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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 8 de junio de 2014

La pelea, el plato, el balón y la resta


No tengo experiencia docente previa con niños españoles, así que no puedo comparar con nada la que estoy teniendo aquí con los niños tanzanos -lo cual me deja un poco cojo a la hora de interpretar la realidad que vivo- pero creo que haciendo un pequeño ejercicio de intuición puedo jugar a encontrar divertidos y enriquecedores detalles y diferencias que bien merezcan un comentario en el blog. 

Aquí todos los días alguien se come una libreta, alguien se pinta las uñas y la lengua de azul con la tinta de un bolígrafo reventado, alguien se pelea y alguien llora. Con los parámetros occidentales, lo que pasa aquí es una locura diaria. Resulta muy difícil contar lo que ocurre con precisión porque es muy complicado crear literariamente el contexto apropiado para que lo que se cuenta se pueda interpretar de una manera atinada. Sin embargo, hay cosas que incluso descontextualizadas tienen todo el valor de un mensaje poderoso. Ahí van algunos ejemplos: 

Cada día los niños traen un plato de casa para comer en él la comida que les preparamos. A veces alguno se rompe y es sorprendente ver lo mucho que esto les importa;  piensan que corren el riesgo de quedarse sin comer y que les van a pegar en casa (lo primero nunca es cierto, aunque lo segundo a veces) así que lo que en principio es una aparentemente inofensiva tontería -un plato se ha roto- ellos lo viven como una gran desgracia. Lo más interesante es que cuando esto ocurre el crío nunca tiene que pedir que alguien le deje el plato. La reacción es inmediata por parte de todos. Pasa automáticamente de no tener plato a tener cien a su disposición porque absolutamente nadie le niega el suyo. Se pelean como si se odiasen, pero comparten como si no supieran lo que es el odio. 

"Está allí, encima del armario" -les dije a los dos niños cuando me preguntaron por el balón-. En lo que no reparé fue en que ninguno de los dos llegaba a la parte de arriba del armario, pero no me hizo falta, porque cuando quise darme cuenta había uno encaramado en los hombros del otro para llegar. Me da la sensación de que en otras circunstancias se me habría pedido que les bajara el balón, pero estos chavales llevan automatizado y grabado en piedra el espíritu de la colaboración para las cosas serias, y eso de conseguir el balón, evidentemente, es una cosa seria.  Creo que si hubiera estado en el tejado habrían hecho una cadena de enanos uno encima de otro para llegar a cogerlo. 

Charles, el profesor local, escribió varias sumas y restas en la pizarra, y todas parecían resolubles hasta que le dio por poner 20 - 9. Samuel empezó su habitual protocolo de cuentas con los dedos, pero se dio cuenta de que no le llegaban. Llamó a Rajabu y le pidió que pusiera sus manos con los dedos extendidos enfrente de las suyas. Ahora ya sí podía. Llegó hasta 20, contó hacia atrás los 9 que había que restar y volvió a contar de nuevo los que quedaban. "11" -Dijo Samuel- "11" - Exclamó Rajabu-, y ambos levantaron la mano a la vez: "¡Teacher, teacher, 11!" 

Vi esto a través de la ventana de la clase y me emocioné pensando que Samuel y Rajabu se pegan pero se trepan para coger un balón, se rompen el plato pero se regalan el corazón y la comida, y se suman y se restan el uno al otro para conquistar un número. 

Estos críos tienen estas cosas y yo me siento más espectador que gestor de nada. No aporto nada nuevo; sólo intento que se expanda lo bueno que ya hay en ellos creando circunstancias que lo posibiliten. Ellos sólo aprenden a sumar, pero yo me llevo una lección de respeto peleón y colaboración incondicional. ¿Quién aprende más?

4 comentarios:

  1. esta entrada me ha emocionado. Podría decir que es porque habla de niños pero no, estoy segura de que es porque habla de compartir y de amar al prójimo por encima de nuestras libertades o de nuestras capacidades. "Siempre es más poderoso el que da que el que recibe"; a fuego lento me lo ha grabado mi madre desde niña. Es por eso que al leerte, lo he recordado, con el fin de que no me olvide de ello nunca. Así son tus niños, espero que sean tus maestros.

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  2. Tus niños te enseñaran , sin duda , pero la de cositas tuyas que se les quedarán grabadas a esos chiquillos ...
    más besos : )

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  3. Moro, estoy seguro que vas a dejar una huella imborrable en esos diablillos espabiladisimos por la naturaleza que les ha tocado vivir...lo de la rotura del plato me ha llegado al alma,,,por la segunda causa overall...

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  4. Creo que me espera algo emocionante...

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