y la clave para comprender. 

domingo, 8 de noviembre de 2015

Mis experimentos con la psique X. Abrazar un cactus.


Durante más de una década de mi vida dediqué la mayor parte del tiempo de mi día a día a vender por España y algunos países de Europa productos de última tecnología utilizando el verbo para convencer, la sonrisa para seducir y la corbata para figurar. Durante esa etapa estreché con firmeza cientos de manos de ejecutivos para firmar con ese gesto otros tantos acuerdos comerciales, muchas veces sumamente sustanciosos económicamente. 

Cuando esa etapa terminó, me deshice de la corbata y ejercí de voluntario durante algo más de un año enseñando a leer y escribir y a sumar y restar a niños de preescolar en un colegio rural de la Tanzania profunda utilizando la tecnología más básica: Un lápiz y un papel. Al cambiar el decorado exterior pasando tan radicalmente de lo opulento a lo pobre, se produce dentro de uno mismo una evolución que sirve, entre otras muchas cosas, para relativizar lo hasta entonces sabido y para llenar de contenidos nuevos palabras como por ejemplo “importante”. Uno pasa de decir: “Es muy importante conseguir que esta empresa nos firme este contrato”, a decir, por ejemplo: “Es muy importante que estos niños coman al menos una vez al día”. Al vivir en primera persona situaciones tan diferentes y ver sin embargo que los términos utilizados son los mismos, se da uno claramente cuenta de las naturales limitaciones del lenguaje y de la vacuidad de algunas palabras, como por ejemplo “importante”, de manera que se concluye que la información más valiosa y real viene dada sobre todo por la comprensión de la situación en que se está más que por lo que en esa situación se dice. Es el contexto lo que da sentido al texto. 

El trabajo que estuve desarrollando en Tanzania era muy emocionante, pero para entenderlo bien también hay que situarse bien. Probablemente el trato con los niños era lo más significativo, pero había muchas otras cosas aparte de la relación con los alumnos en la escuela. Antes de mudarme a Newland -el pueblo mismo en el que estaba el colegio- residí en un hostal en Moshi -la ciudad más cercana- compartiendo habitación con los voluntarios que iban y venían. Algunos se quedaban una semana, otros un mes, otros medio año... así que pude mantener con ellos muchas relaciones de todo tipo, desde las cortas pero intensas hasta las largas pero insulsas. Entre otras tareas, me encargaba de darles la bienvenida, de guiarles en su incorporación al colegio y de asignarles funciones dentro de las clases. Además, regentaba el hostal junto con otra compañera, así que había muchos días en que, aparte de dar clase en el colegio durante unas cinco horas por la mañana, también me entretenía por la tarde recibiendo y dando habitación a clientes que venían a hacer noche en el hostal y que nada tenían que ver con el voluntariado. Ponía los desayunos y las cenas, hacía la compra, pagaba a los proveedores, atendía el correo para confirmar reservas, organizaba taxis para recogidas de clientes y voluntarios del aeropuerto, etc. Lo más duro para mí era que en función de los vuelos que cogían, podían llegar de madrugada y tenía que esperarles despierto para adjudicarles su habitación. A veces llegaban un par de ellos a las 2:00 AM, por ejemplo, otro a las 4:00 AM, y otro a las 5:00 AM, así que acababa durmiendo poco y mal, y como me solía levantar a las 6:00 AM, había días en los que empezaba la jornada muy castigado. El trabajo allí fue sobremanera intenso en todos los sentidos. Si en algo encontré la paz, no fue en la inactividad sino en el tipo de actividad que desarrollaba. Simplemente me gustaba lo que hacía, en parte por su carga emotiva, en parte por la novedad que para mí todo eso suponía. En cuanto a mis honorarios, venían a ser al cambio unos 75 Euros, que, teniendo en cuenta el país en que estaba, yo consideraba más que justos. Desde un punto de vista habitual de rendimiento económico podría pensarse que lo que estaba haciendo era una auténtica estupidez, porque en mi anterior etapa había tenido sueldos de cifras casi pornográficas, pero para mí fue muy gratificante comprobar que el dinero ya no era la motivación de mi actividad personal, y eso sí que no estaba pagado. 

Pues estando yo inmerso en estas lides, resultó que un día llegó una voluntaria muy particular. No tengo muy claro lo que a esta chica le hizo sentir como creo que se sintió, pero el caso es que fue desarrollando poco a poco una cierta ojeriza hacia mí -o por lo menos así lo percibía yo- que tuvo un punto culminante que voy a contar a continuación. Pienso que quizás fue por el gran desgaste que suponía dar clase a unos niños que por lo general le tomaban a uno por el pito de un sereno, por el calor abrasador que hacía en las aulas, por el efecto de la hiperrealidad del día a día en la escuela, porque el sueño mismo de visitar África una vez realizado deja de ser un sueño y da lugar a un vacío que puede ser frustrante, o quizás sencillamente porque mi gestión era nefasta, pero el caso es que fuera por lo que fuere una noche durante una cena en el hostal ella explotó y dijo unas cuantas cosas que me dejaron muy mal parado. La situación fue como sigue:

En Newland estábamos construyendo una escuela nueva utilizando para ello botellas de plástico rellenas de arena en vez de ladrillos. Así se reducían costes y además se reutilizaba el plástico. La idea era muy buena, aunque lo de rellenar las botellas era verdaderamente duro porque se hacía al sol y después de horas allí la arena se acababa colando en los ojos y hasta en la zona recreativa. Una mañana que fui a la obra con el fin de organizar los turnos de trabajo entre los padres de los alumnos -que eran quienes mayoritariamente hacían esta tarea- tuve que ausentarme del aula y dejar a la voluntaria en cuestión sola en clase con los niños. Se conoce que se estresó tanto y se sintió tan desamparada que entre lo que llevaba acumulado y lo que vivió ese día perdió definitivamente la paciencia conmigo y supongo que al ser yo el coordinador del proyecto, me consideró el principal culpable de su malestar. La consecuencia fue que más tarde, durante la cena en el hostal, -en presencia de otros voluntarios y de gente a la que yo tenía que rendir cuentas- escuché uno de los discursos más ásperos y a mi entender injustos que me hayan dedicado en toda mi vida. Hablaba de mi incompetencia como coordinador, de mi incapacidad para escuchar, del desentendimiento de mis responsabilidades, de mi holgazanería, de que si encima yo cobraba y no hacía lo que tenía que hacer, y hasta de si andaba liado con una voluntaria y estaba más centrado en ese lío que en mis quehaceres. En fin, que aquello fue un auténtico "sincericidio". Ella lo sentía así, y así lo dijo, sin ningún tapujo. Debo reconocer que hoy en día lo veo como algo casi novelesco y cuando me acuerdo me río con suficiencia, pero entonces aquel tsunami de vituperios me hizo polvo. 

