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No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Bien de altura


Se define mal de altura como la inadaptación del organismo a la falta de oxígeno en grandes altitudes. Depende de la velocidad en la ascensión y por supuesto de la altura alcanzada. Los síntomas suelen ser mareos, vómitos, pérdida de apetito, agotamiento físico, trastornos del sueño... y en el más leve de los casos un dolor de cabeza que se puede medir en martillazos de cefalea al ritmo cardiaco de cada uno. Es posible, pues, tomar las pulsaciones con la mano en la cabeza; toda una fiesta para el cuerpo cuando además se suele estar más que cansado y al mismo tiempo necesitado de energía. A partir de los aproximadamente 3.000 m llama a la puerta del cerebro, sobre todo para los neófitos como yo, y para llamar, como es lógico, utiliza el método ya comentado de los aldabonazos. Pasa, sin embargo, al menos en mi caso, a las pocas horas, ayudado por el hecho de que la ruta seguida para conquistar el Kilimanjaro fue tal que alcanzamos los 4.000 m un día para descender a continuación a los 3.000 con el fin de volver a subir al siguiente. De esta manera, el mal ese, el de la altura, parecía darse por satisfecho, como si su impuesto se cobrara en metros de descenso, para volver luego a subir, eso sí, esta vez ya sin su molesta, o más bien dolorosa, cantinela de golpes de batán. Según parece es una lotería. Puede tocarte de lleno y hacerte abandonar la expedición, sin importar si estás en forma o no, o si en ese momento estás más o menos cansado. Yo pude escaparme de su red, y como atún con suerte no fui atrapado por esa almadraba de la Fortuna.

De lo que no he encontrado definición explícita es del bien de altura. Podría decirse que consiste en la suprema adaptación del organismo a cualquier situación que surge después de llegar hasta la cima que uno se plantea. Los síntomas son el orgullo sin presunción, el apetito del recuerdo, tanto de los pequeños detalles como de las grandes emociones, la adicción a la compartición de los mismos con los compañeros, la necesidad de contar lo que uno ha visto, pensado y sentido, y el recreo de las fotos bañadas en evocaciones de gran agotamiento y entrega absoluta a un fin aparentemente absurdo, ya que si de llegar a la cima se tratara, bien podría haberse ido en helicóptero. Esto último me vuelve a dejar bien claro que lo importante es la ascensión en sí, no dónde se está ni adónde se llega. Vivimos montados en la ola de una derivada, y sólo el cambio, a veces infinitesimal, le da sentido a la existencia. Lo demás, dónde se está, es sólo un punto de vista.

No por casualidad la cima de esta maravillosa montaña, preñada de paisajes y de retos diarios, se llama Uhuru peak (El pico Uhuru, o pico de la Libertad, en swahili). Para llegar hasta allí hay que pasar por una foresta tropical y saludar a los monos, irse a la luna y admirar y asustarse de su desolador entorno, trepar a cuatro patas por entre rocas orgullosas y desgastadas que parecen, dentro de su abulia, acomodarse para facilitar el encaramamiento sobre ellas, pasearse por un desierto pedregoso que con su falta de hospitalidad facilita la huida, o sea, la ascensión, despertarse remoloneando sobre algodonosas nubes y marear el termostato del cuerpo del frío más paralizante al calor más sudoroso. El final, que en realidad es el principio, es un glaciar imponente que pese a su desgaste y más que previsible y cercano deshielo total, mantiene orondo un porte que suscita emociones de respeto y admiración difíciles de pensar y más aún de contar. El amanecer allí arriba es una locura a la que sólo pude responder llorando como un adulto.

