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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Hombre del año


Esta mañana a la hora de levantarme se ha celebrado en mi casa, concretamente debajo de mi manto, la entrega de los premios que de cuando en vez otorga mi psique masculina a los hombres del año. El recién levantado Moroto, aún encapuchado en sus matutinas ojeras, ha ejercido de improvisado maestro de ceremonias. 

Entre los galardonados, José Antonio Hoyos, que recibió el premio como mejor intérprete de mí mismo de manos del también yo mismo, Morowi. José Antonio bromeó con el curioso e inexistente itinerario que siguió el premio de una mano a otra y declaró además sentirse agradecido a todo su organismo y especialmente a su cerebro, de quien dijo ser la parte más importante de su motivación para llegar a donde ha llegado. Agradeció así mismo a la organización de ideas que en él reside el gran esfuerzo realizado durante toda su vida para llegar a disfrutar de tan preciado galardón y de una celebración tan influyente como esta que hoy por la mañana me homenajea.

También resultaron premiados los protagonistas de etapas casi olvidadas pero evidentemente decisivas en mi propio yo como mi pasado adolescente, mi etapa universitaria –sin duda la más densa para mi hemisferio cerebral izquierdo en cuanto a ratio de conceptos aprendidos por unidad de tiempo- y mi período laboral liberal, donde, según yo mismo declaré “no fue la mejor etapa de mi vida, pero resultó muy útil para saber lo que no quería, lo cual es mucho saber”.

Mención especial merece el polémico premio honorífico entregado por mí mismo a lo peor de mí mismo, porque aunque recibió severas críticas por parte de lo que no soy yo, se sintió muy agradecido y dio pruebas de evidente emotividad cuando al final de su discurso declaró: “También soy yo, y aunque no me gusto e intento mejorar, me acepto”, provocando por ello un espontáneo movimiento de mi palma derecha que de manera armoniosa y concertada se enfrentó en repetidas ocasiones con la palma izquierda dando lugar a un introspectivo aplauso libre de toda presunción. Fue sin duda uno de los momentos más emocionantes de la ceremonia.

Peguntados todos los premiados sobre las sensaciones de estos reconocimientos, coincidieron en declarar que lo más importante es seguir trabajando para que cada mañana se celebren acontecimientos como este que en tan gran medida ayudan tanto a lo que soy yo como a lo que me rodea, porque de sobra es sabido -o debería serlo- que en la vida todo es uno. 

Después de la gala, ha quedado acordada una siesta vespertina para disfrutar con una sonrisa estúpida -de cuya comisura no se descarta la caída de ridícula baba- de la adjudicación de estas prestigiosísimas preseas y para brindar por las bondades que otorgan la seguridad en uno mismo y la autoaceptación. 

Terminado el acto tras la ducha, en los albores de un nuevo día, todas las agencias del subconsciente en anuencia con las del consciente han destacado las enormes dosis de optimismo que se desprenden de gilipolleces como esta que acabo de escribir, pues no cabe duda de que aceptarse y valorarse es gratis, que escribir también lo es y que reírse de uno mismo es una de las actividades emocionalmente más rentables a las que el surrealismo absurdo autocontenido puede conducir. 

jueves, 27 de noviembre de 2014

Por sus noes le conoceréis


No salta, hace que el suelo se caiga.

No vuela, esquiva planetas.

No dice, espira ideas.

No piensa, hipnotiza mareas.

No pide, sonríe quejas.

No eyacula, segrega sinalefas.

Así se identifica a Don Quiere Ser Poeta.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Entropía para todos


El concepto físico de entropía es uno de los que de manera más juguetona se mueve por mi cabeza. Más allá de las ecuaciones que lo explican, que a casi todo el mundo podrían asustar, la idea es muy sencilla de entender. Simplificando hasta la vulgaridad, pero sin faltar a su verdad, se puede hablar de entropía como desorden. La entropía es desorden. Si fuera una palabra de uso común que trascendiera los foros eruditos de la física podríamos decir que nuestra oficina tiene mucha entropía, que en una biblioteca en la que los libros andan manga por hombro hay mucha entropía, o que el escritorio del ordenador está muy entrópico; e incluso nuestra madre podría espetarnos algo así como: “Hijo, ordena ya tu habitación que veo mucha entropía por aquí”.