Mientras ella hablaba, mis emociones fueron cambiando de manera esquizofrénica. Por una parte entendía su malestar, pero por otra me sentí herido y maltratado y tuve ganas de defenderme atacando. A continuación, casi sin darme tiempo para terminar de sentir una cosa, aparecía la compasión, pero inmediatamente, con el dolor de los golpes que recibía venían el enfado contenido, la ira y el odio, y luego otra vez la empatía, y así estuve vagando internamente entre una cosa y su contrario durante su exposición. Cuando terminó, se hizo un silencio que evidentemente me estaba dando la vez para que yo me manifestara, pero no sé por qué razón no hice ni dije nada. Me quedé sentado como estaba, perdí mi mirada entre los platos y no pronuncié ni una sola palabra aunque tenía un volcán erupcionando en mi interior. Los segundos pasaban, mi pose inexpresiva se mantenía mientras rumiaba las emociones que he descrito, y finalmente la situación se diluyó y se apagó como se apaga una vela soplada por el silencio. Al día siguiente intenté seguir haciendo mis tareas como si nada hubiera pasado y pocos días más tarde ella se marchó del proyecto.

Un amigo me confesó su admiración por mi reacción, o más bien por mi falta de reacción ante aquella borrasca que me calló encima. “Yo no podría haberme callado como tú" -me dijo-. "A mí me dicen eso y reviento”. Sin embargo yo no estaba ni de lejos satisfecho con mi actitud. No por no haber reaccionado negativamente, sino por haber tenido que hacer un esfuerzo tan grande para no hacerlo. De hecho, la energía que estuve conteniendo mientras me ponían a parir la evacué durante los días siguientes con un marcado pesimismo. El único mérito que tuve fue el de orientar la energía negativa que se creó en mí hacia un lugar diferente de aquel del que provenía. Con el tiempo he llegado a entender que aquel día tuve algo así como un examen sorpresa, y que aunque aparentemente lo aprobé con nota por mi actitud externa, en realidad yo sé que lo suspendí porque por dentro experimenté ira y odio. Y es precisamente a aprobar ese tipo de exámenes a lo que quiero orientar mi vida, así que hoy no siento más que agradecimiento por haber vivido aquella situación tan iluminadora. 

Una de las escenas que más me gusta de la película Matrix es cuando el protagonista, Neo, detiene con parsimonia las balas que los agentes le disparan. Hay otras escenas en las que evita las balas con movimientos increíblemente ágiles, y no le niego el mérito a esa forma tan espectacular de solucionar el problema de que te disparen, pero cuando Neo demuestra su poder, donde se ve claramente en la película que él es "el elegido", no es cuando esquiva las balas acrobáticamente sino cuando las detiene cogiéndolas con toda naturalidad como quien coge una flor de una rama. En el ejemplo que nos ocupa, digamos que fui capaz de esquivar las balas porque con mi silencio no azucé las llamas del desencuentro, pero no fui capaz de pararlas porque la cizaña creció dentro de mí. 

En términos poéticos, a veces imagino que me convierto en luz y que me curvo en el espacio-tiempo emocional en las proximidades de un agujero de gusano que conduce a un mar de gratitud en el que disuelvo mi ego como se disuelve un grano de sal en el agua, desapareciendo como grano pero produciendo salinidad a su alrededor. Imagino que me desidentifico definitivamente del miniyo, esa piedra en el zapato que nos impide viajar con comodidad a lo largo de un itinerario -la vida- en el que el concepto de individualidad es en realidad una estupidez, ya que todo tiene que ver con todo. Yo no soy distinto de quien me critica, ni la crítica es distinta del crítico ni del criticado porque todo es uno. Y representa un descubrimiento extremadamente revelador sobre nuestra capacidad comprobar que lo que uno siente no está influenciado por los hechos, sino por las interpretaciones que uno hace de esos hechos. En última instancia, pase lo que pase y digan lo que digan, lo que uno piensa es responsabilidad y potestad suya. 

Es esta extraña pose de la libertad -que parece como que quisiera esconderse coquetamente detrás de un velo de dificultad- la que más me seduce, la que persigo y la que a veces -de momento sólo a veces- vislumbro. Y no es que lo persiga porque me disparen mucho, porque me critiquen injustamente todos los días, ni porque las circunstancias de la vida me sean en general desfavorables, sino porque veo en no tomarse las cosas como algo personal una manifestación muy clara de la infinita potencialidad que tiene el ser humano. Verse como parte de un todo y no como un individuo independiente permite desplegar más fácil y creativamente los talentos y hace que uno sea más vital y menos vulnerable. Esta es para mí ahora la nueva acepción del término "importante", porque sé que del conocimiento del verdadero yo se nutre -entre otros muchos- ese superpoder: El de parar las balas con sosiego, el de abrazar los cactus con amor.  

viernes, 30 de octubre de 2015

Mis experimentos con la psique IX. Lo inverbalizable.


Las sombras y los charcos no son referencias fiables para saber dónde uno está, porque aparecen y desaparecen. Por la misma razón, los pensamientos que uno tiene y las circunstancias en que uno se encuentra son igualmente poco fiables para saber quién uno es. Las circunstancias cambian vertiginosamente y los pensamientos se generan y desaparecen al ritmo compulsivo al que trabaja la mente. Todo, pues, está en continuo y frenético cambio. Para distinguirse entre toda esta vorágine, para saber dónde está el verdadero yo, hay que buscar el palo de la bandera, el eje de la ruleta, el sol detrás de las nubes. 

Eso se consigue convirtiéndose en el observador de uno mismo, saliéndose del cuadro del que se forma parte para poder verse desde fuera. Detrás del ego está el verdadero yo, fuente de vida y de infinita sabiduría que participa del Uno inmarcesible e indivisible al lado del cual el pensamiento más brillante de la mente más poderosa es como un granito de arena en una interminable playa bañada por la totalidad.

Esto no hay que entenderlo intelectualmente, y las palabras no hacen sino adulterarlo y simplificarlo. Esto sólo hay que experimentarlo, y para conseguirlo hay que dejarse ser. Se pude hablar de Dios, pero parecería que uno está dando misa; se puede hablar de fuerza, pero parecería que uno quiere completar el guión de La Guerra de las Galaxias; se puede hablar de energía, pero se correría el riesgo de desviar la atención a alguna de las acepciones más comunes de una palabra muy utilizada que además representa todo lo que existe, porque no hay nada que no sea energía; o bien se puede hablar simplemente del ser humano desnudo de juicios racionales, esa única y exquisita expresión de la Naturaleza, mordisco de perfección que habita en un mundo libre de antónimos donde su única misión y razón de ser es ser, y que es perfecto en la medida en la que es exactamente como es.

