Mi foto
No tenía fuerzas para rendirme, así que decidí emprender activamente una búsqueda eidética -es decir, de lo esencial- como alternativa empírica al estilo de vida occidental que tanto había llegado a hastiarme y que tan dramáticamente había reducido el ratio de aprendizaje por unidad de tiempo en mi vida. Pensé que el cambio que afrontaba merecía un decorado literario, y de ahí el blog. En él reflejo pensamientos, reflexiones y emociones que he vivido durante mi estancia en Tanzania enseñando inglés y suajili a niños de preescolar en un colegio rural de la organización Born To Learn, y actualmente en la India colaborando como profesor de francés para la Professional School of Foreign Languages de la Fundación Vicente Ferrer. Mi objetivo cabe en una palabra: Compartir.

miércoles, 17 de enero de 2018

¡Zas!


Lewis Carroll es conocido sobre todo por ser el autor de la novela Alicia en el país de las maravillas. Además, también escribió un libro titulado A través del espejo, en el que la protagonista es la misma Alicia. Esta última historia gira en torno al ajedrez, y entre otros muchos personajes hay uno muy curioso que es el Rey Rojo. En un momento de la historia, Alicia se encuentra con el Rey Rojo, y éste está profundamente dormido. Alicia quiere hablar con él, y por eso piensa en despertarlo, pero los gemelos Tararí y Tarará le advierten de que tanto ella como el resto de los personajes de la historia forman parte del sueño del Rey Rojo. ¿Qué pasaría entonces si se despertara? Pues que todos desaparecerían, se apagarían, ¡zas!, como una vela. 

Personalmente interpreto las ganas de Alicia de despertar al Rey Rojo como la tendencia que tiene la mente a entender racionalmente todo lo que nos rodea, y creo que esa tendencia resulta necesaria para que podamos movernos en este mundo, es decir, en la partida de ajedrez de nuestra vida. La razón nos es útil para entender el día y la noche, para compartir ideas, para fabricar ordenadores, vehículos, teléfonos... para prever el verano y el invierno, para cosechar la tierra que nos da de comer y para un millón de millones de cosas más. Cuando la razón se siente sola aparece el lenguaje, y con él los idiomas y la literatura, y cuando se viste de fiesta para una cena de gala surge la ciencia, que es la forma más elegante en la que puede presentarse. El collar de perlas que la razón luce cuando va tan elegantemente vestida son las matemáticas, y la física, la medicina, la genética y todas las disciplinas científicas bien podrían ser cada una de ellas una puntada de su preciosa ropa interior de encaje. 

Hay un par de palabras que mucha gente suele confundir: elocuente y locuaz. Sin entrar en detalles etimológicos, la diferencia es que elocuente es el que habla bien y locuaz el que habla mucho. Pues bien, la razón ha pasado de la elocuencia a la locuacidad, de hablar bien a mucho hablar, y tanto se ha gustado y tanto ha querido seguir gustándose que ha pensado -entre otras cosas porque no sabe hacer otra cosa- que puede saberlo todo, y tanta ha sido su ansia de saber y su sensación de todo poder que ha despertado al Rey Rojo para preguntarle quién es y... ¡zas!, ha quedado aniquilada, apagada como una vela. 

Cuando uno intenta explicar la esencia de las cosas con la razón pierde automáticamente la posibilidad de conocerlas. La razón vale para manejar las cosas, pero no para conocerlas. Así por ejemplo, el hombre puede incluso llegar a manejar el átomo -lo cual resulta asombroso- pero sigue sin tener ni idea de lo que un átomo es. Saber que la lavanda también se llama alhucema, espliego o cantueso, que su nombre técnico es lavandula, que tiene tallos de sección cuadrangular con brácteas diferentes de las hojas y que su cáliz está formado por cinco dientes triangulares no es saber lo que la lavanda es. Sin embargo sentir su olor al ritmo del baile de los campos color lila acariciados por el viento suave de una brisa marina que se ha perdido en las laderas de una montaña sí es saber lo que la lavanda es. Lo otro son sólo etiquetas. De hecho, si mientras hueles su aroma piensas en todos los tecnicismos anteriores, la pierdes. Conocer no es el producto de un razonamiento, es una experiencia, y conocerse -que es el más excelso de los conocimientos- también es algo que se experimenta, no algo que se deduce.

La razón es asimismo la espada del ego, y el ego es lego cuando se pelea con la esencia de las cosas. Para saber quién eres tienes que transcender la razón, así que conocerse es literalmente una sinrazón. Si lo piensas, ¡zas!, lo matas. Si te piensas, ¡zas!, te pierdes. Si te quieres conocer de verdad, vete pensando en no pensar. 

-6 de marzo de 2016-

lunes, 8 de enero de 2018

Ocho condenas y una absolución



- Condeno a los políticos a vestirse de payaso para que nos hagan reír sin hacernos pasar miedo.

- Condeno a los banqueros y agentes de bolsa a leerse El Principito todos los días antes de ir a la oficina.

- Condeno al dinero a que se explique y confiese quién es y para quién trabaja.