Y resulta que este concepto del desorden es muy interesante porque a partir de su estudio profundo -físico y filosófico- se pueden abordar aspectos tan asombrosos como la flecha del tiempo (por qué hay pasado y futuro), por qué hay cosas que pasan y cosas que nunca pasan y por qué el universo se está expandiendo. Interesante, ¿verdad? Pues a continuación voy a imaginar que le paso la pluma a Supercoco, de Barrio Sésamo, para explicar qué significa todo esto de manera que todos podamos entenderlo y jugar con ello para deleitar a las más vagas y también a las más exquisitas de nuestras neuronas.

Imagina un vaso que cae al suelo y se hace añicos. Lo hemos visto muchas veces y no nos sorprende pero… ¿por qué nunca hemos visto el proceso contrario, es decir, que un montón de trozos se junten y se ordenen para formar un vaso? También hemos visto a un saltador de trampolín zambullirse en la piscina y cómo su impacto hace salpicar millones de gotas de agua hacia todas partes, pero nunca hemos observado esto rebobinado en la vida real, es decir, no nos consta que en la naturaleza un montón de gotas de agua separadas se hayan puesto de acuerdo de repente y hayan brincado todas a una para ordenarse formando un líquido reunido en un chorro compacto. ¿Por qué no ocurren nunca estas cosas? ¿Por qué no se forman naturalmente vasos a partir de añicos? ¿Por qué las gotas de agua se dispersan pero no se juntan, o sea, por qué no se puede conjugar el verbo “antisalpicar”?

Se comprueba que todo lo que pasa en el universo tiende a aumentar la entropía. Todo está cada vez más desordenado. Cada vez que pasa algo -lo que sea- hay más desorden. Es como si el universo estuviera barriéndose a sí mismo debajo de su propia alfombra. Es imposible, pues, que ocurra algo que deje todo más ordenado al terminarse que antes de iniciarse. 

Llegados a este punto sería lógico preguntarse: “Bueno, pero si ordeno mi oficina, si hago lo mismo con los archivos de mi ordenador, y si mi madre me da la enhorabuena por el estado de mi habitación, entonces hay más orden al final que al principio, ¿no?”.


La respuesta es no. Mamá puede estar más contenta porque verdaderamente la habitación presenta menos entropía, pero ha sido a costa de generar más desorden en todo lo que no es la habitación. Es decir, tus movimientos de un lado a otro colocando cada cosa en su sitio, agacharte, ponerte de pie, pensar, mover la ropa y los libros, recolocar las zapatillas, abrir y cerrar las puertas de los armarios y, en general, todo lo que hay que hacer para ordenar genera más desorden en el universo que el que había antes de empezar. 

Visto de otra manera: consideremos tu habitación hecha un cisco y a ti dentro de ella. Estando así las cosas, lo más ordenado que puede ocurrir es que no ocurra nada, es decir, la quietud absoluta; de hecho no hay nada más ordenado que no hacer nada. Si te empiezas a mover y a colocarlo todo “en su sitio” estás provocando un cambio, alterando el estado, perturbando el entorno, es decir, que aunque al final sea más fácil encontrar las cosas, en realidad ha crecido el desorden, ha aumentado la entropía. No hay que confundir lo fácil que después es encontrar las cosas y el contento de mamá con lo que de verdad ha ocurrido en términos físicos objetivos en el proceso de recolocación. Lo que de verdad ha ocurrido es que se ha generado más desorden; útil, pero desorden.

La entropía es la banca que gana en todas las jugadas: es imposible que un vaso se forme él solito a partir de sus añicos, es imposible que un saltador emerja del agua y ascienda hasta su trampolín permitiendo contra natura que todas las gotas se antisalpiquen ordenadamente, y lo es también que el tiempo dé la vuelta y se dirija hacia el pasado. Todos estos procesos aumentarían el orden, y eso no gustaría a la entropía. Vivimos en un sistema de autocracia entrópica, y cada vez hay más. Ella es la flecha del tiempo y ella dictamina lo que pasa y lo que no puede pasar. "Esto es así, y no te canses" -afirma y concluye tajante Supercoco-.