Antes de los logros están los hábitos, y antes de los hábitos los hechos; antes de éstos suelen estar las palabras, y antes de éstas los pensamientos. Y aunque pensemos que ahí se acaba el cuento -y lo pensamos precisamente porque pensamos-, antes de la actividad mental está la potencialidad pura, la que da lugar a todo lo que existe, la esfera transparente carente de todo color y capaz precisamente por ello de reflejar cualquier color. Resulta desconcertante para la mente, y por tanto paradójico para las palabras, la experiencia esencialmente vital de que uno es una expresión de algo que al mismo tiempo es la nada creadora y el todo potencial.

El yo verdadero es demasiado grande como para meterse en una bolsa de neuronas con la que la mente sale de paseo emperifollada de pensamientos por este mundo de formas. Las ideas son al hombre lo que la ropa al cuerpo, lo que las olas al océano, lo que las nubes al cielo, o lo que los rayos al sol. La verdadera identidad no tiene límites ni definición, como no tiene el río un punto exacto en el que desemboca ni un momento concreto en el que vuelve a nacer. Simplemente pasa, simplemente es.  

domingo, 11 de octubre de 2015

Mis experimentos con la psique VIII. Destellos del verdadero yo.


Recuerdo que cuando era pequeño, en clase de dibujo nos ponían como ejercicio copiar en una hoja en blanco lo que aparecía, por ejemplo, en una fotografía. Para poder hacer la copia mejor de lo que la simple intuición o el particular ojo de buen cubero de cada uno diera de sí, nos proponían hacer a lápiz sobre el original una rejilla de cuadrículas. Después, sobre el folio en blanco del bloc de dibujo se hacia otra rejilla equivalente con el mismo número de cuadrículas, y a continuación se copiaba uno a uno el contenido de cada cuadrícula del original a la correspondiente del bloc. De esta manera, por razones obvias, se conseguía hacer el dibujo completo más atinadamente que sin cuadrícula. 

Yo creo que de la misma manera que la cuadrícula no existía en el original y acababa borrándose en la copia, el tiempo tampoco existe en el universo. Es sólo un recurso que la mente aplica sobre la realidad cambiante para poder aprehenderla y “copiarla” en el archivo de ideas que es capaz de “dibujar”. Lo único que existe es el cambio, la impermanencia, y para entender ese concepto nuestra mente crea el tiempo. No sólo pienso y siento eso, sino que afirmo que lo único que existe es el presente, y que el pasado y el futuro son sólo ilusiones tan reales como los unicornios, las ranas peludas o las vacas voladoras. Y la verdad es que tampoco hace falta discurrir mucho para defender esta idea; se puede hacer muy fácilmente con otra idea, a saber: Es verdad que puede haber muchas cosas que pasen fuera de aquí, ¿pero acaso es posible algo que ocurra fuera del ahora? ¿Alguien ha experimentado, hecho, pensado o sentido algo fuera del ahora? Nunca nada pasó en el pasado, pasó en el ahora, y nunca nada pasará en el futuro, pasará en el ahora. 

Esto quizás pueda parecer muy evidente pero el ego raramente opera en función de esta obviedad. Para él sólo son importantes el pasado y el futuro. Él se dedica a crear tiempo psicológico de la misma manera que los vietnamitas se dedicaban a escavar túneles. Crea el pasado para que me identifique con mis grandezas o miserias pasadas, y se inventa el futuro para encomendar mi felicidad a ciertos logros que están por llegar, y de esta manera acaba construyéndose dentro de mí una auténtica galería subterránea sin que yo lo sepa, igual que el ejército americano no tenía ni idea de lo estaba pasando justo debajo de sus pies. La vida en esa galería se fundamente en dos máximas: Una es la de diferenciarse de todo lo demás, y la otra es la de no estar nunca en el presente, y ambas llevan al desamparo. La diferenciación hace que pensemos que todo lo que existe puede dividirse lógicamente en dos cosas: una soy yo, y la otra todo lo demás. Por otra parte, como no puede ser de otra manera, vivimos únicamente en el ahora mientras que nuestra mente está siempre en el pasado o en el futuro, lo cual crea una brecha de ansiedad de la que no salimos casi nunca.

Hay, sin embargo, algunas ocasiones en las que todos, por despistamos que andemos, salimos de esa brecha y tenemos vislumbres de nuestra verdadera identidad, y estos momentos se dan precisamente cuando perdemos la identidad. Me explico: 

Durante mis viajes por África he podido disfrutar de paisajes sobrecogedores. Guardo un lugar especial en mi memoria para el extraordinario espectáculo que representan las cataratas Victoria de Zambia durante la época de lluvias. Cuando las vi me quedé paralizado. Aquella inmensa cabellera blanca de más de un kilómetro de larga y cien metros de caída era una expresión tan salvajemente bella de la Naturaleza que por unos instantes confundí lo que yo era con lo que estaba viendo. No es que hubiera una catarata en frente de mí y que yo la estuviera admirando, es que aquello sencillamente era, en presente puro, y yo formaba parte indistinta de ello. De alguna manera y por unos instantes, sentí que yo era la catarata y que la catarata era yo, y que allí no había más que una sola cosa. Cuando observamos un paisaje, o el cielo estrellado, o cuando miramos al mar disfrutando de un atardecer, o cuando nos quedamos embaucados con la sonrisa de un niño, ocurren dos cosas que nos sobrecogen y nos hacen sentir esos momentos como especiales. Una es que el observador y lo observado se confunden, y la otra es que somos puro presente. De esta manera nos colamos, aunque sólo sea por unos instantes, en un estado de consciencia que está más allá de nuestra mente y de nuestro ego. Ejemplos como estos muestran destellos del Ser, algo que no necesita adjetivarse ni diferenciarse, algo que únicamente es. Después de unos instantes, normalmente la mente pasa a ocupar su lugar preeminente y comienza a calificarlo, no necesariamente de manera negativa, ni mucho menos, pero empieza el proceso de intelectualización de la experiencia. "Son unas cataratas preciosas", "impresionantes", "dignas de ver", etc. Aparezco, pues, yo, como observador conmocionado, y aparece la cascada aparte, como fenómeno observado. Esta parte calificable es la manera en la que estamos habituados a vivir, más racional, más comprensible, verbalizable. La experiencia primera, sin embargo, aquella que es atemporal y en la que uno se confunde con lo que ve porque literalmente se funde en ello como parte suya, esa se suele esfumar. Y se esfuma porque el ego sopla sobre ella.

Que no podamos disfrutar durante más tiempo de estos misticismos a los que nos invita la Naturaleza se debe a que durante su disfrute el ego desaparece y, evidentemente, como cualquier entidad -ya sea física o mental- él quiere pervivir, y eso de desaparecer no le gusta nada, le da miedo. El miniyo es muy vulnerable e inseguro, y se ve a sí mismo bajo continua amenaza, y en este estado la emoción ulterior no puede ser otra que el miedo, y el miedo en nuestros días está más que preñado y ha dado a luz a más que a sextillizos. Tenemos miedo a fracasar, a no dar la talla, a la opinión ajena, a perder nuestro trabajo, a una enfermedad, a que lo nuevo se acerque a nosotros porque puede que sea peor o mejor que lo que tenemos, etc. Hay miedos de todos los tipos y de todos los colores, y además suelen venir disfrazados de precaución para colarse aún con más disimulo dentro de nosotros, disolverse en nuestras venas y circular con toda fluidez y naturalidad por todo nuestro organismo, constituyendo así el aire que se respira por las galerías del ego. Y uno de los miedos más significativos que tenemos, el miedo entre los miedos, es el miedo a desaparecer y, en última instancia, el miedo a la muerte.

