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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

domingo, 12 de mayo de 2013

Ayer me presentaron a África



No fue una audiencia para mí solo; ella sabía que yo ya llevaba aquí un par de semanas, y ambos sabíamos que tarde o temprano tendríamos que vernos las caras. Me levanté con el sosegado entusiasmo que estoy mamando aquí con cada cosa que hago y pienso, y después de desayunar nos fuimos en coche a Newland desde Moshi, la ruta de siempre, pero sin el “palomiteo” del camión. Los 50 niños nos esperaban en la escuela, no para las clases de inglés, swahili y matemáticas, sino para irnos de safari (simplemente viaje, en swahili) al campo.

La primera sensación de que África me esperaba ese día no me llegó a través de su naturaleza, al menos de su naturaleza paisajística, aunque el safari en cuestión tenía como destino un lugar llamado Nyumba ya Mungu (Casa de Dios), donde según me decían había, como no podía ser de otra manera con tan excelso inquilino, unas vistas espectaculares.

La primera sensación llegó en forma de encaje, y es que de manera increíble incluso para el que ve y toca presencialmente, cincuenta niños se metieron en una furgoneta en la que en España cabrían quince apretados, y se acomodaron no sé de qué manera, como átomos guiados por fuerzas electromagnéticas, hasta formar una molécula comprimida con caparazón de acero y ruedas. Mi amigo Iñigo dice que entran como fichas. Era el dala-dala (taxi-furgontea) con más vida que he visto y veré en mi vida. Desde fuera se notaba que allí dentro, donde no cabía ya ni el pensamiento, había una fiesta de risas y candidez que parecía mofarse sardónicamente de lo que yo hasta ahora tenía entendido por incomodidad o inviabilidad en un viaje.
  
Y de esa manera ellos, y en todoterreno nosotros, tomamos la vía de Nyumba ya Mungu, Después del sólito traqueteo de cualquier vehículo por la barabara (carretera) -palabra ésta que parece anunciarte con su musicalidad el baile que te espera cuando discurres por ella- llegamos al lugar.

Se me presentó sereno, redondo, variado, luminoso en su techo, marrón en sus aguas y negro en sus montañas, que más que por llamar la atención sobre su perfil, estaban allí para ensalzar la planicie tan amplia que delimitaban. En esa idea acomodé en mi imaginación a Dios echándose una siesta allí, y entendí el nombre a mi manera. 

Desembuchado el dala-dala a la sombra de una acacia que allí había a modo de sombrilla dispuesta naturalmente, surgió la riada de infantes que corrieron hasta el lago para desembocar y bañarse en el agua terriza y poco profunda de la manera menos remilgada que imaginarse pueda. Hasta la idea de que hubiera algún mamba (cocodrilo) resultaba un motivo de risa. Los niños decían mamba, mamba, como quien sigue la letra de una canción divertida, como que incluso quisieran que apareciera alguno. A veces pienso que el miedo vive acobardado en en un rincón del corazón de esta gente.

La naturaleza nos trajo además para su función un público masai que miraba de manera sosegada y fija, como se mira aquí, escudriñando pero sin retar a nada. No sé si entre ellos se miran igual, no lo creo, pero al cruzar los ojos con esta gente yo siento un crepitar como el de la sal en el fuego o el agua sobre el hielo. Tenemos temperaturas vitales claramente diferentes, y ese contraste impregna también las miradas, deshaciendo el prejuicio de uno en la curiosidad del otro, y llegando a un punto de disolución tranquila que se alcanza varios segundos después de haber empezado.

Lo mejor de este paisaje no es que su belleza y naturalidad hagan pensar que hasta el hombre va a tener que trabajar mucho, ojalá más de lo que es capaz, para estropearlo, sino que él mismo -el paisaje- parece que respirara con el paso de los minutos: se mueve, cambia de color, se multiplica, muta, y uno puede verlo cambiar con tanta claridad como quien mira la aguja del segundero de un reloj. Cuando ha pasado un rato, las nubes borran las montañas dando lugar a una planicie ahora absoluta, sin límites, con un agua que de marrón ha pasado a negra, como si el tinte de las montañas se hubiera diluido en ella. Las laderas bajas camaleonizan sus lomos con un tono turmalina, imitando al verde que antes sólo había sobre los bordes del pantano, verdes a su vez, que se azulan por segundos. Una locura dinámica para la que una foto es más un insulto que un recuerdo de tan caleidoscópico lugar.  

Y al mismo tiempo, literalmente en frente de este retablo, el sol mantiene su día claro, sigue blanqueando las nubes y se retira tranquilo anunciando un atardecer que en el umbral de su llegada es recibido por Iris, dictando ufana su divino y espectral mensaje convertida en una bóveda inmensa, dibujada con los colores de siempre pero variando en tonalidad de una base del arco a la otra. Evidentemente África se me estaba presentando, y yo estaba encantado de conocerla. Me encantó verla desvestirse de esta manera para mí.

La vuelta fue como la ida. Las fichas se colocaron, el camino se deshizo, la noche nos oscureció la vista para iluminar las emociones, y esta mañana me he despertado como después de un sueño real. Sé que lo fue porque ella estaba acostada dentro de mí.

2 comentarios:

  1. Tu relato me ha hecho bañarme en ese rio y sentirme el nucleo de esa molecula viajanta sobre la barabara...en un espectro de fichas cálidas y risueñas...viva Africa.

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  2. No hacen falta fotografías ni videos para poder "ver" lo que tus, tan bien hilvanadas palabras, nos transmiten. Gracias.

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