Con estas ideas en sazón es fácil entender que el universo se expande porque si se contrajera estaría cada vez más ordenado, y eso, como acabamos de decir, no lo tolera la dictatorial entropía. El universo es un inabarcable salpicando, un inconmesurable vaso haciéndose pedazos, un sólido gasificándose. El día que empiece a contraerse nos daremos cuenta porque los vasos se reorganizarán a partir de añicos y se subirán solos encima de la mesa, habrá campeonato del mundo de salto de piscina a trampolín y veremos en la tele anuncios para asegurar nuestra niñez, no nuestra vejez, porque lo que nos preocupará será cómo va a ser nuestro pasado. La flecha del tiempo cambiará de sentido.

Pero mientras eso no ocurra, la mejor prueba de que el universo sigue expandiéndose es que cada día se puede aprender algo nuevo, que aún se pueden hacer añicos los prejuicios, que es posible saltar desde nuestro ego para salpicar de ideas y de amor a los demás, y que la flecha del tiempo de nuestra vida apunta a pasar de la ordenada y dogmática rigidez de una piedra a ser más entrópico, desordenado, acomodaticio, imprevisible, espontáneo y expansivo que un gas.

Don´t be water, my friend, be gas!


viernes, 21 de noviembre de 2014

Trinos del pájaro transparente de vuelo irregular

¡Cuánta flaqueza por amor, y con qué firmeza odiamos!

Un libro para pensar y algo que respire para amar. Lo demás, postre.

¿Te herí? No fui yo, fue mi pronombre impropio.

¡Ojo con el sufijo “-ista”, que pudre palabras! Pruébalo con paternal, oportuno y capital.
-José Luis Sampedro-

“En mi hambre mando yo”.
-Salvador de Madariaga-

“Debajo de mi manto, al rey mato”.
-Cervantes-

Me vendo por dinero, sí, pero por todo, para que sólo me compres una vez.

¿Una lata en el camino? ¿Una esfera sobre otra? ¿Un honesto en el poder?

Cometa sin cuerda no vuela. Libertad sin pico no medra.

Libertar rima más con cavar que con volar. 

¡No nos engañemos más. Admitamos que todo es un engaño!

Cuando no hay entendimiento, la libertad de expresión es libertad de flatulencia. 

¿Quieres escribir algo grande? Ama y sufre intensamente con un lápiz en la mano.

Saber más no te hace superior, te hace deudor. Debes transmitirlo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

¿Bailas?

"Y aquellos que bailaban eran considerados locos por los que no podían oír la música".
-Friedrich Nietzshce-

Leer a Ortega me emociona y leer a Nietzsche me estremece. Si con las ideas del primero mis neuronas hacen el amor, podría decir que con las del segundo hacen algo parecido a una viciosa orgía. Nietzsche me embruja con una prosa que apuñala. Me da hasta miedo sentir la escondida claridad de su mensaje y experimento una mezcla de placer intelectual con espanto emocional; quizás sea el pavor a las ideas desnudas, a las totalmente desacomplejadas, a las que no reprimen nada.

A continuación unos extractos de "Así habló Zaratustra": 

“Llamo Estado al lugar en donde envenenan a todos, donde buenos y malos se pierden; donde se llama vida al lento suicidio de todos. Todo lo que dice es falso y todo lo que tiene es producto del robo. Muerde con dientes robados y hasta sus entrañas son falsas. Reconoceréis siempre al Estado porque es una torre de Babel del bien y del mal. Roba las obras de los inventores y los tesoros de los sabios, y a ese robo lo llama cultura.

Aunque no lo apreciemos, el mundo gira en torno a los que inventan nuevos valores, pero la gente y la fama giran en torno a los comediantes. Para ellos demostrar es derribar y convencer es sacar a la gente de sus casillas. A la verdad que sólo es percibida por los oídos más sensibles la llaman mentira y futilidad. Son incondicionales que te apremian a que les digas sí o no. Es mejor que huyas de esas gentes tan apresuradas que en medio de la plaza te asaltan con su ¿sí o no? ¿Cuándo se ha visto que la verdad marche al lado de un incondicional? Todos los pozos profundos experimentan con lentitud; han de esperar mucho tiempo para saber qué es lo que cayó en sus aguas profundas. Todo lo grande se da lejos de la plaza pública y de la fama; los inventores de nuevos valores han vivido siempre lejos de ellas.