Me he preguntado muchas veces durante mucho tiempo por qué me ha fastidiado tanto que alguien tuviera una opinión diferente a la mía, ya fuera errónea o correcta. Durante casi toda mi vida, cuando he hablado o discutido con alguien sobre cualquier tema me he solido quedar escuchando con educación a que la otra persona se explicara, pero cuando notaba que sus argumentos eran flacos o no tenían fundamento alguno, entonces, aparte de intentar hacerle entender los míos -que vamos suponer para este ejemplo eran los correctos- sentía también una especie de angustia de que me llevara la contraria. Digamos que no me valía con tener razón, sino que me dolía que la otra persona no lo reconociera. Me aferraba a mis ideas y a mi conocimiento como a algo que además de ser cierto me identificaba, y por tanto una opinión ajena que no considerara este conocimiento como verdadero me hacía sentir que yo desaparecía, que no estaba, que, de alguna manera, moría. Esta ha sido la semilla de la constante y compulsiva necesidad de tener razón en las discusiones y de hacer entender a la otra persona que estaba equivocada. Este impulso irresistible a que los demás piensen como uno mismo es la clave que lleva a tantos desencuentros, y ha sido también para mí algo que me ha hecho perder importantísimas batallas aun habiéndolas ganado. Uno no pierde cuando no tiene razón, sino cuando tiene necesidad de tenerla, la tenga o no. 

Si uno se identifica con su mente, entonces el sentimiento de identidad basado en las ideas que defiende se ve amenazado con la aniquilación cuando éstas no se aceptan, así que el miniyo no puede permitirse el lujo de estar equivocado porque estar equivocado es morir. Sin embargo, si uno consigue desidentificarse de su mente da absolutamente igual tener o no razón a la hora de considerar quién uno es. Se puede manifestar clara y firmemente lo que se siente y qué se piensa, pero sin agresividad ni poniéndose a la defensiva en ningún momento porque el sentido de identidad no nace de la mente, sino de un lugar más profundo dentro de uno mismo. Nace del verdadero yo.

- Anantapur (Andhra Pradesh) - India. 

jueves, 8 de octubre de 2015

Mis experimentos con la psique VII. El imperio del miniyo.


Durante la guerra de Vietnam, en el transcurso de la Operación Crimp, un soldado americano se sentó sin darse cuenta sobre lo que él creyó que era un escorpión, pero resultó ser el clavo de una trampilla que daba a un vasto complejo de galerías subterráneas. Estos túneles, cavados a lo largo de más de 200 Km, conducían a almacenes, polvorines, salas de estar, dormitorios, enfermerías y puestos de mando del ejército vietnamita. Toda una ciudad, por supuesto invisible desde fuera, que se descubrió, según parece, por una casualidad.

Al recibir el informe del detective sobre lo que el miniyo había hecho en mí tuve una sensación parecida a la que supongo tendría el ejército americano al descubrir el increíble complejo de galerías que tenía debajo. Había un enorme imperio ahí dentro. Me dio la sensación de que todo en mí era ego porque no había prácticamente nada que no estuviera gestionado y catalogado por la mente en términos de diferenciación y de jerarquización. Me pareció que el miniyo tenía en mí una fuerza parecida a la del dinero en la sociedad actual. Resultaba difícil encontrar algo que poder hacer sin que él interviniera directa o indirectamente. Parecía imposible considerar algo libre de juicio y que no se encontrara racionalmente acomodado en alguna cajita conceptual de las de que mencioné cuando describí el nacimiento del ego: “yo”, “no yo”, “mío”, “no mío”, “quiero”, “no quiero” y “tengo”, “no tengo”. 

Aparte de a clasificar la realidad en cajitas, el ego había venido desarrollando a la chita callando un método mortífero y extremadamente eficaz de apoderarse de mi identidad. Este método consistía en crear tiempo psicológico y en violar sistemáticamente dos de las verdades que mi abuelo con su maravillosa ingenuidad había proclamado: La de la impermanencia de todo lo que nos rodea y compone, y la de la inconveniencia de no aceptar la cosas como son cuando no se pueden cambiar. 

Por arte de magia, el miniyo había hecho desaparecer el presente a costa de preocupaciones y logros del pasado o de proyectos y aspiraciones de futuro, y con el mismo arte de prestidigitación había creado la ilusión en mí de que lo que tenía y sabía era lo que yo era, invitándome además a aferrarme a ello como a mi propia identidad, y a negar con la protesta y la queja vana cualquier cambio que sobre ello intentara ejercer la realidad. 

Pero los detalles sobre cómo hizo semejante maniobra y de qué manera se las apañó para que le durara tanto la farsa, bien merecen un capítulo aparte...

- Calangute (Goa) - India. 

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique VI. El descubrimiento del "miniyo".


Casi toda la gente que conozco, si no toda, ha bebido leche alguna vez. Sin embargo, conozco muy poca gente, poquísima, que haya ordeñado. También creo que casi todo el mundo ha comido manzanas, pero casi nadie ha plantado, y mucho menos regado y visto crecer, un manzano. Este alejamiento de la Naturaleza que tan normal se ha vuelto en nuestra sociedad es para mí un buen ejemplo para pensar que, de la misma manera, casi todo el mundo cree saber quién es y sin embargo nunca se ha puesto a pensar seriamente en ello. Estamos también muy lejos de conocer nuestra verdadera naturaleza, y nos solemos conformar con lo que hemos visto hasta ahora que tan poco nos define en realidad: nuestro nombre, nuestras posesiones, nuestras obras pasadas, nuestro dinero, nuestros conocimientos o incluso lo que pensamos. Creer que uno sabe quién es con esos datos se acerca tanto al conocimiento verdadero como una sombra al cuerpo que la proyecta.