El bien de altura también tiene efectos secundarios. Se olvida el cansancio extremo al que uno llega a estar sometido, la literal extenuación del cuerpo y de la mente, el ¿por qué estoy aquí? que a ratos, sobre todo el día de la culminación, también martillea el cerebro al ritmo del hipnotizante y silencioso paso del compañero que nos precede, el aislamiento de todo lo que no tenga que ver con llegar donde uno quiere llegar, o donde la naturaleza quiere que lleguemos; todo eso se olvida, y queda el recuerdo de una gesta grupal y personal, dura y gratificante, irrepetible y permanentemente evocable que va sucinta de una metáfora clave para pasar del existir al vivir, paso a paso, beso a beso, viviendo el ahora, pero sabiendo que el ahora no existe porque cuando se piensa ya pasa a ser antes. Al igual que la ascensión, la vida no es, la vida sigue.

Gracias a mis compañeros: Alicia, Iñigo, Imanol, Nick, y David, y por supuesto a los porteadores y a todo el equipo que puso 5.895 m de Libertad al nivel de nuestros pies; la procesionaria es en realidad un organismo compuesto de varios cuerpos. No voy a poder olvidar esto ni siquiera cuando me muera.

domingo, 19 de mayo de 2013

Ese terrón que me mira


"Viajar no es un empeño en busca de lo imaginado, no es la persecución de algo que uno quiere ver cerrando los ojos a todo lo demás. No es un deporte hecho para los que están seguros de lo que son, qué quieren y adónde van. Una sola pregunta puede justificar un gran viaje y el viaje está hecho para aquellos que no saben muy bien hacia dónde se dirigen ni conocen con exactitud lo que buscan. Está hecho para los que intuyen que encontrar no es lo importante y que cumplir un sueño puede ser, sobre todo, darse de bruces con la aventura. Es cierto que regresamos siempre, pero no debe viajarse con la intención de hacerlo. Viajar tiene algo de nacimiento". (Javier Reverte en "El sueño de África"). 

Ese terrón del fondo, manso y recatado, que va y viene al ritmo de las nubes y que mira a través de ellas como si de un antifaz se tratara, me ha terminado por embelesar. En un principio no me dejé impresionar por su reconocido prestigio de ser la montaña más alta de África, ni por saber que iba a convivir con ella todos los días, ni porque fuera requerida cada día de tanta gente de cualquier lugar del mundo. De hecho todo esto hizo que no sintiera ningún interés especial, como me suele ocurrir con los best sellers, que por ser tales no me atraen, como que en ello viera que de atracción van bien servidos y no necesitan de la mía, aunque quizás por ello en más de una ocasión haya condenado justos por pecadores; lo siento. En este caso simplemente hemos coincidido, ya que yo no vine a buscarla, ni necesitaba de su encanto, pero su encanto se me ha metido en la apetencia, la más incontinente de las emociones, y al final he decidido que el que la va a conquistar soy yo. 

Y lo decidí sin hacerlo realmente, es decir, que algo se disparó en mí para querer subir, como si mi volcán interno de búsqueda de emociones hubiera erupcionado de repente, de la manera que el mismo Kilimanjaro lo hiciera otrora. Decidí subir tras coincidir casualmente con un grupo que preparaba la expedición, y lo hice tomando una cerveza -por cierto, del mismo nombre que el monte, la más consumida aquí-  y hacerlo no me dejó resaca, ni la cerveza tampoco, porque al día siguiente estaba seguro de haber tomado una ruta enriquecedora. No sé muy bien hacia dónde me dirijo, como reza el texto de Javier Reverte, pero estoy dispuesto a darme de bruces con la aventura, sea cual fuere, y con quien fuere. Por cierto, que me encanta el futuro imperfecto de subjuntivo, un tiempo olvidado que no nos gusta conjugar por esa dosis de indefinición que lleva -en realidad es incertidumbre pura- pero que a mí, como digo, me atrae, quizás porque en vez de incertidumbre veo aperturismo y transigencia al futuro, fuere cual fuere

Lo más parecido que he hecho a una ascensión como esta ha sido aparcar un domingo en la sierra y tirar por el sendero de la derecha hasta que me canse, o el sol, el frío, el hambre o la hora me devuelvan al coche, así que de novedad voy a estar más que servido. La convivencia con el grupo en estas condiciones durante una semana de ascenso y descenso será también algo para mí antes no vivido, así como el paisaje, los -30º de la cima y respirar el mismo aire que inspiró a Hemingway para escribir "Las nieves del Kilimanjaro", relato este que prefiero leer cuando haya descendido, de la misma manera que en general prefiero leer el libro antes de ver la película. Curiosa circunstancia ésta en la que antes de leer algo decido vivirlo. Creo que es un buen síntoma. 