¡Mirad cómo trepan esos ágiles monos! ¡Todos esos locos me parecen unos monos trepadores y fanáticos! Su ídolo, ese monstruo frío, huele mal, y lo mismo les pasa a todos los que le rinden culto. ¿Es que vais a asfixiaros con el aliento que despiden sus hocicos? Zumban en torno a ti para alabarte pero su alabanza es impertinente porque lo que buscan es estar cerca de tu piel y de tu sangre”.

La democracia de hoy en día es una falacia de monos trepadores que preguntan vacuidades capciosas a las que sólo se puede responder sí o no. Cuando respondes, se quedan con tu alma y mercadean fanáticamente con ella para dar de comer a un monstruo que se sienta en un trono de fango. ¿Y aún me preguntáis qué hay que hacer? ¿Y aún teméis qué ocurrirá después?

martes, 18 de noviembre de 2014

Anatema cualitativo contra la cantidad


¿Crees que tú, ridículo azucarillo, vas a cambiar la salinidad del mar? ¡Desengáñate!, la calidad ha sido apuñalada y muere desangrada bajo las botas sucias de una asesina con millones de cabezas que sin embargo no tiene ni un solo cerebro: la cantidad.

Disfrazada de apacible consenso se ha acostumbrado a pasear entre nosotros, a besarnos con su fétido aliento y a pisar el cuello de todo lo que no venga de la mano de muchas manos. Ha desdefinido el concepto de brillantez encarcelándolo en una repugnante celda de falsas luces en la que el brillo se pudre por falta de oscuridad, la oscuridad del pensamiento libre, ese al que sólo se llega solo.

¡Y desengáñate otra vez, azucarillo inútil! Corren eternos malos tiempos para el pensamiento libre; no se acomoda en un trono sino que yace tirado en una humillante letrina a la que van a parar todos los excrementos de los que sienten en común, de los que consienten, del asesino a sueldo de voluntades que es el trajeado consenso. La libertad sigue coloreando banderas pero es temida, condenada, y escupida.

¿Quieres escuchar lo que todos creen? ¡Vete de aquí, me hastías, no hablo para ti!

¿O quizás buscas un mensaje nuevo y te atreves a libreser? ¡Vete de aquí también, deshazte de tu cobardía y estrangula a tu soledad! Cuando se esté muriendo mírala a la cara, y cuando sientas que te suplica, aprieta un poco más. Eso que experimentarás asesinándote es lo que buscas, es un destello de tu pura verdad. ¡Bienvenido a ti!

La cantidad como argumento de verdad y calidad es nefanda y emética. No contéis conmigo como víctima ni verdugo en vuestra matanza genocida de individualidades alicortas. 

jueves, 13 de noviembre de 2014

Frasecicas de después de la siesta


Los eufemismos son ideas mayúsculas cobardes que se esconden detrás de letras minúsculas inocentes.



No pongo títulos en mi currículum vítae, pongo los nombres de mis amigos.


El mejor cumplimiento del leonino “hasta que la muerte os separe” es poder decir "te quiero" a un amor que ya no lo es.


¿Y qué si no tiene sentido? Si lo tuviera sería un sinsentido sin sentido.


¿Me pides un consejo? Te aconsejo no pedírmelo.


Echar de menos es la forma que tiene el alma de contar sus batallitas.


Resiliencia es el nombre artístico de la supervivencia.


He calculado haber tenido unos 6.000 orgasmos entre compartidos y autoinducidos, pero esta láctea cifra no me lleva a ninguna vía. Se ve que por ahí no van los tiros…


Vivir. ¿Hay algo más mortal?
Morirse. ¿Hay acto más vital? 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Planeta madre

Desde que viajo por el mundo buscando buscar, sin un deseo concreto, sólo deseando desear, me he dado también muchos paseos íntimos por el “planeta madre”. El planeta madre es mi madre. Más que un planeta es una estrella, o mejor, una explosión estelar, una supernova que irradia un amor deslumbrante en una longitud de onda perceptible desde cualquier parte del universo independientemente de la galaxia personal en la que esté embarcado. Es mi big bang. 