Para poder saber quiénes somos hay que empezar por saber lo que es saber, y para saberlo voy a poner y analizar un ejemplo muy sencillo. ¿Qué ocurre cuando miramos una rosa? Ocurren muchas cosas. Vamos a ver unas cuantas. La rosa es el estímulo cuya imagen se proyecta sobre nuestra retina, y las células de ésta generan una señal que se transmite por el nervio óptico hasta una zona de nuestro cerebro que es el córtex visual, encargado de recibir las señales de nuestro sentido de la vista. Inmediatamente después, el córtex emite otra señal que viaja hasta el tálamo, un grupo de células situado en el centro del cerebro donde se decodifica esta señal para enviarse después a otras partes del mismo. Por cierto, es curioso que el término griego “tálamo” significa también hoy en día “lecho conyugal”, un lugar donde supuesta y normalmente se tienen conversaciones privadas. Bueno, conversaciones y más cosas, claro. En fin, continúo: Desde el tálamo, se emiten mensajes en varias direcciones, a saber: Unos mensajes van hacia el sistema límbico, que primordialmente se encarga de distinguir entre dolor y placer. Es especialmente significativo el papel de la amígdala, un pequeño grupo de neuronas en forma de almendra que determina el contenido emocional de la experiencia que estamos teniendo. Otra estructura importante del sistema límbico es el hipocampo, una especie de almacén de variables espacio-temporales de la memoria. Nos permite saber, por ejemplo, cuándo y dónde vimos una rosa por primera vez. Al mismo tiempo, el tálamo envía otros mensajes al neocórtex, la parte más externa del cerebro, de donde obtenemos un punto de vista analítico de la experiencia, es decir, donde damos nombre a las cosas y la formulamos conceptos. Ahí es donde definimos rosa como “la cosa esa roja hecha de otras cosas rojas que juntas de una determinada manera dan lugar a lo que yo conozco como rosa”. Evidentemente no pretendo dar una definición atinada de rosa, sino sólo sugerir la idea de cómo y dónde se forma. 

Todo esto que me ha llevado un largo párrafo describir de manera que cualquier neurólogo matizaría pero en términos generales suscribiría, se produce en mucho menos de un segundo. A continuación, además, el cerebro responde promoviendo la generación de cortisona, adrenalina, dopamina y endorfinas para acelerar o ralentizar nuestro pulso cardíaco y para cambiar nuestro humor. Al mismo tiempo, se establece una serie de conexiones entre los órganos de los sentidos, las diferentes estructuras cerebrales, los órganos vitales y las glándulas. De esta manera se crea una compleja red de datos que da lugar a una imagen -un mapa, por así decirlo- de lo que es una rosa roja. Y en todo esto, muy grosso modo contado, consiste saber lo que es una rosa cuando la miramos.

Lo hasta ahora dicho, que puede parecer más o menos complejo, se resume en que no estamos viendo una rosa en sí, sino más bien un concepto de lo que es la rosa. Hay que tener en cuenta, además, que este concepto está condicionado por las circunstancias en las que vimos una rosa por primera vez, los recuerdos y expectativas que sobre la idea de rosa tenemos almacenados en diversas partes de nuestro cerebro, las modificaciones ocurridas en el mismo a partir de nuestras últimas experiencias y, quizás lo más importante, la distinción entre la rosa y yo. Y ojo porque aquí empieza la aventura, que más bien podría llamarse desventura. 

Como hemos visto, la distinción entre yo como una entidad separada de la rosa es en sí una imagen interna que emerge como real para mí a partir de una recreación de mi cerebro. Esta imagen es bastante sutil y vaga en los comienzos de nuestra vida, pero nuestra sensación interna de yo como algo distinto de lo que no soy yo -la rosa y el resto del universo- se hace más intensa con el paso de los años. Una vez que hemos creado el sentimiento de “yo” y de “no yo”, empezamos a relacionarlo con nuestra experiencia en términos de “mío” y “no mío”, “lo que tengo” y “lo que no tengo”, “lo que quiero” y “lo que no quiero”, etc. Este conjunto de ideas adquiere la fuerza de la verdad absoluta en nosotros, dando así lugar al ego, una creación puramente mental a la que cariñosamente a partir de ahora denominaré “miniyo”, en contraposición con mi verdadero yo, que de momento seguimos sin conocer. 

El miniyo, esa proyección de la mente, tiene un origen noble -la del proceso mental que nos permite distinguir en términos relativos las cosas que nos rodean- pero desde el día en que de niños nos disputamos el primer juguete va adquiriendo un poder que acaba por ser desmesurado y que utiliza para suplantar nuestra identidad y poseernos. Después de los juguetes empieza a interesarse por el dinero, las posesiones materiales, la posición social, etc. Su avidez y su fragilidad son asombrosas. Avidez porque siempre quiere más, y fragilidad porque cuando pierde lo que tiene se cree morir. Esto deja claro que es también un gran generador de miedos y ansiedades, pero de todo esto hablaremos más adelante. 

Cuando descubrí que este impostor llevaba prácticamente toda mi vida haciéndose pasar por mí me indigné, pero cuando supe que justo detrás de él estaba yo, me alegré sobremanera de haberle descubierto. Ahora “sólo” tenía que deshacerme de él y la misión quedaría cumplida. Pero no fui tan ingenuo como para pensar que alguien que llevaba tanto tiempo ahí se iba a ir sólo pidiéndoselo por favor, y tampoco tenía nada que ofrecerle ni con qué amenazarle para que se marchara, así que antes de tomar ninguna medida decidí que lo mejor era conocerle mejor. Esta tarea de espionaje se la encargué, como no podía ser de otra manera, al detective.

- Jaipur (Rajastán) - India. 


lunes, 28 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique V. El vacío, las olas y el océano.


El detective siguió haciendo su trabajo, y siguió haciéndolo bien. Normalmente los detectives no traen buenas noticias, precisamente porque cuando se les encomienda algún trabajo suele ser porque hay un problema, o porque se cree que puede haber algún problema, así que en el mejor de los casos no hay ningún problema salvo el de que uno cree que lo hay, lo cual es también un problema en sí. Pero como un requisito fundamental de esta investigación era no juzgarse, no me afligí por la información indeseable que me comunicó. Lo único que me interesaba era su adecuación con la realidad, es decir, su veracidad.

Como le pedí que obviara mi constitución física y mi identificación a través de meros datos como los que aparecían en mi pasaporte, el siguiente informe que me pasó se centró en mi patrimonio cultural, en cómo pensaba, en qué me gustaba y en qué había conseguido en la vida. Pensó, y pensó bien, que eso me haría sentir más identificado, no ya con datos, sino con algo más personal, conmigo mismo, con eso que quería descubrir. Me dijo, pues, que yo era ingeniero superior de telecomunicaciones. Recalcó eso de “superior” porque por lo visto siempre me había gustado distinguir entre ser ingeniero, sin más, y ser ingeniero superior. Más que gustarme distinguir, digamos que me ha disgustado que no se distinguiera, porque claro, uno que es superior es más que uno que no lo es. Eso de ser ingeniero, ¡ojo, superior!, era mucho ser , y eso era, por tanto, mucho yo. Esta curiosa forma de verme a mí mismo en términos comparativos, o más bien diría que competitivos, me hizo recordar algo parecido que viví en el instituto. Mis notas eran brillantes, pero como había otros que también tenían notas brillantes descubrí que la forma de diferenciarme de ellos era añadir que además yo tenía sobresaliente en gimnasia, cosa que raramente un empollón al uso llegaba a conseguir. Diferenciarme de esa manera me hacía sentir bien. Me hacía distinguirme, identificarme. Durante mi etapa laboral, cambiaron los términos de esa competición latente que siempre me había acompañado: fueron el dinero que ganaba y el puesto que ocupaba en la empresa lo que me identificaba, así como el coche que tenía, la moto que pilotaba y la casa que poseía. Este ya iba siendo yo, es decir, un alumno brillante en el instituto que además sacaba sobresaliente en gimnasia, un ingeniero superior no menos brillante que sacó la carrera año por año, un trabajador ejemplar y muy valorado en su empresa, poseedor de un coche deportivo, la moto más rápida y una casa en la playa. La definición de ganador, vamos, pero ¿la definición según quién?, ¿en función de qué parámetros?, ¿contra quién exactamente me estaba peleando para considerarme ganador?