El eslogan de la cerveza Kilimanjaro dice así: "If you can not climb it, drink it" (Si no puedes ascenderla, bébela).  Bebibo ya he, escalar voy a, y bebiéndola lo celebraré. Y por supuesto, lo contaré.

Ese terrón me mira, y voy a ver qué quiere. 



domingo, 12 de mayo de 2013

Ayer me presentaron a África



No fue una audiencia para mí solo; ella sabía que yo ya llevaba aquí un par de semanas, y ambos sabíamos que tarde o temprano tendríamos que vernos las caras. Me levanté con el sosegado entusiasmo que estoy mamando aquí con cada cosa que hago y pienso, y después de desayunar nos fuimos en coche a Newland desde Moshi, la ruta de siempre, pero sin el “palomiteo” del camión. Los 50 niños nos esperaban en la escuela, no para las clases de inglés, swahili y matemáticas, sino para irnos de safari (simplemente viaje, en swahili) al campo.

La primera sensación de que África me esperaba ese día no me llegó a través de su naturaleza, al menos de su naturaleza paisajística, aunque el safari en cuestión tenía como destino un lugar llamado Nyumba ya Mungu (Casa de Dios), donde según me decían había, como no podía ser de otra manera con tan excelso inquilino, unas vistas espectaculares.

La primera sensación llegó en forma de encaje, y es que de manera increíble incluso para el que ve y toca presencialmente, cincuenta niños se metieron en una furgoneta en la que en España cabrían quince apretados, y se acomodaron no sé de qué manera, como átomos guiados por fuerzas electromagnéticas, hasta formar una molécula comprimida con caparazón de acero y ruedas. Mi amigo Iñigo dice que entran como fichas. Era el dala-dala (taxi-furgontea) con más vida que he visto y veré en mi vida. Desde fuera se notaba que allí dentro, donde no cabía ya ni el pensamiento, había una fiesta de risas y candidez que parecía mofarse sardónicamente de lo que yo hasta ahora tenía entendido por incomodidad o inviabilidad en un viaje.
  
Y de esa manera ellos, y en todoterreno nosotros, tomamos la vía de Nyumba ya Mungu, Después del sólito traqueteo de cualquier vehículo por la barabara (carretera) -palabra ésta que parece anunciarte con su musicalidad el baile que te espera cuando discurres por ella- llegamos al lugar.

Se me presentó sereno, redondo, variado, luminoso en su techo, marrón en sus aguas y negro en sus montañas, que más que por llamar la atención sobre su perfil, estaban allí para ensalzar la planicie tan amplia que delimitaban. En esa idea acomodé en mi imaginación a Dios echándose una siesta allí, y entendí el nombre a mi manera. 

Desembuchado el dala-dala a la sombra de una acacia que allí había a modo de sombrilla dispuesta naturalmente, surgió la riada de infantes que corrieron hasta el lago para desembocar y bañarse en el agua terriza y poco profunda de la manera menos remilgada que imaginarse pueda. Hasta la idea de que hubiera algún mamba (cocodrilo) resultaba un motivo de risa. Los niños decían mamba, mamba, como quien sigue la letra de una canción divertida, como que incluso quisieran que apareciera alguno. A veces pienso que el miedo vive acobardado en en un rincón del corazón de esta gente.

La naturaleza nos trajo además para su función un público masai que miraba de manera sosegada y fija, como se mira aquí, escudriñando pero sin retar a nada. No sé si entre ellos se miran igual, no lo creo, pero al cruzar los ojos con esta gente yo siento un crepitar como el de la sal en el fuego o el agua sobre el hielo. Tenemos temperaturas vitales claramente diferentes, y ese contraste impregna también las miradas, deshaciendo el prejuicio de uno en la curiosidad del otro, y llegando a un punto de disolución tranquila que se alcanza varios segundos después de haber empezado.