Cuando hablo con ella y le intento explicar que mi intención es perseguir el conocimiento y la realización personal a través de los viajes y la integración en diferentes culturas, que no tengo miedo al futuro porque no aspiro a ser longevo sino a ser sabio, y que donde ella ve estabilidad en el confuso concepto de trabajo fijo yo veo unos clavos en mis pies, me mira como que me hubiese vuelto loco (y quizás con razón, aunque la verdadera locura sea ser cuerdo en un mundo de locos).  

Me pregunta: “Jose, hijo, ¿por qué no te buscas un trabajo normal y te dejas de andar por ese mundo afuera buscando eso que dices que no entiendo?”. Y yo le respondo: “Porque no puedo, mamá, porque lo que hago no es una elección sino un maravilloso tobogán por el que me estoy cayendo, y no lo puedo evitar. Porque no soy ingeniero de telecomunicaciones por la universidad, mamá, soy filósofo por necesidad”.

Y es curioso porque justo donde yo encuentro el clímax de mi razonamiento, la flecha de mi vida ahora, mi identidad dialéctica, encuentra ella el tártago de su dolor, la aflicción por no entender, la tribulación de quien ve que se le aleja una tabla en un naufragio, el ahogarse en soledad de un amor de madre.

Pero en este naufragio -que lo es para ella y, vía umbilical, también para mí- me doy cuenta de algo que se puede sentir aunque difícilmente explicar: mi madre no es alguien que ve la tabla que se aleja, ni el agridulce orgullo sazonado de dolor por mi ausencia; no es quien me cuida y quien siempre me piensa; no es la imposible incondicionalidad hecha verdad. Es mucho más que eso. En realidad me doy cuenta de que no hay naufragio en el que ella se pueda ahogar porque mi madre, mi amada madre, es el mar. 

viernes, 7 de noviembre de 2014

La sombra


Bajo el arquetipo de la sombra, Carl. G. Jung ubicaba aquella parte de la personalidad que rechaza incluirse en cualquiera de los moldes que le propone la conciencia e incorporarse productiva y felizmente a los formatos con los que se presenta el mundo exterior, la realidad de ahí fuera, lo que la vida nos ofrece. 

Esa sombra crece cuando no encontramos para nuestra intimidad la adecuada vía de acceso a ese mundo exterior, cegando así el cauce por el que la vida discurre. Y cuando esto ocurre, cuando el hombre no logra trascender de sí mismo a través de una tarea que llevar a cabo en el mundo, esa fuerza íntima que era depositaria de verdad -de nuestra intimísima verdad- se vuelve venenosa; como si fuera agua entre las piedras que, sometida al frío de la parálisis psíquica, se hace hielo y destroza la estructura en la que se encuentra. Sus efectos son devastadores, y lo son en dos direcciones: contra el mundo y contra uno mismo.

Ahora bien, no lejos de donde hay sombra es que hay luz. El mismo Jung decía que “la sombra no sólo consiste en tendencias moralmente desechables, sino que muestra también una serie de cualidades maravillosas, a saber, instintos de empatía, reacciones adecuadas, percepciones atinadísimas y brillantes de la realidad, impulsos creadores, etc.". Es decir, que esa parte sombría de nuestra personalidad que atrapada en lo interior alimenta tanto nuestros comportamientos antisociales como los autoagresivos, si conseguimos encauzarla convenientemente hacia el mundo exterior, puede llevar a galvanizar lo más talentoso y excelso de nosotros mismos.

Hay un efecto muelle en la personalidad cuando uno se encuentra con su sombra y a partir de ella busca la luz que la produce. Llegar a lo más hondo del pozo de uno mismo puede no ser más que el primer paso para construir una lanzadera desde la que dispararse con la fuerza de un meteorito a la conquista de la estratosfera.