Debo decir que esta especie de monstruito pretencioso que acabo de describir no me da ninguna vergüenza hoy en día. Contar estas intimidades de mi mente a la hora de considerar quién me he creído que he sido no responde más que a otro informe del detective, y dado que el detective soy yo encargado por mí mismo para poder entender quién soy, lo interpreto más bien como un ejercicio de honradez que como una reiteración del sobrecargado y competitivo orgullo que bullía dentro de mí.

En cualquier caso, todo esto me llevó a hacer la siguiente reflexión: Hoy no corro como cuando tenía dieciocho años, así que del sobresaliente en gimnasia de la época que tanto me identificaba me puedo olvidar, si me hacen un examen ahora mismo de eso que me hizo ingeniero no aprobaría ni una de las asignaturas de la carrera (esto no es una forma de hablar, es literalmente cierto), y para más inri no tengo coche, ni moto, ni casa, ni sueldo. ¿Quién soy entonces? ¿Es que ahora mismo no soy nadie?

El hecho de que me haya descrito a mí mismo con tanta frivolidad no ha sido más que para crear más contraste entre lo que creo que soy y lo que soy, sea lo que fuere. Podría haber sido más generoso, pues también hay datos para pintarme mejor, pero eso no iba a cambiar esa sensación de vacío con la que me encontraría al preguntarse quién está detrás de mis obras y de mis ideas. También puedo identificarme con la persona que durante años cuidó, alimentó y educó innumerables perros de la protectora de animales de Linares, con el mwalimu (maestro, en suajili) que enseñó a leer y escribir a una veintena de niños pobres tanzanos durante el año pasado, o incluso con el profesor de francés que ahora soy en la fundación Vicente Ferrer en la India. Sin embargo, ya no cuido perros, tampoco vivo en Tanzania y no creo que vaya a estar en la India dando clases de francés toda mi vida. ¿Quién seré entonces cuando todo esto pase? El vacío aparece de nuevo, y es independiente de la vileza o nobleza de las ideas y acciones detrás de las cuales estoy y con las que me identifico.

Quizás la respuesta más lógica a esta vacuidad podría ser que todo lo descrito son diferentes facetas -unas honrosas y otras no tanto- de un mismo yo que reacciona de diferentes maneras en diferentes situaciones, que expresa diferentes aspectos de sí mismo en relación con otras personas y lugares. Alguien que, como respuesta a nuevas experiencias, circunstancias y condicionantes despliega un conjunto diferente de sentimientos y actitudes, y, por tanto, de acciones. Pero siendo esto así, y dadas estas diferencias, ¿puedo entonces afirmar que soy sólo uno?

Nuestros pensamientos, sensaciones, emociones y acciones son como olas en la superficie de un océano de infinitas posibilidades. El problema es que nos acostumbramos a ver sólo las olas y acabamos confundiéndolas con el océano. Sin embargo, cada vez que miramos las olas somos un poco más conscientes del océano, y de esta manera nuestro enfoque empieza a cambiar. Empezamos a identificarnos con el océano más que con las olas, y empezamos a ver cómo éstas suben y bajan sin afectar en lo más mínimo la naturaleza esencialmente grandiosa e inmutable del océano.

Pero esto ocurre sólo cuando miramos. Si queremos terminar con las limitaciones que tenemos impuestas sobre lo que nos rodea y sobre nosotros mismos, y si tenemos la ligera sospecha de que estamos confundiendo la etiqueta de la botella con su contenido, entonces es un buen momento para pararse a observar nuestros hábitos mentales. Hacer esto sin juzgarse es una forma de mirar, y normalmente cuando se mira, se empieza a ver y a entender. ¿Pero a ver y a entender qué? ¿Se puede explicar con palabras? Sigamos preguntándole al detective. 

- Jaisalmer (Jaipur) - India. 
  

jueves, 24 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique IV. Mi abuelo.


Mi abuelo José Antonio era una persona de una ingenuidad legendaria. No tuve tiempo de conocerle muy bien, pero entre lo que recuerdo y lo que me han contado mis padres y mis tíos he podido hacer de él un mosaico de tres piezas con sendas frases que ha pasado a la historia de mi familia y de mi patrimonio de grandes ideas.

En cierta ocasión, mientras mi padre cortaba leña en el pueblo, en Entrambasaguas (Cantabria), a mi abuelo, que pasaba por allí, le dio por coger unas cuantas astillas de las que mi padre iba dejando amontonadas a medida que iba dando hachazos, y las cambió de sitio. Supongo que el objetivo era ordenarlas según su criterio. Pero parece ser que este criterio no coincidía con el de mi padre, quien, sorprendido y molesto con lo que mi abuelo venía de hacer, le preguntó: 

- ¡Pero bueno!, ¿¡por qué pone usted eso ahí!?

Y mi abuelo, sintiéndose interrogado, juzgado y condenado al mismo tiempo (mi padre era capaz de provocar todas esas emociones con un sola pregunta), respondió empequeñecido: 

- ¡Na, pa quitarlo!

Y con la misma naturalidad con la que había movido las astillas de un sitio a otro las volvió a poner donde las encontró.
Desde aquel día, en mi casa las mofas eran muy facilonas:

- ¿Para qué enciences la tele?
- ¡Na, p´apagarla!

- ¿Para qué vas a tal sitio?
- ¡Na, pa volver!

Y así una detrás de otra, pues la frase no era una frase, sino una apología de la tontería, por así decirlo. Sin embargo, con el paso del tiempo, después de mucho reír y mucho llorar de risa, he pensado en la frase y me parece que tiene más miga de la que podría parecer, porque en realidad no hay nada que se ponga en algún sitio que no acabe también quitándose de ese sitio, empezando por los objetos y siguiendo con los conceptos, las situaciones y las ideas. Lo que quiero decir es que todo cambia: cambiamos de trabajo, de casa, de novia. Nuestro cuerpo cambia de la infancia a la adolescencia, y de ahí a la edad adulta y a la vejez, nuestra idea mental o emocional de nosotros mismos o de los demás cambia, los planetas se mueven constantemente, y está demostrado que la materia está también está en permanente cambio. No hay más que ver el trajín que se traen los átomos y las partículas subatómicas de todo lo que existe. La quietud como tal, no existe en este mundo. Todo está puesto en un sitio “pa quitarse”. Nada es permanente, y nuestra vida, aunque suela olvidársenos, tampoco.