Lo mejor de este paisaje no es que su belleza y naturalidad hagan pensar que hasta el hombre va a tener que trabajar mucho, ojalá más de lo que es capaz, para estropearlo, sino que él mismo -el paisaje- parece que respirara con el paso de los minutos: se mueve, cambia de color, se multiplica, muta, y uno puede verlo cambiar con tanta claridad como quien mira la aguja del segundero de un reloj. Cuando ha pasado un rato, las nubes borran las montañas dando lugar a una planicie ahora absoluta, sin límites, con un agua que de marrón ha pasado a negra, como si el tinte de las montañas se hubiera diluido en ella. Las laderas bajas camaleonizan sus lomos con un tono turmalina, imitando al verde que antes sólo había sobre los bordes del pantano, verdes a su vez, que se azulan por segundos. Una locura dinámica para la que una foto es más un insulto que un recuerdo de tan caleidoscópico lugar.  

Y al mismo tiempo, literalmente en frente de este retablo, el sol mantiene su día claro, sigue blanqueando las nubes y se retira tranquilo anunciando un atardecer que en el umbral de su llegada es recibido por Iris, dictando ufana su divino y espectral mensaje convertida en una bóveda inmensa, dibujada con los colores de siempre pero variando en tonalidad de una base del arco a la otra. Evidentemente África se me estaba presentando, y yo estaba encantado de conocerla. Me encantó verla desvestirse de esta manera para mí.

La vuelta fue como la ida. Las fichas se colocaron, el camino se deshizo, la noche nos oscureció la vista para iluminar las emociones, y esta mañana me he despertado como después de un sueño real. Sé que lo fue porque ella estaba acostada dentro de mí.

jueves, 9 de mayo de 2013

Generativa y contentiva




 Tenemos, por el simple hecho de estar vivos, una capacidad generativa; podemos hacer cosas imitando las que ya hay o creando otras nuevas. Mentalmente podemos hacer lo que nos dé la gana. Lo imposible deja potencialmente de serlo. Todo cabe en un circuito de cien mil millones de neuronas.

 Nuestra mente cogita para solucionar los problemas que nos atribulan, y para ello elabora ideas que persiguen ese fin. Utiliza su potencia -su capacidad generativa- para crear herramientas racionales que eliminen el problema. Sin embargo, estas herramientas, que son ideas nuevas, a veces no sólo no son útiles para el arreglo, sino que además suponen en sí mismas preocupaciones también nuevas. Esto resulta obvio, sobre todo cuando el problema es de naturaleza emotiva; las nuevas ideas heredan el mismo germen de lo que pretenden solucionar, y nacen por tanto con la enfermedad.

 La potencia es capacidad generativa, pero también puede ser contentiva, represora, de sujeción. Por defecto parece que solucionar requiere embestir, pero también se puede hablar de contención muy poderosa. Bajo el disfraz del "no hacer nada" puede esconderse la solución. Cuando no hacemos nada pasan infinitas cosas diferentes de cuando hacemos algo; entre ellas pueden estar precisamente las que queremos que pasen. 

 En realidad generar y contener en la misma medida necesitan también de la misma energía, pero evidentemente su vector es opuesto. Esto es una reorientación, no un ahorro, ya que no hacer nada cuesta. 

 Cuando estamos cansados de embestir, o sencillamente cuando vemos que no da resultado, sentarse en la orilla en silencio y observar esperando a que la tierra se vuelva a sedimentar es la mejor forma, la única, de que el agua vuelva a ser cristalina. 

 Este vídeo de Buda y Ananda de apenas dos minutos lo explica muy elocuentemente:


 La espera también se puede trabajar en grupo. No hay más que imaginarse a dos o más personas sentadas en la orilla. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Se está moviendo



Personalidad: proceso constante y dinámico de desarrollo y perfeccionamiento del propio yo o persona.