- Condeno a la paz a tener no tres sino infinitas letras para que cuando tengamos que nombrarla no acabemos nunca.

- Condeno a Chiíes y Suníes a convertirse en lo que parece que significan sus nombres cuando se pronuncian: gominolas de colores.

- Condeno a las estalactitas a hacer el amor con las estalagmitas.

- Condeno a los que dicen que los animales no piensan ni sienten a reencarnarse en oso y recibir un abrazo de su madre.

- Condeno a los puños a dar clases de papiroflexia.

Y absuelvo a los asesinos... a los asesinos de anhedonia.

-Escrito el 11 de diciembre de 2013-

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Amanecer y anochecer


A nadie se le escapa que el sol sale por la mañana y se oculta por la noche. El crepúsculo es la cuenta atrás de la luz y de la oscuridad, y quizás la salida del sol y su puesta sean los fenómenos naturales más elocuentes sobre el tránsito desde el inicio hasta el ocaso de algo: del día a la noche, de la luz a las sombras, y, con un poco de imaginación, del nacimiento a la muerte. 

Sin embargo, a casi todos se nos escapa que si observáramos nuestro planeta desde otro punto de la galaxia, veríamos que el sol no sale ni se oculta, sino que siempre está presente. El amanecer y el anochecer son sólo estados que se perciben desde nuestro punto de vista, desde la superficie de nuestro planeta, realidades por tanto relativas. En lo que al sol respecta, él no sale ni se pone, él simplemente alumbra. Cuando decimos que no está es que no lo vemos, no que no esté, y de eso es testigo además la luna, que se pavonea oronda en su "ausencia" con una luz que no es suya. 

De la misma manera, nuestro nacimiento y nuestra muerte nada tienen que ver con el comienzo y el final de nada; es nuestro limitado punto de vista el que nos dice que algo comienza y algo termina. Sin embargo, la luz que nos ilumina, la que nos da la vida, siempre está ahí, igual que el sol. El antónimo de nacimiento es muerte, pero la vida no tiene antónimos porque siempre es. Además, la vida que se manifiesta a través de mí no es en esencia diferente de la que lo hace a través de un perro, o de una planta, o de un microbio o de una simple célula. Yo nazco y muero, pero nunca deja de haber vida, y nunca hay más ni menos porque la realidad última de lo que la vida significa no es cuantificable. Mi amanecer y mi anochecer son sólo apreciables desde la superficie del planeta mente, pero hay otra galaxia llamada yo verdadero desde la que se ve claramente que nada cambia nunca porque siempre es siempre.  
 
Para ver que el sol sigue brillando cuando ha anochecido hay que mirar la luz que refleja la luna, o, mejor aún, hay que salir de la galaxia del ego. Así se comprueba que nacimiento y muerte son la misma cosa porque no hay uno sin la otra, y se entiende también que nacer y morir no es lo mismo que vivir y de dejar de vivir porque la vida -lo que yo soy- estaba ahí cuando yo llegué y seguirá ahí cuando me vaya. El orador puede callar, pero que no hable no quiere decir que no esté. Nada que es real desaparece, y nuestra vida, que es sol, también es eterna como él. 

En el mundo de lo tangible todo tiene amanecer y anochecer, y hasta el sol -lo más parecido a un semidiós que podamos imaginar, porque de él venimos, de él dependemos y en cierto modo él somos- también se apagará, pero hay un sol de soles que no lo hará porque no conoce el tiempo. Yo soy un rayo suyo, y al igual que su salida y su puesta, mi nacimiento y mi muerte son sólo verdades relativas. 

-18 de febrero de 2016-

sábado, 2 de diciembre de 2017

33 infinitivos, 3 presentes de indicativo


Ir en moto a 300 Km/h, tirarse en paracaídas, hacer parapente, enamorarse hasta el tuétano, arrancarse el desamor a tiras y sin anestesia, mentir para hacer feliz a alguien, saltar desde un puente a un río de fondo desconocido, pensar en saltar desde un puente sin río, no replicar un áspero insulto directo y público, aprender lenguas nuevas, resolver ecuaciones diferenciales, entender que i es un número complejo inexistente que simplifica el entendimiento de lo que existe, perderse en la infinitud del Universo y en el átomo infinitesimal, ser admirado y odiado, y perdonado, renegar de Dios y resucitarlo por la necesidad de tener algo de lo que renegar, destrozar un cristal con el puño, acariciar el hocico de un perro recién nacido con la misma mano, lamer el plato, resbalar en el barro, boxear y quitarse las legañas con los guantes puestos, contundir y curar a la vez, entregarse regaladamente y robar descaradamente, romperse un hueso como se troncha un palo, gritar con la vena del cuello, meditar, amar con sexo y con sexo decir que no se ama, preguntar el nombre al final, leer el Quijote diez veces, no poder evitar tener un pasado, mofarse del tiempo...

Confieso que he vivido. 
Afirmo que a veces me ha aburrido. 
Preveo una apasionante ausencia de futuro por delante. 

15 de junio de 2014.