En otra ocasión, no siendo yo muy grande ni muy pequeño, pero lo suficientemente avispado como para hacer cuentas, hice un día un cálculo que no me cuadraba muy bien y lo comenté abiertamente en una comida familiar, también en el pueblo. No sé por qué azar llegó a mi conocimiento el día de la boda de mis abuelos, y como yo ya sabía cuándo nació mi madre, simplemente me puse a restar meses. No sé qué me me llevó a eso, pero resultó que la resta daba menos de nueve, y por eso, con la inocencia más grande del mundo pregunté:

- Abuela, ¿cómo es que mamá nació después de menos de nueve meses después de que usted y abuelo se casaran? Porque los niños tardar nueve meses en nacer, ¿no?

En aquel momento pensé que a mi abuela le había dado un apretón, o algo así, porque la mujer desapareció de la mesa como si nunca más fuera a aparecer. La pobre, con las consideraciones de la época, guardaba aquella circunstancia en lo más profundo del cofre de sus vergonzosos secretos. Pero lo más llamativo de esta circunstancia, que yo no llegué a entender hasta pasados varios años, no fue mi abuela convirtiéndose en relámpago, sino la explicación que mi abuelo dio para tal eventualidad. Ante esto, que todos sabemos tenía una sola explicación, mi abuelo dijo, quedándose más ancho que largo: “¡Na, fue un pocu na más!”.

Si tuvimos mofa en mi casa con lo de “pa quitarlo”, lo de “un pocu na más” ya se hizo más que proverbial. Podía uno ducharse “un pocu na más”, ir a dar un paseo “un pocu na más”, coger el autobús “un pocu na más”, etc. Pero también a esta frase, con el pasar del tiempo, le he encontrado la grandeza, porque me he dado cuenta de que gracias a pequeños pocos puede haber enormes cambios en todos los órdenes: político, social, económico, profesional... y por supuesto también mental. Cambios diminutos, circunstancias aparentemente irrelevantes pueden ocasionar enormes consecuencias, ya sea para bien como para mal. El mundo en el que vivimos está sometido a infinitas variables, y un pequeño desliz puede hacer, por ejemplo, que yo exista y esté aquí ahora mismo escribiendo esto, aunque sólo sea “un pocu na más”. ¡Ojo, pues, con los pequeños cambios, porque no hay ninguno grande que no empiece por ellos!

Y para terminar, su tercera salida. Para mí, otra gran afirmación digna del mismísimo Buda. Se conoce que, aparte de trabajar con vacas, cerdos, tierras y colmenas, el hombre también recogía nueces, y tenía por costumbre ir a venderlas al mercado de Reinosa. En una ocasión una mujer interesada en comprarle algunas le preguntó:

- Oiga, las nueces estas estarán buenas, ¿no?

Hay que reconocer que la pregunta era ya en sí un poco absurda, porque todos sabemos lo que iba a decir el vendedor independientemente de la bondad de las nueces. ¿Qué iba a decir si quería venderlas? Diría que sí, que estaban buenas, y punto. Pero mi abuelo, haciendo otra vez gala de su extremadamente imprevisible forma de pensar le soltó:

- Usted no se preocupe, señora. Si encuentra alguna mala, la tira y ya está.

¡Qué obviedades tan grandes!, tanto la pregunta como la respuesta. Pero aún así, creo que la respuesta, al igual que las anteriores, lleva sucinta filosofía pura. Por supuesto que puede haber nueces malas. ¿Quién puede garantizar que no las haya? La cuestión es qué hacer con ellas si toca alguna. Pues está bien claro: ni caso. ¿Cuántas veces no podríamos haber aplicado lo mismo a diferentes situaciones de la vida que nos han hecho sufrir? ¿Por qué no las ignoramos con la naturalidad con la que se ignoraría una nuez pocha? Esta tercera frase es una apología maravillosa de la aceptación. En primer lugar aceptación de que nueces malas puede haber y habrá, y en segundo lugar de que lo mejor que se puede hacer cuando a uno le toque una es tirarla e ignorarla.

Y aquí se completa la enjundiosa trilogía filosófica de mi abuelo, alguien a quien vi hipnotizar enormes enjambres con una piedra, al que las abejas no picaban, sino que le besaban, que me explicó por qué si el mismo enjambre se pone en dos colmenas diferentes entonces en una de ellas se mueren todas las abejas, y que me dio a probar la única verdadera miel pura que he catado en mi vida, manchándome gustosísimamente el hocico según caía de un saco de arpillera a través de cuyo tejido él la colaba. Lo he contado por un par de razones. La primera, porque necesitaba introducir los conceptos de la impermanencia de las cosas, la importancia de los pequeños cambios, y la conveniencia de la aceptación como actitud mental, porque haré alusión a ellos en sucesivos capítulos, y resulta que estas ocurrencias de mi abuelo me venían que ni de molde porque esas ideas se corresponden respectivamente a lo que él acuñó en sus frases de “pa quitarlo, “un pocu na más” y “si está mala, la tira”. Y la segunda razón para contar todo esto ha sido sencillamente que creo que en mi casa se van a reír mucho viéndolo por escrito.  

Ni que decir tiene que dedico estas líneas a la memoria de mi abuelo José Antonio, el hombre más ingenuamente sabio que he medioconocido en toda mi vida. 

- Jaipur (Rajasthan) - India. 

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique III. Los primeros informes.


El primer informe que me pasó el detective fue decepcionante. No es que fuera inexacto. No era eso lo que me decepcionó. De hecho, diría que fue muy preciso, pero no satisfizo lo que yo andaba buscando y desde luego no sirvió para responder a ninguna de mis grandes cuestiones. Decía que yo -eso cuya naturaleza quería conocer- era un cuerpo con dos manos, dos pies, una nariz, dos ojos, una boca, etc. En fin, un conglomerado de cincuenta billones de células maravillosamente ordenadas que daban lugar a todos los órganos, extremidades y partes del cuerpo que conocemos. Me explicó además que tenía cinco sentidos con los que percibía todo lo que había a mi alrededor, y que con el cerebro interpretaba estos datos y controlaba el resto del organismo.

De acuerdo -le dije-. Todo eso es cierto, pero ya lo sabía. Lo que necesito es identificarme, saber quién soy, reconocerme. ¿Puedes traerme datos sobre eso? Y a continuación, sin mucho tardar, me trajo más datos, muchos más, pero igualmente decepcionantes. Me dijo mi nombre, mis apellidos, mi nacionalidad, la fecha de nacimiento, el número del pasaporte con su fecha de caducidad, el nombre de mis padres, de mi hermana, de mi cuñado, de mi sobrinos, el de mis amigos y hasta el de mis exnovias. Por darme datos, me dio hasta la declaración de la renta de los últimos años, mi historia de vida laboral, una impresión de mis huellas dactilares, y finalmente me dijo cuál era mi banco y cuándo dinero tenía en la cuenta, lo cual me dio mucha lástima, porque pensé que si eso era lo que yo era, bien poca cosa era.

