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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

viernes, 2 de mayo de 2014

Metáforas y supernovas


Veo metáforas por todas partes y desde todos los puntos de vista. Las veo como Neo ve las líneas de código de Matrix, pero son tantas y con tanta continuidad que casi nunca doy abasto para recordarlas, así que para evitar en parte esto último voy a escribir sobre las metáforas más grandes que percibo, sobre las supernovas de la energía comparativa: 

Lo atómico es una metáfora de lo astronómico (o viceversa, porque las reinas de las metáforas son todas bidireccionales y no se sabe verdaderamente cuál es el término real y cuál el imaginario). Los protones son estrellas y los electrones son planetas orbitando alrededor. Eso lo sabe cualquiera, aunque nadie sabe en qué momento un protón pasa a ser una estrella y un electrón pasa a ser un planeta, ni si el gato de Schrodinger está vivo o muerto, ni si la luz es onda o partícula, ni si su velocidad es de verdad un absoluto o sólo un punto de apoyo muy difícil de desmentir. 

La infancia es una metáfora de la edad adulta. Existen las mismas inquietudes, y el corazón se estremece de la misma manera, aunque por cosas diferentes y con poses también diferentes. ¿Acaso dejamos de tener miedo, sentir soledad, desamparo, inseguridad, ganas de llorar, envidia, celos, entusiasmo, alegría, frustración, desencanto, cansancio, dudas… y todo lo que adorna nuestra vida cuando nos hacemos mayores? ¿O es que acaso no sentíamos todo esto cuando éramos niños?

El presente es una metáfora del pasado y del propio futuro. Tanto se parecen entre ellos estos tres que no se sabe muy bien dónde empieza uno y dónde termina el otro, hasta el punto de que quizás se trate de una misma cosa que sólo nuestro entendimiento esquizofrénico escinde en estas partes para intentar comprenderlo. En cualquier caso, uno es metáfora del siguiente, el siguiente del anterior, y todos a la vez lo son de la imposibilidad de concebir el estaticismo total. El tiempo no es un recurso de nuestro entendimiento, sino un síntoma de nuestra falta de recursos. Una metáfora de una carencia, por tanto. 

Yo soy metáfora de mi mismo. Soy algo que intenta ser alguien y que permanentemente se equivoca. ¿O quizás acierte? ¿Y cómo puedo saber si he acertado o no? Mis dudas son metáfora de la imposibilidad de conocer objetivamente el sentido de la vida, y mi resignación ante esta imposibilidad es una metáfora astronómica de las pequeñas cosas del día a día que tampoco puedo entender ni cambiar, pero con las que también me tengo que conformar. 

La poesía es una fiesta de metáforas bailarinas que danzan en un tablado de ideas construyendo una cadena que une “algo” que hay ahí fuera con una ordenación neuronal que se crea dentro de mí y que yo llamo consciencia o sencillamente saber o sentir algo.

Sólo a través de la medida, de la evocación de ideas afines o alejadas, del recuerdo de lo parangonable, de la comparación… en fin de cuentas, de la metáfora, se puede llegar a acariciar –que nunca asir de verdad- lo que llamamos realidad, que podría no ser más que el término imaginario de una metáfora en la que el término real sea la idea en sí y no lo que ésta describe. A veces una idea resulta más real que la supuesta realidad que nos la sugirió

En la calidad y optimismo de las metáforas que seamos capaces de construir estará por tanto la dimensión de nuestro mundo interior. Para verse por dentro no hay más que observar lo que hay fuera y pensar en qué se parece a uno mismo: ¿De verdad no ves nada parecido entre tú y un río, o el mar, o el horizonte, o un pez, o una mentira, o una verdad por descubrir, o el fuego, o una lágrima, o un salto al vacío, o un girasol, o una explosión? Para ver nuestro universo interior sólo hay que alumbrarlo con metáforas, y para este fin valen todas, hasta las que no valen, porque la incoherencia también forma parte de nuestro mundo interior, y también merece su metáfora. 

1 comentario:

  1. Cuando me jubile quisiera ser pastor, vagar por los montes con mis ovejas y hablar con mis perros pastores, sentirme dentro de donde ahora me veo tan distante...es mi manera de bailotear sobre la realidad que por cojones ahora me toca. Menuda filosofada metaforil!

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