Me aprendí de memoria esa definición hace ya mucho tiempo; venía en el libro de Filosofía de 3º de BUP, y me acuerdo de ella cada vez que participo en alguna conversación o escucho o leo algo en que aparece la palabra.

He notado que casi siempre se habla de la personalidad como algo estático, cuando en realidad no hay nada más dinámico; está en permanente cambio. En general pensamos en nuestra propia personalidad como una cosa que es, y que tiene aspectos buenos y malos, y lo reconocemos, pero ahí nos quedamos, como que ser como es fuera lo que tiene que ser. Yo soy así, decimos.

Y no nos falta razón, faltaría más, pero convendría que sobre nuestra personalidad nos preguntáramos no cómo es, sino cómo está, ¿qué tal le va? ¿progresa adecuadamente?
No hacerlo sería algo así como que nos pareciera bien y suficiente que el boletín de notas que el niño trajera de la escuela rezara “su hijo es como es”. Y ya está. Se firma y punto. 

En lo que a la consideración de nosotros mismos respecta tendemos a conformarnos con ser lo que somos, y el ejercicio de existir lo vemos como una tarea que va más con la aceptación de uno mismo que con la prospección o exploración de posibilidades futuras.

La personalidad se mueve, está viva, su ser es su cambiar, es una ola deshaciéndose en espuma rompiendo contra el presente continuo, y no se le pueden hacer fotos ni meterla en un joyero. 

Cada uno que haga con ella lo que quiera, o lo que pueda, pero merece al menos que se hable de ella y se la considere como lo que es, no como un cuadro terminado y firmado. 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Vértigo neuronal; caída libre emocional



Lo más fuerte que he llegado a meterme en términos matemáticos han sido pastillazos de integración compleja, rayas de ecuaciones diferenciales, muchos conglomerados de hojas secas liadas de transformadas de Laplace y por supuesto la exquisita transformada de Fourier, a través de la cual he podido ver cómo por arte de magia –magia matemática- el tiempo se convertía en frecuencia y el mundo que hay a mi alrededor se hacía más entendible, aun a través de un túnel matemático difícil de atravesar por el propio entendimiento.

Pero hace ya tiempo que me quité. Esta adicción forzada me duró unos años, los de la universidad, y aunque fueron muy intensos luego lo dejé y no me he vuelto a enganchar. Supongo que he quedado tocado y algún efecto secundario todavía arrastro, entre otros el de escribir así. Pero cuando estuve allí, peleándome con estas entelequias tan elevadas, no sentí el vértigo que he sentido estos días cuando me he tenido que enfrentar a explicarle a los niños tanzanos a sumar. He sentido vértigo mirando hacia arriba, no hacia abajo. Resulta que sumar no es fácil, y enseñarlo menos. Lo único que viene de serie es mirarnos las manos para contar y ponerle un referente tangible a las cifras. 

Me flaquea todo lo que sé al tener que enseñar algo para mí tan asumido. Hay que utilizar la didáctica más elemental, y como además no hablo su idioma ni ellos el mío, la empresa adquiere tintes surrealistas. “Uno más uno igual a dos” en Swahili se dice “moja jumlisha moja sawa sawa mbili”, lo cual no deja de tener gracia a la hora de escribirse, y más a la de decirse. 

Estos críos viven en una aldea llamada Newland a unos 15 Km de la ciudad de Moshi. Voy hasta allí la mayor parte de las veces en la parte trasera de algún camión de obras que se dirija a la zona y que aquí se utilizan a modo de autobuses improvisados, -o más bien aprovechados-. Los que así nos desplazamos vamos botando como palomitas en el microondas a lo largo de un camino que por una parte tiene baches que a veces parecen cenotes, y por otra está medianamente bien asfaltado y jalonado de acacias que abrazan naturalmente el camión al pasar.

Cuando llegamos a la escuela, después de atravesar los campos de maíz, que se extienden hasta donde se pierde la vista, nos espera una audiencia de sesenta niños, uno de cuyos representantes es Hawa, sonriente en la foto. Cuando la veo, el vértigo se convierte –por arte de sonrisa- en el placer de una caída libre.