En fin, que verdaderamente me trajo datos que me identificaban. Más claro no podía estar, y más completo el informe no podía ser, pero me seguía sintiendo igual de desconocido para mí mismo. Extraje de estos primeros informes, sin embargo, una novedosa conclusión que, aun disfrazada de evidencia, a veces nos suele pasar a todos inadvertida: Lo que somos en esencia no es nuestro cuerpo, ni nuestro cerebro, ni nuestro nombre, ni nuestra familia, ni nuestro pasado, y mucho menos nuestro dinero.

Pensé que, si bien los informes habían sido un saco de perogrulladas archiconocidas para mí, la sensación que tuve de no identificarme íntimamente con ninguno de esos datos me resultó valiosísima. Aunque todo lo que el detective me dijo me identificaba “hacia fuera”, no significaba nada “hacia dentro”. Yo era otra cosa.

Le dije que había hecho un gran trabajo compilativo, pero que era otra clase de información la que yo quería, así que le pedí que siguiera investigando. Cuando se fue, me quedé reflexionando sobre estos primeros informes, lo poco que me describían y la mucha importancia que en general les damos.

-Rishikesh (Terhi Garhawal) - India.

martes, 22 de septiembre de 2015

Mis experimentos con la psique II. El detective.


No conozco a nadie que no se haya encontrado a ratos bien y a ratos mal. Sobre esto no hay debate. Lo interesante sería saber por qué ocurre. Y si bien es fácil determinarlo en algunos casos -ya sea para bien porque por ejemplo ha ocurrido algo que nos beneficia o que deseábamos, o para mal por todo lo contrario- también es verdad que hay ocasiones en que uno está especialmente bien o mal sin motivo aparente. ¿Por qué ocurre esto?

Por otra parte, cuando estamos bien no acostumbramos a preguntarnos por qué. La sensación positiva nos lleva y nos suele atraer más la idea de disfrutar el momento que de interpretarlo. Sin embargo, cuando nos sentimos mal tenemos la necesidad de saber por qué, y eso, al menos en un primer momento, nos suele dar consuelo. Un ejemplo muy sencillo sería el siguiente: Nadie se preocupa por estar cansado físicamente cuando acaba de hacer deporte, ni de no tener apetito cuando acaba de terminar de comer, porque las causas de su cansancio y de su inapetencia son evidentes, pero otra cosa sería no tener apetito o estar cansado sin motivo aparente. Eso sí sería preocupante. Cuando la situación no está tan clara como en estos ejemplos, automáticamente nos ponemos a buscar el motivo porque creemos que si entendemos por qué, entonces el malestar se atenuará o incluso desaparecerá.

Pero es muy habitual que conocer la causa no sea el final de los problemas sino que además sea el principio de otros, ya que es posible que al conocerla no veamos la forma de eliminarla o que con la causa identifiquemos también a los responsables de que exista. De esta forma puede que pasemos, además, a culpar -y hasta a odiar- a otros. Por ejemplo, si deducimos que hemos perdido el apetito porque tenemos estrés laboral, quizás esta deducción nos lleve también a concluir que los responsables en última instancia son algunos de nuestros compañeros de trabajo. Ellos son los culpables de nuestro malestar, así que ahora es probable que, además de no tener apetito, sintamos también aversión hacia esas personas. El conocimiento de la causa, por tanto, tampoco elimina el mal. A veces lo aumenta. 

Entonces resulta que el resumen de la situación es el siguiente: Si no sé, estoy mal por desconocimiento, y si sé puedo estar peor. ¿Qué hay que hacer entonces?

En mi caso particular, y me consta que no soy el único, he comprobado -para más desconcierto, si cabe- que en diferentes momentos de mi vida he experimentado estados de ánimo radicalmente diferentes ante circunstancias parecidas o idénticas. Por ejemplo, delante de una exquisita comida he estado muy bien y muy mal; consiguiendo algo que me había propuesto he estado muy bien y muy mal; y con la misma persona o personas he estado muy bien y muy mal. Esto me ha llevado a pensar que la causa última no es externa, es decir, de las circunstancias en las que me encuentro o las personas con las que estoy, sino interna, o lo que es lo mismo, de quién soy. Parece como que hubiera alguien dentro de mí mismo que se comportara de forma aparentemente aleatoria y que eligiera “sin mi permiso” estar bien o mal. Pero, ¿quién es ese que aun siendo yo me es ajeno?, ¿por qué decide por su cuenta?, ¿quién le controla?, ¿para quién trabaja?

Llegados a este punto se me ocurrió una idea para responder a estas preguntas y a las anteriores. Hice lo que creo habría hecho cualquiera con sentido común práctico: Contraté a un detective privado. Nunca mejor dicho eso de "privado", porque le contraté yo para que me investiguara a mí, y encima era yo mismo. Le pedí (me pedí) lo que se pediría a cualquier detective: que fuese observador y extremadamente discreto, que me siguiera en todo momento, y que me trajera pruebas de lo que veía, pero sin juzgarlas. De eso, en caso extremo, ya se encargaría el juez. Pero juez de momento no hay, porque ya seríamos demasiados aquí dentro, y eso complicaría las cosas más de lo que ya están. Hasta ahora somos yo mismo -aquel cuya identidad quiero descubrir-, el detective que acabo de contratar para que me ayude, y el que esto escribe. 

Antes de continuar, y como reflexión sobre todo lo dicho, me parece muy curioso que en toda mi vida -aun habiendo tenido la suerte de recibir una educación en la que no me han faltado los mejores recursos, al menos materiales- nunca he recibido ninguna formación, ni en su expresión más ínfima, sobre cómo afrontar de manera práctica estas dudas. Parece que en esto de estar bien o mal el único método de gestión que existe es la resignación o el aprendizaje autodidacta. Dada esta falta de entrenamiento, que creo es generalizada, es normal que casi todos tratemos nuestros malestares de una manera que suele basarse en patrones recibidos a través de la familia, la sociedad y la educación, y que que casi siempre dan por supuestas unas limitaciones propias que en realidad no existen. Aunque no se vea, el sol está siempre detrás de las nubes, y hasta las nubes que no nos dejan ver el sol pueden ser vistas precisamente porque el sol está detrás de ellas. 

Veamos, pues, cómo actúa y qué nos cuenta este Sherlock Holmes inventado de la psique y de qué manera nos puede ayudar a despejar todos los interrogantes planteados hasta ahora.

- Rishikesh (Tehri Garhwal) - India.