Y esto no lo dice Carl Gustav Jung; lo digo yo, y sé de lo que hablo. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Toma pan y moja


Cuando leo a Ortega me emociono. Sus reflexiones y la manera de exponerlas son paisajes hechos con palabras. Tienen la luz de un amanecer y huelen siempre a hierba recién cortada. Lo que dice se puede respirar hondamente, y le faltan a uno pulmones para llenarse de tanto aire fresco. Cuando lo espiro siento unas ganas enormes de escribir -lo que sea- pero al vaciarme de su lectura me encuentro también tan pequeño, tan diminuto, que casi me da vergüenza y me parece una mezquindad tocar las letras después de él, así que me deleito en su grandeza, cuelgo mi lápiz y le releo, como quien apaña con ávidas untadas de pan los últimos resquicios de un plato empapado de ambrosía; y cuanto más unto, más disfruto y más hambre tengo.

Aquí dejo unos huevos fritos con pan para que cada uno unte a su gusto:

“Quien siente menos apetitos vitales y percibe la existencia como una angustia omnímoda, según suele acaecer al hombre moderno, supedita todo a no perder la vida. Por otra parte, el valor supremo de la vida (como el valor de la moneda consiste en gastarla) está en perderla a tiempo y con gracia”.

“La vida en su última sustancia consiste en tener que ser dedicada a algo, no en ocuparse de esto o de lo otro dentro de la vida. Es decir, no en meter en la vida algo que se considera valioso, sino en tomar en vilo nuestra existencia entera y dedicarla a algo. En suma, darla, enajenarla, entregarla; entonces será verdaderamente tuya”.

“Hay un primer plano de realidades el cual se impone a mí de una manera violenta: son los colores, los sonidos, el placer y el dolor sensibles. Ante él mi situación es pasiva. Pero erigidos los unos sobre los otros hay nuevos planos de realidad cada vez más profundos, más sugestivos, que esperan ascendamos a ellos, que penetremos hasta ellos. Pero estas realidades superiores, para hacerse patentes ponen una condición: que queramos su existencia y nos esforcemos hacia ellas. La ciencia, el arte, la justicia, la cortesía, la religión son órbitas de la realidad que no invaden bárbaramente nuestra persona como hacen el hambre o el frío; sólo existen para quien tiene voluntad de ellas; requieren un ver activo.

Si no hubiera más que ver pasivo quedaría el mundo reducido a un caos de puntos luminosos. Pero hay sobre el pasivo ver un ver activo, que interpreta viendo y ve interpretando: un ver que es mirar. Platón supo hallar para estas visiones que son miradas una palabra divina: las llamó ideas. Pues bien, la tercera dimensión de la naranja no es más que una idea, y Dios es la última dimensión de la campiña”.

“Es un error creer que el aspecto más verídico de una cosa sea el que ella ofrece sometida a una visión muy próxima. Ver bien una piedra es mantenerla a tan corta distancia de nuestro ojos que percibamos los poros de su materia. Pero ver bien una catedral no es mirarla a la misma distancia que una piedra. Para ver bien una catedral hemos de renunciar a ver los poros de sus sillares y alejarnos de ella debidamente”.

Y de postre, al hilo de este último párrafo, una sentencia de Nietzsche

“Demasiado primer plano hay en todos los hombres, ¡qué tienen que hacer allí los ojos que ven lejos, que buscan lejanías!". 

¡Buen provecho!

domingo, 2 de noviembre de 2014

Reunión no imposible


Ayer, paseando por mi ciudad con aire de turista, fijándome en los detalles urbanos que había visto antes miles de veces pero en alguno de los cuales no había reparado, esperando a que los semáforos se pusieran en verde para cruzar aunque estuviera solo y no pasaran coches -como queriendo encontrar la sintonía fina de la urbe, como considerando todo mi entorno un “recién pintado, no tocar”-, sintiendo que caminaba dulcemente sobre mi propio pasado de niño y adolescente, con el alma vestido de clara serenidad y respirando el aire puro que desprende mi ego cuando mis ideas se echan la siesta, me ocurrió algo inesperado y sorprendente:

Al doblar una esquina tropecé con un hombre que apareció de repente y a ambos se nos cayeron las gafas al suelo por el encontronazo. Sin siquiera antes mirarnos, las recogimos y nos pedimos disculpas por el golpe, y resulta que lo hicimos todo a una, es decir, que quisimos ocupar el mismo lugar en el espacio en el mismo instante (por eso nos chocamos), nos agachamos casi como siguiendo una coreografía (a la vez) y nos disculpamos con las mismas palabras pronunciadas simultáneamente. Cuando nos miramos descubrí que, aparte de sus gafas, que eran exactamente iguales a las mías, la cara de ese hombre me resultaba también más que familiar: parecía yo. 

