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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 31 de octubre de 2014

Condenado a ser


Si la vida fuese eterna no tendría ningún mérito nada. Cualquiera podría decir que en el futuro sería como el mejor de los mejores en la disciplina que fuera, y diría verdad, porque si el tiempo es infinito, entonces necesariamente uno pasaría por ser el mejor y el peor en todo, y esto no es una opinión sino una realidad de la matemática estadística: Si se tira una moneda al aire infinitas veces saldrán tantas caras como cruces. Por la misma teoría, si viviéramos eternamente todos seríamos alguna vez Ghandi y Hitler, y Santa Teresa de Calcuta y Leopoldo II de Bélgica, y Jesucristo, y un mendigo borracho y Rockefeller, y hasta algún don nadie. Y todo ello sin dejar de ser una sola persona, porque en cada hombre están todos los hombres, y porque potencialmente cada uno de nosotros puede ser cualquier cosa.

Pero afortunadamente el tiempo vital no es infinito y el juego consiste por tanto en ser alguien mientras dura la aventura:  

¿Quién quieres ser?
¿Por qué no empiezas ahora a trabajar en ello?
¿Qué hay más importante que ser quien quieres ser?
¿Con qué infraproyecto te están engañando para que creas que el de ser tú mismo se puede postponer o ignorar?
¿Eres un cobarde o simplemente eres tonto?

La vida es terrible porque es finita pero es maravillosa por la misma razón. Tiene el irresistible atractivo del que acaba de llegar y del que se está yendo. Así también, el Hombre es un ser extraordinario por su potencial pero despreciable por su conformismo.

¡Humano, estás condenado a vivir! ¡Escupe de una vez tus ridículos miedos y deja de atragantarte de cobardía. La vida del más allá es una patraña precocinada para dar validez a un pagaré de felicidad que en realidad nunca cobrarás!

Si no te atreves a ser o si te has puesto la corbata del don nadie y te ves elegante, deberías ser polvo inerte. La moneda que cae de canto es que no quiere jugar. Sal de ti al universo y no te escondas más porque toda verdad silenciada se vuelve venenosa; ¿por qué no cuentas la tuya ya?

sábado, 25 de octubre de 2014

Historia de la lanza que quería ser escudo


Cansada de desgarrar tejidos, de clavarse en los corazones, de vencer batallas y de bañarse en sangre, la lanza renegó de su éxito y - aun consciente de su arrollador poder- empezó a odiar la violencia y pensó que una actitud más noble sería sólo defender.

Entonces miró al escudo y como él quiso ser porque le parecía más digno proteger.
Se dobló, se plegó, serpenteó y hasta se partió, pero no lo pudo conseguir, pues para transformarse se tenía previamente que destruir. 
Se fundió, pues, y la fragua recreó un escudo con lo que antes lanza fue. 

Orondo ahora, se sentía honrado con defender, hasta que cansado de tanta guerra y tanto impacto sobre él empezó a pensar si no sería mejor ser otra vez lanza para acometer en lugar de escudo para padecer.

Y el brazo que lo blandía, sintiendo sus cuitas le consoló:
“No te culpes, escudo o lanza o lo que quiera que seas, por no saber lo que quieres ser. Yo, por ejemplo, soy humano, guerreo y muero por vencer y ni siquiera sé por qué la guerra es". 

martes, 14 de octubre de 2014

Personas


Recapitulando sosegadamente, casi diría que asépticamente, es decir, sin involucrarme demasiado en los recuerdos, sólo intentando entenderlos, me doy cuenta de que las etapas más significativas de mi vida tienen nombre de persona y sólo apellidos secundarios de lugar y circunstancia. Por supuesto todo está relacionado, porque las personas que conocí eran como eran por el lugar y las circunstancias en las que las conocí, pero el puntero que al final queda en mi mente, el verdaderamente poderoso y determinante, señala a las personas.

Casi a la misma altura en cuanto a las fuentes de aprendizaje situaría los libros leídos, pero eso al fin y al cabo es como hablar de personas, ya que los lugares y las circunstancias no saben escribir y las ideas no son ideas hasta que alguien las concibe y las comparte, ya sea actuando, hablando o escribiendo.  

De la enorme variedad de personalidades con las que he tenido la oportunidad de compartir algo, y de la más o menos importante herencia que haya podido tomar de ellas y ellas de mí, he llegado extraer algunas ideas que bien podrían parecerse a conclusiones en cuanto a lo que me parece importante a la hora de seguir creciendo y favorecer el crecimiento ajeno en este juego sin instrucciones de duración indeterminada y finalidad velada que es la vida.

A todos nos gusta el halago. Nos gusta incluso aunque venga de alguien a quien no apreciamos en absoluto. Cuando se trata de una adulación, las palabras que nos dedican entran en nuestro entendimiento bailando dulcemente sobre una alfombra roja. De hecho cuando un imbécil me dedica un halago, ya no me parece tan imbécil. Esto me deja muy claro que hablar bien de los demás es una de las actividades más emocionalmente rentable e influyente que se pueda considerar.

Por otra parte, a la mayoría nos hiere que hablen de nosotros injustamente o con superficialidad, y en general decimos “a mí me da igual lo que digan de mí” con la misma sinceridad con la que los dentistas dicen “no te preocupes, que no te va a doler”.

Como en todas las actitudes, aparecen conceptos nuevos con el abuso. Así por ejemplo, hablar siempre bondades ajenas convierte la amabilidad en peloteo, y escuchar y considerar todo lo que dicen de nosotros transforma la atención en dependencia, pero hay un lugar en el pico de una montaña de la cordillera de nuestro yo donde se puede sentir que la incandescencia de la censura calienta pero no quema y donde el viento del halago acaricia pero no marea. Ese pico se llama equilibrio y todos sabemos dónde está, aunque sólo los más ágiles pueden ponerse de puntillas sobre él para disfrutar las lisonjas sin ensoberbecerse, para dedicar amables palabras incluso a quien con justicia más merecería ásperas reprensiones, y para ignorar a quien por enfermedad -el pesimismo- sólo habla de lo que falta.

En última instancia todo consiste en una escalada a esa cima, en un esfuerzo mental de lucha entre contrarios: querer puede ser ignorar el odio, agradar puede ser sólo no desagradar, y ser sincero puede consistir simplemente en no hablar. De hecho, las más profundas verdades son inefables; por eso se dicen callando. 

jueves, 9 de octubre de 2014

Saber


Conocer es al entendimiento lo que coger es a las manos. De hecho, tal es la semejanza entre conocer y coger que a ambas cosas podemos referirnos como aprehender. 

Hay gente que aprieta muy poco lo que coge y se les cae, y otros que aprietan tanto que lo rompen y se quedan con menos que si no hubieran cogido nada. Los primeros por flojos y superficiales y los segundos por brutos y dogmáticos, ninguno saborea la esencial naturaleza del saber que es compartir preguntas.

Los hay que consideran que saber es poder decir lo suficiente como para impresionar a primera vista a un par de crédulos neófitos, y los hay que saben tanto que prefieren no decir nada para no adulterar con simplicidades mal escuchadas la profundidad del conocimiento que tienen.

Los hay también -aunque son los menos- que se dan cuenta por lo mucho que saben de que en realidad no saben nada, y los hay así mismo que no saben no saber y por eso compiten permanentemente por demostrar que ya sabían, aunque se acaben de enterar.

Algunos mal entretenidos con esclerosis de entendederas se parapetan detrás de frases como “yo ya soy muy mayor para aprender”, cuyo efecto secundario más peligroso es la ranciedad. Y si de saber se trata, hay también algunos que todo lo quieren saber, pero no para entender sino para crear desentendimiento entre los demás; en este caso los conceptos se convierten en chismes y el saber en chismorreo.

En general, la actitud ante el saber y lo que uno entiende por saber determinan decisivamente nuestra visión de la vida y nuestra personalidad. El miedo a las dudas nos aniquila y enrigidece, mientras que guardar el conocimiento en cajitas con una cerradura en forma de interrogación nos hace plásticos y permite que nuestro alma respire.

Saber no es atesoramiento de datos sino una actitud ante los datos que no se tienen, de la misma forma que cultura no es saberlo todo sino saber dónde está lo que no se sabe.

La vitalidad no se alimenta de lo que ya hemos visto sino del deseo de abordar lo que no conocemos, así que la vejez sólo sería pérdida de curiosidad; por eso pueden encontrarse jóvenes senescentes y viejos recién nacidos.