-  ¿Quién eres? –Le pregunté-.
-  Soy el sentido de tu vida –Me respondió-.

Creí que estaba soñando y me reí, pero se me atragantó la risa porque su cara, peinado, ropa, barba, y hasta mueca, idénticos a los míos, me hipnotizaron ante la aparente absurdidad que estaba viviendo. Demasiado elaborado y casual como para ser una broma –pensé- así que aceptando el surrealismo de la circunstancia, decidí seguirle la corriente y acomodarme al inexplicable contrapunto que estaba viviendo. En sólo unos segundos, los que tardó en apagarse y volver a encenderse mi risa tonta, concluí que si estaba en un sueño no parecía una pesadilla, y si era real resultaba morbosamente interesante. En cualquier caso vislumbré una gran oportunidad para hacerle unas cuantas preguntas a aquel singular personaje que parecía encarnar mi propia pluralidad. 

- ¿Y cómo así por aquí? –Pregunté con aire de asumir la circunstancia con naturalidad-.
-  ¿Y dónde quieres que esté siendo quien te he dicho que soy? –Me dijo con más naturalidad aún, quizás la que yo quería tener y sólo lograba fingir-.

¡Esto es increíble! –exclamé para mí mismo-. Sí, lo es -me dijo él- respondiendo a mi conmoción. Yo también estoy sorprendido de verte. Los sentidos de la vida no solemos encontrarnos con los vivientes por los que existimos. Algunas vidas incluso llegan a su final sin haber conocido su sentido, así que es una gran casualidad que podamos mirarnos, identificarnos y comunicarnos.

-  Bueno, vamos a sentarnos a tomar algo y hablamos, ¿no? – Le dije-.
-  Me parece muy bien –respondió-.

Así que nos fuimos caminando a una terraza, nos sentamos, partimos el sol y nos pusimos a charlar tranquilamente. La conversación que tuvimos fue tan extraordinaria como los circunstantes que la protagonizaron, pero no la voy a contar porque con quien me encontré fue con el sentido de mi vida, no con el de la tuya.

¿De qué habrías hablado tú si te hubiera pasado a ti?

sábado, 1 de noviembre de 2014

Neurosis y excelencia


«Eduard Munch sabía que estaba neurótico. Incluso tenía consciencia de que su obra estaba condicionada por su neurosis, por lo cual, como artista, no quería curarse de la misma; y es que, como dice Ortega, “cuando alguien es pura herida, curarlo es matarlo"».
(Javier Martínez Gracia)

“Quizás sin esa exaltación de la sensibilidad nerviosa que llega hasta la locura no hay genio superior en las artes que requieren ternura”.
(Kandinsky)

“Si en algún momento he sido feliz por un medio distinto de la literatura y lo que estaba relacionado con ella… precisamente entonces he sido incapaz de escribir”.
(Kafka)

“El hombre con sentido común y con sentido práctico, probo trabajador, buen ciudadano y buen esposo, no fue jamás un gran poeta”.
(Marcel Réja)

“El peculiar maridaje entre irrealidad y arte hace que el artista tienda a ser un inadaptado, y, a menudo, un perturbado mental”.
(Javier Martínez Gracia)

“La neurosis hace al artista, y el arte cura la neurosis”.
(André Malraux)

“Una neurosis la superas, de ti mismo no te curas”.
(Sastre)

“Qué profunda paradoja: esa angustia que permite crear y, precisamente por eso, existir, conduce igualmente a la muerte y al borde del abismo”.
(Brenot)

«En la vida de los grandes creadores y los personajes excepcionales se da con frecuencia la pérdida temprana de un ser cercano, ya sea física o funcionalmente, lo cual obliga a un trabajo psicológico subsiguiente por encima de lo normal. Para el psicoanálisis, el acto creador nacería de la necesidad de reparar la pérdida de un “objeto” amado que en realidad no se ha podido amar».
(Brenot)